Archivo | julio, 2012

México lindo, pero con cuidado

30 Jul

¡Ei! ¿Cómo estáis, amigos? Flipándolo con las Olimpiadas como todo el mundo, seguro. ¿Cómo es posible que enganchen tanto, eh? Sin necesidad de tener el más mínimo interés previo, de repente te ves sumida en una espiral deportiva que te lleva a devorar, apasionada, finales de categorías como tiro con arco.

Pero dejemos estas profundas reflexiones para los filósofos y empecemos con el mamarracherismo. Lo que tengo hoy para vosotros es canelita fina. Un puñado de historias de lo más truculentas.

Sigo en México. Y sigo viva, por suerte. Si no he escrito antes es porque he tenido el placer de estrellarme contra las situaciones más sórdidas y bizarras de mi vida. Han venido seguiditas, una tras otra, sin darme apenas tiempo de coger aire para esperar con cierto aliento la siguiente.  Así por separado no tenían ni la más mínima gracia, pero al irse acumulando llega un momento en el que, con cierto optimismo, empiezas a intentar buscarle su chiste. Como una hipérbole bien construída, aunque sin necesidad de exagerar demasiado, espero provocar en vosotros la misma sensación de sinsentido y desesperación en la que me he visto envuelta las últimas semanas.

He aquí la serie de situaciones en su orden cronológico:

1)      El hostal más caro de mi vida.

A Puerto Escondido fui a ver a mi amiga Laurita, una preciosa y encantadora india, prieta como ella sola, con la que trabé amistad en mi anterior viaje a México. Volver a verla fue lo mejor que me ha pasado en estos dos meses. Salimos por la noche, nos contamos nuestros seis últimos años y me llevó a la playa de Y tu mamá también, donde pasamos un día perfecto. Aquí tenéis un vídeo para que disfrutéis de sus múltiples encantos en movimiento.

Y ese encuentro marcó el principio del fin. El fin de la felicidad, el principio de lo absurdo. Porque en ese pueblo también conocimos a unos mexicanos de los que nos hicimos amigas. Al segundo día me dijeron que no pagara hostal y que me fuera a su casa. Yo, que estoy gastando como si fuera una niña rica de East Hampton, dije enseguida que sí. Allí pasé dos noches y fueron unos perfectos anfitriones, hasta que la misma tarde que me iba a marchar, uno de ellos me dice que si por favor le puedo dejar 700 pesos, unos 40 euros; han atracado a un amigo suyo en el DF y necesita hacerle una transferencia porque está sin nada. El amigo en cuestión era un hombre al que conocí un día, con cuerpo de deportista de sumo, al que nadie, nadie en su sano juicio, tendría el valor de robar. A sabiendas de que me la está metiendo con todo el descaro del mundo, le digo que sí. “Te lo deposito en cuanto pueda.  ¡Muchas gracias!”.

Las que tú tienes, muchacho.

¿A ti te ha llamado?

2)      Sabiduría maya

De Puerto me fui a Mérida, una ciudad colonial que de primeras no me gustó demasiado, pero desde la que se visitan importantes ruinas como Uxmal y Kabah.

En el hostal se me presenta un señor muy pequeño, casi enano, que se hace llamar Astro y que dice ser un arqueólogo maya, gran conocedor de todo ese mundo. Me lee la mano, me dice que tengo mucha energía, que soy sensible y bondadosa, y que me quiere enseñar todo lo que él sabe. “Sólo te pido una cosa, por favor, enséñaselo tú a otra persona después”. En un primer momento pensé: “Ya está. Para esto he venido a México, éste es mi destino;  este señor me va a abrir las puertas de la sabiduría”.

Alma de cántaro…

A la media hora de hablarme de numerología maya de la que no entendí nada, porque ni él mismo sabía qué estaba diciendo, me dice que si nos vamos a bailar. Que me quiere llevar a ver al mejor grupo de México. Me quería llevar a ver esto, señores.

“Y tomamos mucho tequila”.

Jodido maya depravado. Obviamente le dije que no.

¿Cómo es posible, dios mío? Confié porque creo que la gente debería conocer sus limitaciones. Yo no les entro a niños de 10 años. Debí haber sospechado cuando me dijo que había avistado ovnis en Palenque. Pero es maya, joder, seguro se había tomado sus hongos mágicos y desde su anodino punto de vista lo confundió con un avión.

3)      Ese gordo sudoroso que no acepta un no por respuesta

En ese mismo hostal, el hostal de la perversión, siempre había un hombre sentado en una sillita; muy moreno, gordo y sudoroso, de unos cincuenta, con cara y sonrisa de asesino en serie. Siempre que salía a la calle estaba sentado en el mismo sitio, con las gafas resbalándole por su sudorienta nariz y apuntando cosas en una libreta: y siempre que salía me miraba con una escalofriante sonrisa y saludaba.

Un día voy por la calle con el mp3 a todo trapo y me corta el paso.

–          “¡Hola! ¡Eres la chica del hostal!”

–          “Eh, sí…”

–          “¿Qué estás, de visita?”

–          “Sí”

–          “¿Y estás solita?”

–          “Mmmm… sí”

–          “Yo estoy aquí por trabajo”

–          “Ah”

–          “Vamos a tomar un café. Venga, te invito”

–          “No, no gracias. Si eso en otro momento” – me iba al día siguiente

–          “¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿En dos horas?”.

–          “Eeeeh, no, no. Mira, mejor no, que tengo mucho que hacer”.

–          “Pero en cafecito…”.

–          “No, de verdad, gracias. Mejor no”.

–          “Venga… estamos los dos muy solitos. Vamos a hacernos compañía”

–          “NO”.

–          “Venga”.

–          “NO”

–          “¡Vamos!”

–          “NO”

–          “Un cafecito”

–          “NO”

–          “Estamos los dos muy solitos…”

–          “Mira, te he dicho diez veces que no. Ya estuvo, deja de molestarme, por favor, me voy a mi habitación”.

–          “Vale. Ahorita te toco en la puerta y nos vamos a por un cafecito”

–          “¿QUÉ?

–          “¿Como en dos horitas?”

–          “No me toques a la puerta. Como toques a la puerta te juro que llamo a la policía”.

¿Nos hemos vuelto todos LOCOS?

4)      Las cantineras travestis

Esta historia es la joya de la corona. Han tenido que pasar cuatro días para digerirla. Y me ha costado más de digerir porque en parte tuve yo cierta culpa. De esto he aprendido mucho (papás, si me leéis, no volverá a ocurrir nada semejante… lo JURO).

En Valladolid, ciudad a la que salí huyendo tras mis experiencias maya-sweaty man, terminé en una cantina con un amigo que había hecho en el hostal. Los dos teníamos curiosidad por conocerlas y allá que fuimos. Las cantinas aquí son bares de lo peorcito.

¡Lo hice por vosotros! ¡Para contároslo!

En Zihuatanejo ya me habían advertido que en estos sitios es mejor que no entren mujeres, porque no está bien visto. Pero como iba acompañada y Valladolid es un pueblito, me lancé.

La cantina estaba regentada por cuatro travestis; en Madrid tengo mi círculo gay (todo es culpa vuestra, maricones), les echo de menos y, como había pasado por las situaciones arriba narradas, de repente me emocioné, me puse a hablar con ellas y nos llevamos muy bien. Nos sacaron de fiesta y al día siguiente me llevaron de turismo a ver la ciudad y cenotes, que son unos lagos naturales subterráneos muy bonitos. Parecían encantadoras y estaban todo el rato pendientes de mí, tenían mucho interés en caerme bien.

En todo este tiempo, hablamos mucho. Y claramente nos malentendimos.

Para que entendáis el malentendido, aquí las camareras son las que limpian las habitaciones de hotel. A nuestras camareras las llaman meseras. Y hay dos tipos de meseras: las que ponen copas sólo, y las ficheras, que era más a lo que se dedicaban ellas: mujeres que en las cantinas les dan palique a los hombres para que les inviten a cosas y sacar propinas. No son propiamente prostitutas, pero algo de eso hay.

Total, que yo en esos días les dije que me iba a Playa del Carmen para buscar trabajo de mesera (camarera). Veo que se emocionan. “Aquí puedes trabajar cuando quieras, ¿eh? Aquí hay mucho trabajo, nosotras te ayudamos”. “Uy, gracias, pero primero iré a Playa, donde tengo unos amigos y pruebo allá”. “Vale, guapa, como quieras”.

Ahí queda la cosa.

Hasta que, amigos, y al escribirlo aun tiemblo un poco, al día siguiente se presenta en el hostal un señor que medía 40 centímetros, pelo rizado, gordo, preguntando por mí. Salgo a ver qué pasa, me mira con una media sonrisa y me dice: “Hola. Me han dicho que buscas trabajo. Vamos, vamos”. Me pongo a temblar y le digo: “¿Perdona? ¿Quién te ha dicho que busco trabajo? ¿No te estarás equivocando?”. “Me han dicho que aquí había una española de pelo corto que busca trabajo. ¿No eres tú?”. Sigo temblando, no doy crédito, pero intento demostrar seguridad y le digo de manera tajante que claramente ha habido un malentendido y que se marche.

Hablo con mis “amigas” las travestis y lo niegan todo. Estoy tan nerviosa que me tengo que tomar un orfidal, porque no me creo nada de lo que me está pasando y me voy corriendo a comprarme un billete de autobús para Playa del Carmen.

En el camino, por lo menos sonrío al recordar el e-mail de un amigo que justo el día anterior me había escrito lo siguiente: “Espero que tengas claro que xxx es la madame de una red de tráfico de esclavas sexuales que te quiere fichar”. Un amigo mucho más listo que yo, sin duda.

5)      Robo en Playa del Carmen

Ya en Playa del Carmen, arropada por Marco y Salvador, dos amigos que hice en mi anterior viaje, creía que todo iba a ser un festival de luz y color, que mi mala racha habría terminado… pero no: la primera noche, en un descuido, me han robado la cámara y 500 pesos que llevaba.

Pero bueno, comparado con que casi me metan a puta, la verdad es que no tiene mucha chicha.

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México no es ningún juego, amigos. Y está claro que yo he estado pecando de ingenua.

Como en una relación, tras el enamoramiento inicial, empiezo a ver que tiene sus defectos. Además de todo lo que me ha pasado, hay que unirle el machismo. Puedo contar con los dedos de una mano los hombres que he conocido y que me han tratado con cierto respeto; los pocos hombres, educados y elegantes, a los que no se les notaba a la legua que el único propósito de su extenuante “plática” era ponerme mirando a Cuenca.  Júntale tener que aguantar constantemente saludos por la calle, besos al aire, guturales esputos que fracasan con estrépito en su intento de articularse en palabras indefectiblemente obscenas, atrevidos vaivenes de cabeza para mirarme el culo cuando paso y hasta cláxones en la calle. ¡Mira a la carretera y conduce, coño!

Todas estas historias han venido muy seguidas y me han hecho darme cuenta de que tengo que tener más cuidado. Me da rabia porque creo que soy una buena persona, pero a la vista está que hay gente que se aprovecha de eso.

Si esto sigue así, que no lo creo porque seguro que ahora viene una racha buena, van a terminar conseguiendo que me haga un Walter White muy bestia… voy a volver hecha una auténtica cabrona a España, amigos.

¡Cuidado conmigo!

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Gimme the power, Zihuatanejo

12 Jul

¿Qué pasa con este blog? ¿Esto es todo lo que tenías para nosotros, mamarracha de mierda?

¿Dónde se mete? ¿Dirigiendo una banda de narcotraficantes para abrirse camino en el lucrativo mercado valenciano? ¿Se habrá puesto cerda a tacos y se niega a subir cualquier prueba de ello? ¿Colgando boca abajo del puente de una autopista? Nada de eso, amigos, el verdadero motivo de tan dolorosa ausencia es que he pasado dos semanas en un pueblito llamado Zihuatanejo y, allí, sus amables, hospitalarios y alcohólicos habitantes me han acogido como a una más.

Estos encantadores amigos son Tona, Carlo, Ana, Fabro, Cheko, Omar, Rodo, Laura, Leo, Manuel, Chayo… Desde el mismo momento en que llegué me abrieron las puertas de su bar y de su casa. Ha sido lo más cerca de vivir Friends que he estado nunca, sólo que el Central Perk se llamaba Barracruda: si querías hacer algo, sólo había que dejarse caer allí y la gente iba apareciendo, soltando chascarrillos y proponiendo planes. Quería presentároslos a todos con breves entrevistas, porque cada uno de ellos lo merecía, pero se me jodió la cámara a los pocos días de estar allí y no pudo ser. Qué le vamos a hacer.

Zihuatanejo es un pueblo turístico, pero no tanto como los demás sitios donde he estado, por lo que he tenido oportunidad de conocer México más a fondo. Algunas de las cosas que he aprendido son éstas:

La corrupción y el crimen organizado están a la orden del día. A un nivel elemental, claro, pero que no es difícil llegar a conocer si vives en un mismo sitio durante un tiempo. En México nunca sabes con quien estás hablando: una encantadora anciana puede ser la abuela del Chapo Guzmán, así que es mejor andarse con ojo. A esto se le une que los mexicanos son generosos y hospitalarios por naturaleza, por lo que son muchas las veces que te quieren invitar a algo. En esos casos, creo que lo mejor es aceptar, para que no se molesten, ser amable sin ser coqueta, y comer o beber rápido dependiendo de la pinta que tenga el tipo.

Un día una amiga y yo nos fuimos a comer y un señor nos invitó a sentarnos con él, porque no había más mesas libres. Era un hombre ya mayor que trabajaba en el sector de la construcción, coordinando proyectos en Zihuatanejo. Resultó ser muy amable, nos cantó canciones de amor en el escenario y nos contó su vida, haciendo mucho hincapié en que conocía a todos los políticos electos de la región. Segundos después, llegaron dos policías, se sentaron en la mesa y comieron con nosotros. La invitación, bastante elevada, corrió de su cuenta.

Las relaciones de pareja, o al menos las que he conocido, parecen ser más una lucha de poder que una relación, como quizá la entendemos nosotros. Y, como en toda lucha, siempre hay perdedores; casi siempre, la mujer. Hay mucha desconfianza y celos entre las parejas, pero también entre personas del mismo sexo, incluso entre amigos. Los hombres no se fían de los hombres ni las mujeres de las mujeres. Ahora entiendo por qué me cuesta tanto hacer amistades femeninas y tan poco masculinas. Por supuesto, mis amigos me alertaron de que, de primeras, un hombre sólo te habla si se quiere acostar contigo. Pero bueno, eso es así en todos lados.

Existe el machismo. Muy cabrón además. Y las mexicanas, por lo general, y algo muy loco para nosotras doñas topless, se bañan vestidas en el mar. Muy vestidas, en camiseta y pantalones, hasta el punto de que me sentía mal enseñando mi lorza serrana. Además, casi nunca llevan vestidos. De esto tardé bastante en darme cuenta, pero ayudó que tres de mis amigos, en diferentes momentos, me preguntaran: “Tú y tus vestiditos… ¿nunca te pones jeans?”. Supongo que todo ese rollo tendrá que ver con no dejar acceso “libre” a nuestro chocho. O yo qué sé.

El ahorita da mucha risa. Puede ser media hora, cinco horas o no llegar jamás. Cuando estuve allí fueron las elecciones y había ley seca todo el fin de semana. Dos días enteros en que cerraban los bares, no se vendía alcohol y sólo se podía beber en casa. Como entenderéis, era un tema bastante preocupante. Viernes, 22 horas y no habíamos comprado nada. ”Ahorita, ahorita la armamos”. Son las 23.50 y seguimos sin tener nada. ”Ah, es cierto, vamos a la vinatería”. Y la vinatería hasta los topes. Y los mexicanos muertos de la risa. “¡Por los pelos, wey!”. Pero como es México, la vinatería se quedó abierta media hora más.

Y es que también he aprendido que hay que restarle importancia a las cosas para ser más feliz. Los mexicanos nunca abren cuando toca, nunca llegan a trabajar cuando toca, nunca cierran cuando toca. Y ellos lo saben y les funciona. Un día Leo, el cubano, tuvo que tirar una puerta abajo de una patada porque se quedó cerrada por dentro y no penséis que nadie se preocupó por la fianza. Cuando se me rompió la cámara (tiene un defecto de fábrica, ¿vale?), me jodió bastante, pero se me pasó rápido, porque todos me dijeron que lo olvidara. “No te claves, Artemisa. Ya pasó”. Y así es. ¿No tengo todos los vídeos y fotos que quería para montar? Pues no pasa nada. Hoy me he comprado una muy baratita mientras me arreglan la otra y asunto resuelto.

Lo que he aprendido en Zihuatanejo es muy Gimme the power, estoy feliz de haber conocido a todas las personas con las que he tenido el placer de convivir dos semanas, y por todo lo que me han enseñado; por supuesto muchas de esas cosas me las quedo para mí.

El vídeo empieza en una de las noches de Ley Seca, para que veáis lo absurdamente árida que fue. Todo el finde así.

El lunes quedamos y Omar preguntó: “¿Hoy tomamos o qué?”. A lo que Cheko respondió: “Nah, hoy ya no tiene chiste”.