Archivo | agosto, 2012

Bogotá

24 Ago

Escribo esta entrada mientras observo ensimismada una inmaculada montaña de Nieve, con la grata compañía de la siempre sensual Dama Blanca y el locuaz Don Perico.

Sí, amigos, voy hasta las cejas de cocaína.

Ustedes decidirán si el efecto es bondadoso con mi prosa o si por el contrario la destruye en su totalidad, si esta entrada es mejor o no que las anteriores; viene siendo un experimento fisiológico, sociológico y bidireccional, os invito a dejar vuestro feedback al respecto en “comentarios”. Vayámonos todos juntos a la cama en una orgía cibernética para conocerla más a fondo: destapemos, de una vez, los secretos y leyendas de esta droga.  ¿Es cierto que aporta una lucidez mental que ayuda a escribir? ¿Que sin ella el cine americano de los 70 hubiese sido otro cantar? ¿O es todo un gran camelo con el que sacarnos los cuartos?

Ay, si es que a veces no me aguanto ni yo…. ¡Que no! ¡Que no me meto coca! ¡Era broma! No me he podido resistir, por eso de estar aquí, en Colombia.  ¿Lo pilláis?

Cuando le conté a Javier, mi anfitrión de Couchsurfing, que quería empezar la entrada de esta manera y le pregunté si le parecía gracioso, contestó con un contundente: “NO”. “¿En serio?”, le insistí. “NO”, repitió. No sé por qué no terminan de encajar por aquí los chistes de cocaína.

Pues eso, amigos, he pasado una semana en Bogotá, de couchsurfing por primera vez en mi vida. Y la experiencia no ha podido salir mejor: Javier ha resultado ser un anfitrión dedicado, educado y muy agradable. En todo momento me ha cuidado y ha conseguido que me sintiera como en mi casa. Para que os hagáis una idea de lo amable que ha sido, el primer día me ayudó a conseguir la cámara que buscaba baratita, y además me cuidó como a una niña pequeña cuando, con el cambio de los 35 grados mexicanos a los 15 bogotanos, me resfrié un poco: no me faltó un ningún momento panela con limón, agua de canela caliente o zumos de naranja. Por si todo esto no fuera suficiente, es además un enamorado de Colombia que sabe absolutamente TODO sobre el país: ha sido como tener un guía profesional 24 horas al día. Y yo he descubierto una faceta mía que desconocía: la de preguntona. No sé si más bien a lo Ana Pastor, Mercedes Milá o Lisa Simpson, pero ahí estaba yo, acribillándole a preguntas sin parar y exprimiendo sus conocimientos al máximo.

Además de esta gran compañía, Bogotá es una ciudad que impresiona desde el primer momento. Lo primero, por la altura: se encuentra a 2600 metros sobre el nivel del mar y tiene dos gigantescos cerros que la cercan por el Este. Estas montañas casi siempre están cubiertas por nubes y, dependiendo del día que haga, sientes como si, con un pequeño empujón, pudieras llegar a tocarlas.

Vista desde Monserrate con niño desconocido

Vista desde Monserrate con niño desconocido

Gonzalo Jiménez de Quesada, el conquistador que la fundó en 1538, decidió el emplazamiento justamente por estos dos motivos: los cerros y la altura. Los primeros dificultaban una invasión, mientras que la altura les cuidaba de muchas enfermedades tropicales provocadas por mosquitos, como el dengue. Es cierto que aquí no hay ninguno de esos bichejos, algo que mis magulladas piernas, plagadas de picotazos, están agradeciendo enormemente: el cambio es espectacular, como si Eric de True Blood se hubiese sacado un poco de su sangre y me la hubiese restregado sensualmente por cada centímetro de mis extremidades inferiores.

La Candelaria, el centro de Bogotá, es un barrio precioso y seguro. Está compuesto por estrechas callecitas cuesta arriba y cuesta  abajo, y por casas bajas de alegres colores. En el centro mismo del barrio, se encuentra la impresionante plaza de Simón Bolívar, en la que continuamente pasan cosas. Sólo hace falta sentarse un rato en las escaleras de la Catedral para ver niños jugando con palomas, al yo-yo  o haciendo pompas de jabón, preciosas llamas explotadas para que la gente se monte en ellas (no hay nada más triste), parejas que restriegan sin pudor su amor a los demás transeúntes o turistas flipando con las vistas.

El barrio cuenta además con un sinfín de restaurantes, cafés, teatros y museos. Entre estos últimos, destacar el imprescindible Museo del Oro: un museo arqueológico de los pueblos indígenas prehispánicos del país, pero todo compuesto por piezas de oro. ¡Lo que les gustaba el dorado a estos titis! Casi tanto como a Inma de Gran Hermano.

 

Adornos indígenas

Adornos indígenas

 

Adornos de Inma

Adornos de Inma

 

Los pueblos indígenas en Colombia son más desconocidos porque no crearon grandes ciudades como en México o Perú; se trataba más bien de conjuntos de poblaciones disgregadas por la región. Al parecer, eran más altos que en otras zonas de Latinoamérica, por lo que el encuentro con los españoles fue menos chocante y más placentero; hubo mucho más conexión, más química y física. Y se mezclaron más. Las relaciones sexuales que mantuvieron se las agradezco yo ahora, viajando sola. Y es que, al parecer, paso bastante por colombiana.

Uno de mis entretenimientos favoritos cuando visito la ciudad, es justamente aprovechar esta semejanza para jugar a hacerme la autóctona. Pongo un acento, creo que más cercano al cubano, meto un papi o un mami, y listo. Por ejemplo:

–          “Señorita, ¿sabe si este autobús va a Portal Norte?” – me pregunta una señora en la parada.

–          “Ay, no, mami, resién llegué. Qué pena con Usted. Disculpe”

Además, parece ser que el mami y el papi son un poquito barriobajeros, por lo que los adoro más si cabe.

En Bogotá casi todos los museos son gratis, y me atrevería a presumir que esto es extensible a todo Colombia, porque en el pueblo donde estoy, también. Un día fui a hacer una visita por el centro con una guía y nos dijo claramente: “Para los colombianos, los turistas sois reyes y reinas a los que cuidar”. Algo que también me había comentado Javier; con la mala prensa que ha tenido siempre el país, y ahora que se está empezando a abrir al exterior, es cierto que se respira cierto cariño y ganas de agradar a quien viene a visitarlo. Por este motivo, entiendo que los chistes sobre farlopa no sean de su agrado. Lo sé y lo siento un poco, de aquella manera, porque es sólo un chiste, pero no me he podido resistir.

Además del centro, que es precioso, Bogotá también tiene una zona muy cuca llamada La Macarena (¡aaaaaahaaaaa!) llena de restaurantes de nacionalidades de todo tipo, y otra más al norte, la Zona Rosa, con las tiendas más exclusivas, centros comerciales y bares con terraza donde tomar una cerveza. Lo de las cervezas es bastante divertido: las más comunes de Colombia se llaman Costeña, Águila y Poker. Un día salimos y empezamos a probarlas todas, y sabían exactamente igual. “Sí” – dijo Javier – “es que son todas lo mismo, vienen de la misma fábrica, sólo le cambian la etiqueta”. Y por increíble que parezca, así es.

Tanto monta, monta tanto

Tanto monta, monta tanto

Pero tranquilos, amantes de la cerveza, no es tan grave la cosa, porque además de estas tres, tienen otras artesanales muchísimo más ricas. Aunque también más caras.

La comida es deliciosa, algo que me preocupaba mucho viniendo de México. “Echaré de menos la comida, echaré de menos la comida…”. Pues no tanto, llorona, porque aquí te puedes cascar un ajiaco, que es una sopa de patata y pollo absolutamente deliciosa, con la que te quedas saciada y del todo satisfecha.  O un sancocho, una especie de consomé que me ha quitado el resfriado del tirón. Todo acompañado de arroz y aguacate. Y empanadillas y arepas, entre horas, riquísimas, para seguir caminando.

Bogotá además me encanta porque me recuerda a la mejor telenovela de todos los tiempos. Creo que no hace falta decirlo, pero para los no iniciados en materia novelesca, claramente estamos hablando de Betty la fea. Embriagada del ambiente bogotano, estos días he pensado mucho en Armando, en Betty, en su historia de amor, en Patricia la peliteñida, y en los ratos en los que la veíamos con mi madre y mi hermana Aglaia en las sobremesas de Valencia. Al parecer, no soy la única, porque Aglaia me escribió un email en el que ponía lo siguiente: “¿Qué tal por Bogotá? No vayas muy sola por ahí, ¡acuérdate del padre de Betty la fea que siempre la quería ir a buscar!”.

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Bogotá es una de las ciudades más grandes de América Latina, y como en toda gran ciudad hay que tener cuidado, porque hay pobreza. Si se usa por tanto el sentido común, la ciudad no tiene ningún peligro, es asombrosa en muchos aspectos y tiene toda la actitud del mundo. Pasear por las estrechas calles de La Candelaria, con los cerros parcialmente cubiertos por las nubes, parar a tomar un café o entrar a los cientos de museos gratuitos de la ciudad, observar a los jóvenes que salen de la universidad y se toman una cerveza en un bar, ver cómo hablan, cómo se ríen y cómo bailan (aquí bailan que da gusto), es muy muy guay.

Que no me entere yo que nadie dice lo contrario: Bogotá mola.

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México: ajuste de cuentas

14 Ago

Tras casi tres meses de viaje en México, y a dos días de volar a un nuevo país, toca hacer balance de todo lo vivido y aprendido. Es la entrada que más me está costando escribir, pero también en cierto modo a la que le tengo más ganas, por tratar de asentar en mi cabeza todo lo que llevo pensando hace semanas; me siento como en el colegio, cuando tenía que escribir un comentario de texto de una obra que no había entendido del todo bien y trataba de salvarlo como fuera.

En primer lugar, y aunque suene innecesario para muchos, diré que no voy a tratar de hacer una descripción de los mexicanos, ni de su cultura o de su país, sería absurdo: simplemente quiero poner en orden las experiencias que he tenido, lo que he leído y las impresiones, siempre personales, que todo ello me ha aportado. Como sabéis, me han pasado cosas muy buenas y otras regulares.

También espero no decir que México es un país de contrastes, aunque ciertamente no le falte razón a esta manida afirmación. Pero quién sabe, puede que incluso termine siendo la conclusión de la entrada.

Vamos allá, pues.

México es, sin duda, un país acojonantemente bonito. Soy incapaz de recordar alguna estampa que no me haya gustado. Todas las ciudades y pueblos que he visitado son preciosos, incluso los que he visto de pasada desde el autobús. Me cuenta Marco que aquí se dice que cuando Dios creó el mundo, fue poniendo cosas por todos lados… hasta que le quedó hacer México. “¡Chinga! ¿Y ahora qué le meto? Pues venga, tantito de todo”. Y así es, México tiene DE TODO: extensos desiertos, insondables selvas que cubren vestigios desconocidos de civilizaciones prehispánicas, coquetos pueblos perdidos en la sierra, playas de arena y agua cristalina de las que no os querríais ir nunca jamás, inmaculadas ciudades coloniales e impresionantes y enigmáticas ruinas que dejan mudito al que las observa. Al parecer en el norte del país hay hasta pistas de esquí, para quien guste romperse una pierna. El DF cuenta además con algunos de los mejores museos del mundo: Antropología, Bellas Artes y el Palacio Nacional.

Tiene todo lo necesario para pasar unas buenas vacaciones. En mi caso he disfrutado mucho con las ruinas: Teotihuacán, Uxmal, Kabah, Ek-Balam, Chichen Itzá, Tulum y Cobá. Palenque, que sigue siendo mi preferida, la conocí hace seis años. Si pudiera regresar a algún momento histórico, estoy segura de que sería éste; en concreto, me volvería loca saber cómo fue la gran Tenochtitlán, donde hoy está el DF: ciudad sobre un lago que dejó de piedra a Hernán Cortes.

Creo que los mexicanos, como ya he dicho en varias ocasiones, son muy hospitalarios y fiesteros, hasta el punto de que hasta la muerte les resulta un buen motivo de parranda. Te abren las puertas de su casa y les encanta contar interminables historias y hacer bromas – el DF es conocido por su albur, en el que juegan continuamente con las palabras y su doble sentido para provocar la risa. Es, pues, un país ideal para viajar sola, pues nunca te va a faltar alguien que se interese por ti y te dé conversación.

Y es además un destino perfecto para viajar sola porque es un país seguro. Sé que algunas de las cosas que he contado pueden dar lugar a que no os lo creáis, pero así es. La máxima es: “si tú no te metes en problemas, no te pasa nada”. Por descontado, esta frase chirrió incansable como un resorte raído en mi cabeza tras mi aventura con las travestis; pero como también dije, me pasé de curiosa y, por lo tanto, pagué las consecuencias. Hay cosas que es mejor no conocer. Es como si voy a Madrid y visito Las Barranquillas, pues mira, mejor no. Sin embargo, ya con la lección aprendida y a toro pasado, es una experiencia más, y hasta puede que me sienta un poquito halagada.

Dicho esto, también creo que si te quieres meter en problemas, México es el sitio perfecto. A lo largo de este viaje, y gracias a viajar sola, he conocido a muchísima gente de todo tipo: en su gran mayoría, gente muy amable y educada, personas orgullosas de su país que se mostraban abiertamente felices de que no tuviera miedo y viniera sola a conocerlo; pero también, y en un principio no contaba con ello, he conocido la otra cara de México: buenas personas que en su pasado estuvieron ligadas al crimen organizado y que tuvieron que salir escopetadas para no terminar con un tiro de gracia en la frente.

Historias oídas, que no vividas, y que no entrañaban pues peligro alguno para mí, pero que no dejan de hacerte ver que, tras esa máscara de parranda y risas, este país tiene otra cara más seria y peligrosa a la que hay que respetar. Y en la que no hay que meterse nunca jamás.

Tras conocer algunas de estas truculentas narraciones, que desde luego no saldrán de mi boca salvo quizá en mi círculo más íntimo, entré en una librería con la idea de comprarme un libro sobre el narcotráfico. Me había quedado demasiado consternada con todo lo que me habían contado, era como vivir una película; pero sobre todo me quedé preocupada con lo fácil que era meterse en ese mundo.

Su autora, Anabel Hernández, es una alabada y premiada periodista de investigación aquí en México. Lo recomiendo a cualquiera que esté un poco interesado en el tema, o a fans de series tipo The Shield y Breaking Bad. Leyéndolo, no se da crédito de hasta qué punto los narcos controlan a gran parte de los dirigentes municipales, estatales y federales del país. Y, por tanto, al país entero. Valga como ejemplo el caso de la “fuga” de El Chapo de la cárcel en la que cumplía condena antes de tornarse un mito nacional: queda demostrado en el libro, e incluso corroborado por el mismo capo, que fue ayudado en su huida por altos cargos de la Policía Federal. La misma policía por la que fue encerrado. ¿El motivo? Os lo leéis, que es muy largo de explicar.

Y es que no sé cómo será en otros sitios, pero por lo vivido y leído, queda bastante claro que aquí el crimen organizado es el dueño y señor del país. Sólo hace falta levantar la mano y tener el valor de robar, secuestrar o matar para que te metas de lleno en él a cambio de un sueldo más o menos razonable. Oferta hay para todos y demanda, por muchos motivos, no falta, señores.

Uno de los motivos, creo, es la educación. Todos los que me contaron historias de este tipo tenían en común que no habían estudiado. Desconozco cómo será el sistema educativo aquí en México, si es bueno o no. Pero el caso es que todos ellos habían dejado sus estudios a temprana edad. Y aquí, si no estudias, lo tienes mal para tener un salario decente, porque incluso los licenciados están mal pagados. Todos ellos tenían también en común que provenían de familias en las que se alaba la fuerza y el honor: en suma, al macho mexicano. Para ellos lo más normal era pues trapichear. Y aquí es sencillo. Y rentable.

Creo que la educación influye también de manera decisiva en el machismo que tanto me ha molestado. Todos ellos veían a la mujer como un objeto, al que primero conquistar, para acto seguido dominar y pisotear. De una manera leve, quizá, pero a la vez bastante contundente. De la educación y el machismo, también derivan las peleas – al macho mexicano le vuelve loco una buena pelea, cualquier motivo es bueno para, de nuevo, dominar a su contrincante – y las infidelidades –puede, e incluso diría que debe, tener cientos de mujeres; no así sus parejas, claro.

Como comenta Anabel Hernández en el libro, casi todos los capos del narcotráfico están cortados por este patrón: seres primitivos sin estudios que se dejan llevar por sus pasiones, por el honor y el dinero fácil, con el objetivo de terminar siendo el que tenga más mujeres, más huevos, el más inteligente, el más chingón.

El propio Chapo, uno de los hombres más ricos del mundo y al que todo el mundo describe como inteligente y retorcido, pero también encantador en su trato, nació en una familia campesina y pobre del Norte de México; su padre se dedicaba a la siembra de la amapola, de la que se extrae la heroína, y tanto él como sus hermanos dejaron la escuela para ayudarle en el campo y así sacar más dinero. La primera vez que fueron a venderla a la ciudad, decidió que se dedicaría a eso, pero a un nivel más ambicioso: la compraría y la distribuiría.

Se dice que los niños en el Norte, cuyas familias siguen viviendo de esta siembra, juegan a ver quién será el próximo Chapo. Es lo que les queda, con lo que les dejan soñar: honrar a sus familias siendo respetados, ricos y deseados, o ser pobres y débiles.

El narco no sobreviviría de la manera que lo hace sin políticos y policías comprados: ya sea por sacarse un sueldo extra o porque son extorsionados por los diferentes cárteles. Sin ganas de meterme en política, porque no he leído apenas nada y no estoy enterada, sólo apuntar que en el libro, escrito en 2010, se nombra a Peña Nieto tres veces: las tres, sorprendentemente, es gran amigo y aliado de lo peorcito del este mundillo.

La sensación final del viaje es, por tanto, un poco agridulce. Y es agridulce porque me da mucha pena que un país tan bonito y con tantos recursos naturales, que podrían explotarse de manera legal, y cuyos habitantes por lo general son tan generosos, divertidos y hospitalarios, esté lacrado por un negocio tan sucio, pero a la vez tan rentable, como el de la droga (y sus derivados, como la trata de blancas… ¡jarl!).

Es una realidad del país que de primeras no me esperaba encontrar. Yo venía a hacer turismo, comer tacos y tirarme en la playa. Pero, a la vez, no puedo estar más agradecida y contenta de que me hayan dado la oportunidad de conocerlo un poco más como es en realidad, aunque eso conlleve haberme llevado algún mal rato que otro. Me parecería un pequeño fracaso haber estado aquí tres meses e irme sin historias turbias que poder contar en una cena en España. Al final, tengo unas cuantas.

Han sido tres de los mejores meses de mi vida. Volvería, y seguro volveré, mil veces. Como me ha dicho Marco: “México es tu trampolín a Sudamérica, todo lo que has conocido te va a servir mucho”.

Y estoy segura que así será.

Grandes anfitriones en Playa del Carmen

12 Ago

Esta mañana México ha ganado la medalla de oro de fútbol en los Juegos Olímpicos y para celebrarlo hemos ido a desayunar tacos de pescado, que de primeras suena a oxímoron, pero de segundas están deliciosos. Tengo la sensación de que he tenido algo que ver con este triunfo… no puede ser casualidad que España gane el Mundial cuando estoy allí y México las Olimpiadas cuando estoy aquí, ¿NO?.

Siguiendo con los Juegos, he decidido, y esto a pesar de que los saltos de trampolín también me hacen mucho tilín, que mi modalidad preferida es la de suelo en gimnasia artística femenina: esas mujeronas sobrehumanas, probablemente sicarias en su tiempo libre, maquilladas y peinadísimas con gomina patrás, que logran conservar su inquietante sonrisa hasta el final, cuando, por un breve segundo, cogen aire para tomar carrerilla y hacer un triple mortal con el que cerrarán su titánico ejercicio.

Me volvería loca poder hacer triples mortales.

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Para ya basta de deporte y vida sana. Esta mamarracha os ofrece hoy una entrada light, animosa y de buen rollo, para eclipsar la sordidez de la anterior. Es más, os invito a que estrenéis una cerveza y os la asimiléis escuchando grupos tipo Amparanoia, a ver si así aun consigo daros más rabia.

Y es que, como predije, mi mala racha ha terminado. Estoy en paz con México, con los hombres, e incluso diría que con los hombres que van vestidos de mujeres, y viceversa.

Llevo un par de semanas en casa de mi amigo Marco, un chico al que conocí en mi anterior viaje, y que me está tratando como a una auténtica reina.  Cuando le conté todas mis aventuras, aun nerviosa y estresada, el pobre estaba consternado. “No mames, pinche Arti: ¿qué hacías en VALLADOLID con TRAVESTIS? ¡No mames! Aquí en Playa estarás bien, ya verás”. Y así ha sido. Tanto él como su novia Isa y sus compañeras de casa Ita y Are, son de lo mejor que he conocido en mucho tiempo.

Marco vive en una casa en medio de la selva que parece la de Pippy Calzaslargas. Con la única salvedad de que, para entrar, hay que pasar un puente, bajo el cual hay todo tipo de vegetación y muchos, muchos animales.

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Marco es un terremoto, un poco como Mowgly de El libro de la selva. Si pudiera desplazarse de árbol en árbol, estoy segura que lo haría. Está muy delgado, pero fibrado, porque es incapaz de quedarse quieto un instante. Y, algo que envidio profundamente, puede ingerir toneladas de comida: “¿Ya comiste, Marco?” – “Sí, pero leve… Dos platos de arroz, dos muslos de pollo, frijoles y sopa. Vamos a hacer unas quesadillas, ¿no?”. Claro que sí, dale duro tú que puedes.

Marco es muy listo y de las personas más generosas que he conocido. Tiene el don de que todos sus invitados (y desde que estoy aquí ya han pasado otros cuatro, aparte de mí) se sientan como en casa: se interesa por su vida, les da buena conversación y se preocupa de que no les falte de nada. Además, Marco lee un montón y sabe muchísimo de México. Yo, que estoy en etapa reflexiva después de todo lo que me ha pasado, queriendo hacer una entrada a modo de resumen, me quedo fascinada escuchándole hablar de mayas, aztecas, toltecas, de libros que me ayudarían a entender la historia de México y las raíces psicológicas del mexicano. “Estoy terminando este libro que te va a hacer entender muchas de las cosas que te han pasado, las buenas y las no tan buenas.  Me quedan 30 páginas, en cuanto lo termine te lo regalo”.

Marco trabaja como guía turístico en los alrededores de Playa del Carmen con hispanos, ingleses e italianos. Se los lleva a hacer tirolina, snorkel en cenotes y a ver ruinas mayas. Estoy segura que lo hará fenomenal, porque tiene el don del anfitrión, que es uno de los mejores dones del mundo y que, por desgracia, escasea bastante. En este viaje, sólo Luis, mi amigo español con el que estuve en el DF, me ha hecho sentir así de bien. He decidido que cuando vuelva a España, me voy a esmerar mucho en esto: venid a mi futura casa, os haré sentir como los reyes del puto mambo, amigos.

Por si fuera poco, Marco tiene una novia de lo mejor que he conocido en México. Se llama Isa, y desde el primer momento contribuyó a que me sintiera como en casa. Mi experiencia con las mexicanas, podría decir que en general ha sido regular, porque muchas se han puesto a la defensiva, sin darme ni siquiera oportunidad de abrir la boca. Cuando vi que Marco vivía con su novia, lo primero que pensé fue: “AY”. Pero me duró exactamente dos minutos, porque Isa es también encantadora. Nada más conocerme, se puso a preguntarme cosas, se murió de la risa con mis truculentas historias y me invitó a quedarme el tiempo que quisiera con ellos. Nos caímos bien, un día nos emborrachamos y nos caímos muchísimo mejor. Es muy graciosa y muy payasa y tiene una de esas risas que se contagian, por absurdo que sea el chiste.

Isa trabaja en un parque que está cerquita de la casa, enseñando a los niños cómo cuidar el medioambiente, hablándoles de los animales de la zona y haciendo excursiones por los alrededores. Todos los niños la adoran y no me extraña nada, porque Isa es muy guay, no puedo estar más feliz de que esté con Marco.

La pareja del año

La pareja del año

 

Además de ellos, aquí también viven Ita y Are. Ellas son tortugueras en unas playas de foto de catálogo de viajes que hay cerca de aquí. Cuidan que los huevos que ponen las enormes tortugas marinas se conserven en perfecto estado hasta que eclosionen, y las marcan para conocer su edad y tenerlas controladas. Trabajan de noche, porque es cuando las tortugas salen del mar para poner los huevos en la playa, y a pesar del descuadre horario que eso conlleva, las dos están felices con su trabajo y lo demuestran, porque desprenden armonía y paz todo el rato. La boniquísima Ita me ha invitado a ir una noche con ella a ver todo este show: si tienes la suerte de ver cómo eclosionan, al parecer salen como unas 100 tortuguitas del nido que está soterrado en la arena, rápido hacia el mar. Y ahí cada una toma su propio rumbo. No me lo pienso perder.

Aquí también vive Manchas, un fornido y cariñoso perro que me ha hecho reconciliarme con su especie. Todos mis amigos saben que soy de gatos; pues queridos gatos, como la chaquetera que soy, los perros os están ganando terreno peligrosamente. Creo que definitivamente le adoré cuando una noche se metió mi cama, intenté bajarlo pero no pude moverle ni tres centímetros, me miró con cara de bonico, como pensando: “Pobre blanducha, ni lo intentes, peso más que tú” y se puso a dormir. “Pues nada”. Durante la noche, me puso la patita encima y me abrazó.

Manchas, mi culo y yo

Manchas, mi culo y yo

Para que os hagáis una idea de lo bonitos y graciosos que son todos en esta casa, aquí os va esta historia: hace unos días llegó una pareja, amigos de la hermana de Isa. Y como es habitual, les trataron de maravilla. El chico era artista, pintor, y a Isa se le ocurrió decir, antes de saber a lo que se dedicaba, que quería hacer algo con la pared del salón. “Ah, si quieres yo te pinto alguna cosa”, dijo él. “¿Neta? ¡Pues sí, quiero un pájaro!” respondió Isa.

Aquí tienes tu pájaro, Isa, querida.

Javier, el vecino, extasiado por la fuerza del pájaro

Javier, el vecino, extasiado por la fuerza del pájaro

Cuando lo vimos terminado, con el pobre hombre aun pincel en su pintarrajeada mano, no supimos qué cara poner. Se hizo un incómodo silencio y alguien espetó un simpático, pero en el fondo ciertamente irónico: “Gracias, wey”.

Cuando ya se fue, estábamos cenando y no pude evitar sacar el jugoso tema: “¿Bueno, qué, os gusta el pájaro?”. Silencio. Isa se ríe: “Digamos que no es lo que tenía en mente”, educada contestación que Marco remató con un: “Bienvenidos a la casa del cuervo, wey”.

A nadie le gustaba el pájaro, pero en el fondo estaban todos muy agradecidos al tipo. “¡Todo el día pintando estuvo el wey!”. Y lejos de agobiarse, como haría mucha gente, le sacaron el chiste, y se ha vuelto el photocall oficial en las reuniones.

Groupies

Groupies

 

Isa, Ita, servidora, Clara y Javier, los vecinos

Isa, Ita, servidora, Clara y Javier, los vecinos

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Además de lo bien que estoy aquí con ellos, estoy viendo las cosas más bonitas de todo el viaje: ruinas en la selva como Cobá u otras en la playa, como Tulum… y mucho Caribe, playas de ensueño, donde me tiro todo el día a leer y a tomar el sol, sin ninguna preocupación más. Como no tengo cámara, no os las puedo enseñar, pero ahí está Internet, al alcance de vuestra mano.

La idea inicial al venir aquí era buscar trabajo y recuperar algo de dinero. Un día incluso hice una prueba para ser bartender en un restaurante bastante pijo. Fue muy divertido: mi compañero de barra era encantador, aunque no muy trabajador. Me dejaba sola cada dos por tres: “Me voy a echar tantito en el sofá. Si viene el jefe, avísame por favor”. Y yo defendía mi barra como podía. Hacia el final de la noche entendí que el tío se inventaba la mitad de los cocktails; cuando le pregunté por las medidas del Long Island, contestó: “Lleva tantito de todo lo blanco”. Claro que sí. Me daban un poco de pena los clientes, porque claramente era un sitio caro y no creo que quedaran muy satisfechos, pero al fin y al cabo se emborrachaban igual, porque opté por ser muy generosa con todo lo blanco. Tras 10 horas de prueba sin cobrar, en base a las propinas que había ganado, calculé que mi sueldo serían unos seis euros al día, por lo que claramente decidí que iba a trabajar Rita. El sueldo, junto con lo que me había pasado las semanas anteriores, me llevaron a tomar la decisión de seguir el plan inicial del viaje e ir a Colombia, país que todo el mundo que ha visitado pone por las nubes.

Ya tengo casa allí, con un contacto de Couchsurfing que, por la información de su página y lo que hemos hablado, al parecer también tiene el don del perfecto anfitrión: por el momento, ya me ha dicho que me vendrá a buscar al aeropuerto y me ayudará a conseguir barata la cámara que me ha recomendado que me compre mi hermano Álex.

Vuelo el próximo jueves, os mantendré informados.