Bogotá

24 Ago

Escribo esta entrada mientras observo ensimismada una inmaculada montaña de Nieve, con la grata compañía de la siempre sensual Dama Blanca y el locuaz Don Perico.

Sí, amigos, voy hasta las cejas de cocaína.

Ustedes decidirán si el efecto es bondadoso con mi prosa o si por el contrario la destruye en su totalidad, si esta entrada es mejor o no que las anteriores; viene siendo un experimento fisiológico, sociológico y bidireccional, os invito a dejar vuestro feedback al respecto en “comentarios”. Vayámonos todos juntos a la cama en una orgía cibernética para conocerla más a fondo: destapemos, de una vez, los secretos y leyendas de esta droga.  ¿Es cierto que aporta una lucidez mental que ayuda a escribir? ¿Que sin ella el cine americano de los 70 hubiese sido otro cantar? ¿O es todo un gran camelo con el que sacarnos los cuartos?

Ay, si es que a veces no me aguanto ni yo…. ¡Que no! ¡Que no me meto coca! ¡Era broma! No me he podido resistir, por eso de estar aquí, en Colombia.  ¿Lo pilláis?

Cuando le conté a Javier, mi anfitrión de Couchsurfing, que quería empezar la entrada de esta manera y le pregunté si le parecía gracioso, contestó con un contundente: “NO”. “¿En serio?”, le insistí. “NO”, repitió. No sé por qué no terminan de encajar por aquí los chistes de cocaína.

Pues eso, amigos, he pasado una semana en Bogotá, de couchsurfing por primera vez en mi vida. Y la experiencia no ha podido salir mejor: Javier ha resultado ser un anfitrión dedicado, educado y muy agradable. En todo momento me ha cuidado y ha conseguido que me sintiera como en mi casa. Para que os hagáis una idea de lo amable que ha sido, el primer día me ayudó a conseguir la cámara que buscaba baratita, y además me cuidó como a una niña pequeña cuando, con el cambio de los 35 grados mexicanos a los 15 bogotanos, me resfrié un poco: no me faltó un ningún momento panela con limón, agua de canela caliente o zumos de naranja. Por si todo esto no fuera suficiente, es además un enamorado de Colombia que sabe absolutamente TODO sobre el país: ha sido como tener un guía profesional 24 horas al día. Y yo he descubierto una faceta mía que desconocía: la de preguntona. No sé si más bien a lo Ana Pastor, Mercedes Milá o Lisa Simpson, pero ahí estaba yo, acribillándole a preguntas sin parar y exprimiendo sus conocimientos al máximo.

Además de esta gran compañía, Bogotá es una ciudad que impresiona desde el primer momento. Lo primero, por la altura: se encuentra a 2600 metros sobre el nivel del mar y tiene dos gigantescos cerros que la cercan por el Este. Estas montañas casi siempre están cubiertas por nubes y, dependiendo del día que haga, sientes como si, con un pequeño empujón, pudieras llegar a tocarlas.

Vista desde Monserrate con niño desconocido

Vista desde Monserrate con niño desconocido

Gonzalo Jiménez de Quesada, el conquistador que la fundó en 1538, decidió el emplazamiento justamente por estos dos motivos: los cerros y la altura. Los primeros dificultaban una invasión, mientras que la altura les cuidaba de muchas enfermedades tropicales provocadas por mosquitos, como el dengue. Es cierto que aquí no hay ninguno de esos bichejos, algo que mis magulladas piernas, plagadas de picotazos, están agradeciendo enormemente: el cambio es espectacular, como si Eric de True Blood se hubiese sacado un poco de su sangre y me la hubiese restregado sensualmente por cada centímetro de mis extremidades inferiores.

La Candelaria, el centro de Bogotá, es un barrio precioso y seguro. Está compuesto por estrechas callecitas cuesta arriba y cuesta  abajo, y por casas bajas de alegres colores. En el centro mismo del barrio, se encuentra la impresionante plaza de Simón Bolívar, en la que continuamente pasan cosas. Sólo hace falta sentarse un rato en las escaleras de la Catedral para ver niños jugando con palomas, al yo-yo  o haciendo pompas de jabón, preciosas llamas explotadas para que la gente se monte en ellas (no hay nada más triste), parejas que restriegan sin pudor su amor a los demás transeúntes o turistas flipando con las vistas.

El barrio cuenta además con un sinfín de restaurantes, cafés, teatros y museos. Entre estos últimos, destacar el imprescindible Museo del Oro: un museo arqueológico de los pueblos indígenas prehispánicos del país, pero todo compuesto por piezas de oro. ¡Lo que les gustaba el dorado a estos titis! Casi tanto como a Inma de Gran Hermano.

 

Adornos indígenas

Adornos indígenas

 

Adornos de Inma

Adornos de Inma

 

Los pueblos indígenas en Colombia son más desconocidos porque no crearon grandes ciudades como en México o Perú; se trataba más bien de conjuntos de poblaciones disgregadas por la región. Al parecer, eran más altos que en otras zonas de Latinoamérica, por lo que el encuentro con los españoles fue menos chocante y más placentero; hubo mucho más conexión, más química y física. Y se mezclaron más. Las relaciones sexuales que mantuvieron se las agradezco yo ahora, viajando sola. Y es que, al parecer, paso bastante por colombiana.

Uno de mis entretenimientos favoritos cuando visito la ciudad, es justamente aprovechar esta semejanza para jugar a hacerme la autóctona. Pongo un acento, creo que más cercano al cubano, meto un papi o un mami, y listo. Por ejemplo:

–          “Señorita, ¿sabe si este autobús va a Portal Norte?” – me pregunta una señora en la parada.

–          “Ay, no, mami, resién llegué. Qué pena con Usted. Disculpe”

Además, parece ser que el mami y el papi son un poquito barriobajeros, por lo que los adoro más si cabe.

En Bogotá casi todos los museos son gratis, y me atrevería a presumir que esto es extensible a todo Colombia, porque en el pueblo donde estoy, también. Un día fui a hacer una visita por el centro con una guía y nos dijo claramente: “Para los colombianos, los turistas sois reyes y reinas a los que cuidar”. Algo que también me había comentado Javier; con la mala prensa que ha tenido siempre el país, y ahora que se está empezando a abrir al exterior, es cierto que se respira cierto cariño y ganas de agradar a quien viene a visitarlo. Por este motivo, entiendo que los chistes sobre farlopa no sean de su agrado. Lo sé y lo siento un poco, de aquella manera, porque es sólo un chiste, pero no me he podido resistir.

Además del centro, que es precioso, Bogotá también tiene una zona muy cuca llamada La Macarena (¡aaaaaahaaaaa!) llena de restaurantes de nacionalidades de todo tipo, y otra más al norte, la Zona Rosa, con las tiendas más exclusivas, centros comerciales y bares con terraza donde tomar una cerveza. Lo de las cervezas es bastante divertido: las más comunes de Colombia se llaman Costeña, Águila y Poker. Un día salimos y empezamos a probarlas todas, y sabían exactamente igual. “Sí” – dijo Javier – “es que son todas lo mismo, vienen de la misma fábrica, sólo le cambian la etiqueta”. Y por increíble que parezca, así es.

Tanto monta, monta tanto

Tanto monta, monta tanto

Pero tranquilos, amantes de la cerveza, no es tan grave la cosa, porque además de estas tres, tienen otras artesanales muchísimo más ricas. Aunque también más caras.

La comida es deliciosa, algo que me preocupaba mucho viniendo de México. “Echaré de menos la comida, echaré de menos la comida…”. Pues no tanto, llorona, porque aquí te puedes cascar un ajiaco, que es una sopa de patata y pollo absolutamente deliciosa, con la que te quedas saciada y del todo satisfecha.  O un sancocho, una especie de consomé que me ha quitado el resfriado del tirón. Todo acompañado de arroz y aguacate. Y empanadillas y arepas, entre horas, riquísimas, para seguir caminando.

Bogotá además me encanta porque me recuerda a la mejor telenovela de todos los tiempos. Creo que no hace falta decirlo, pero para los no iniciados en materia novelesca, claramente estamos hablando de Betty la fea. Embriagada del ambiente bogotano, estos días he pensado mucho en Armando, en Betty, en su historia de amor, en Patricia la peliteñida, y en los ratos en los que la veíamos con mi madre y mi hermana Aglaia en las sobremesas de Valencia. Al parecer, no soy la única, porque Aglaia me escribió un email en el que ponía lo siguiente: “¿Qué tal por Bogotá? No vayas muy sola por ahí, ¡acuérdate del padre de Betty la fea que siempre la quería ir a buscar!”.

betty

Bogotá es una de las ciudades más grandes de América Latina, y como en toda gran ciudad hay que tener cuidado, porque hay pobreza. Si se usa por tanto el sentido común, la ciudad no tiene ningún peligro, es asombrosa en muchos aspectos y tiene toda la actitud del mundo. Pasear por las estrechas calles de La Candelaria, con los cerros parcialmente cubiertos por las nubes, parar a tomar un café o entrar a los cientos de museos gratuitos de la ciudad, observar a los jóvenes que salen de la universidad y se toman una cerveza en un bar, ver cómo hablan, cómo se ríen y cómo bailan (aquí bailan que da gusto), es muy muy guay.

Que no me entere yo que nadie dice lo contrario: Bogotá mola.

Anuncios

2 comentarios to “Bogotá”

  1. Isabel Enríquez 25/08/2012 a 1:37 am #

    Hermosa, qué deleite leerte nuevamente, qué chido que todo vaya bien y que risa tu inicio, yo sí me la creí toda! jajajaja Es más, hasta le leí a Marco en voz alta para que se riera conmigo.
    Te mando besos y abrazos.

    • diariosdemamarracha 27/08/2012 a 3:37 pm #

      Jajaja, os imagino ahí en la camita, flipando con el principio… Os mando un beso enormeeeeee!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: