Archivo | septiembre, 2012

Taganga: sal si puedes

16 Sep

Tener tiempo libre te lleva a  hacer cosas como ésta para tratar de sentirte un poco mejor:

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Taganga

11 Sep

Llevo unos días en Taganga, un pueblito de pescadores de la costa caribeña, lleno de negros y que suena a reguetón: mi primer encuentro con aguas colombianas.

En México ya tuve la suerte de conocer las playas del Caribe: playas innegablemente paradisíacas, imposibles de superar en belleza, bañadas en aguas cristalinas y de arena tan fina que parece talco de bebé, y que provoca que, tras la tercera ducha, uno desista en su intento de eliminarla por completo de su cuerpo. Pero este pueblo tiene otra cosa: un ambiente local, rural, caribeño y costero que no se paga con dinero. Aquí se respira Malibú a todo rato: Malibú con zumo de piña y hielo, como cuando tenías quince años y empezabas a descubrir los placeres del trinque, es lo que quieres beber desde que te levantas.

En todas las guías se describe Taganga como un pueblo plagado de hippys, fiesta y drogas, pero con una playa mucho más bonita que la de Santa Marta, ciudad cercana a unos quince minutos en bus. La estampa no me resultó nada prometedora, salvo por la playa, por lo que decidí que mi parada sería breve. Sin embargo, cuando llegué, y creo que por ser temporada baja, no encontré nada de eso: apenas hay turismo o hippys, pero sí mucho autóctono. Drogas, no sé.

El pueblo es la máxima esencia del “me estás estresando”: los locales juegan al fútbol, hacen deporte y todo tipo de imposibles piruetas en la playa, se mueven motorizados por las calles sin pavimentar, bailan su música latina en los bares, en la arena o en el mar, mientras los comerciantes venden deliciosos zumos y frutas tropicales allá donde mires, pescado fresco o ceviche preparado al momento. Nunca falta agua helada, cerveza fría o tabaco a sólo 0,50 céntimos de euro, cuyo precio tira por la borda cualquier intento de dejar el hábito.

Cuando llegué y empecé a hablar con la gente del hostal, me sorprendió que todos llevaran por lo menos tres semanas aquí. “Pues menuda panda de vagos”, pensé. Incluso una de ellas, una encantadora suiza, había conocido a un taganguero, había surgido el amor y se disponía a mudarse a su casa con la idea de buscar trabajo. “Dentro de unos años volveréis, y me veréis con mis cinco hijos, sentada en el porche de casa tirada en una hamaca, como hace aquí todo el mundo”, comentaba muerta de la risa. “Mis padres no saben nada, como se enteren me cortan el cuello. Me los imagino, viniendo de visita y diciéndome: what the fuck are you doing here in Taganga???”

Y es que de primeras este pueblo despierta exactamente esa sensación: la de que no hay nada que hacer. No hay nada que hacer salvo tirarte en la playa, leer, escuchar música, comer bien y beber exquisitos zumos de frutas tropicales. Y al segundo día de estar aquí te das cuenta de que no existe un plan mejor, y de que, hasta organizar la mochila, te parece un suplicio, por lo que lo vas dejando para otro día, y otro, y otro, y otro… Creo que, en un mundo ideal, así es como deberían nuestras vidas. Si te gusta la playa y estar tranquilo, esto es un paraíso.

Mi vida en Taganga viene siendo algo parecido a esto: me despierto como a las 8, desayuno unas tostadas, me ducho, embuto en el bikini y me dirijo a la playa con un buen libro. A mediodía levanto mi culo de la arena para hacerme con uno de los cientos de zumos que preparan en el momento – maracuyá con piña, la mejor combinación por el momento- , vuelvo a la playa buscando algo de sombra para aguantar el inclemente sol de mediodía y sigo leyendo. Un par de horas más tarde, cuando el hambre aprieta, hago mi comida fuerte del día por dos o tres euros en la calle principal, o si me quiero dar un capricho, me estiro hasta cinco, por los que recibes un plato de pescado, arroz con coco, ensalada y plátano frito. Ya saciada, vuelvo a la playa otra vez, siesteo y leo un poco más. Como a las seis empieza a atardecer, con una de las puestas de sol más preciosas que he visto en mi vida, y durante esa media hora que demora en caer el sol, todo el mundo deja lo que está haciendo, que suele ser poca cosa, y, en un derroche de actividad y creatividad, saca su cámara, olvidada hasta el momento en la mochila, y se pone a hacer fotos. Cuando anochece, compro unas frutas para cenar, me voy al hostal, me ducho para quitarme la arena, comento mierdas en Facebook mientras me asimilo una cerveza, hablo un poco con la gente, me zampo las frutas, y termino mi extenuante día tumbándome en la cama, feliz, hasta que me vence ese dulce y matador sueño, que sólo conoce quien se ha pasado por lo menos cinco horas al sol. Hoy, y un día que salí para conocer la noche taganguera, han sido los únicos en los que me he permitido hacer una excepción a este alivianado modo de vida, con el único propósito de restregároslo por las narices. No me odiéis mucho, pensad que en otros momentos del viaje también me han robado, acosado e incluso intentado meter en las redes de la prostitución de más baja estofa.

Os dejo un vídeo, grabado en domingo, que es el día de mayor afluencia de gente en la playa. Entre semana es mucho más tranquilo, pero creo que muestra bastante bien el tipo de vida que se estila por aquí.

Dios mío, si al final resulta que existes y estás por ahí, dame fuerzas para irme en algún momento.  O en su defecto un mal libro con el que me aburra.

De lo contrario, ya sabéis donde encontrarme.

Cien años de no actualizar

7 Sep

¡Pero qué abandono el de este blog! ¡Qué bochorno más espantoso!

No penséis que no he sufrido por esta inexcusable ausencia. Ni siquiera debería intentar arreglarlo, porque nada de lo que diga ahora va a cambiar el hecho de no haber escrito una sola línea en dos semanas. No obstante, y si me lo permitís, aclararé que el motivo no ha sido vagancia, sino todo lo contrario: aquí en Colombia es imposible dejar de hacer cosas. He hecho cosas y me han pasado muchas otras que me han hecho comerme la cabeza cosa mala, amigos.

A esto se le une que lo susceptible de ser contado se va acumulando, los amagos de textos se quedan desfasados y una ya no sabe discernir entre qué puede resultaros atractivo y qué no. Por lo tanto, he decidido hacer un resumen de estos días a modo conciso, rapidito y probablemente insatisfactorio.

Allá vamos, pues.

1) Villa de Leyva

Descripción del lugar: Es Villa de Leyva un pueblito primoroso, con elegancia de gran ciudad, que se encuentra a cuatro horas al norte de Bogotá y que cuenta además con una de las mayores plazas de Colombia, donde los niños corren a volar sus cometas cuando terminan sus deberes con la escuela. Está rodeado por montañas parcialmente calvas, efecto del pastar de los animales que se pasean por la zona: burros, vacas, caballos y ovejas toman las calles a su antojo y más vale andarse con ojo, porque lo más probable es encontrárselos de frente en cada esquina.

Objetivo de la visita: Aquí llegué sin mayor pretensión que la de pasar unos días tranquilos en el campo, leer y hacer excursiones, en uno de los hostales más reconocidos del país, cuyo nombre es Renacer. Poco iba a saber yo entonces que sí me iba a hacer renacer un poco y que iba a pasar una de las mejores semanas de mi viaje.

Desarrollo de los hechos: Según la mitología muisca, el grupo indígena que habitó esta zona antes de la llegada de los conquistadores, el mundo se creó a tan sólo quince kilómetros de aquí, en el santuario de Iguaque. Los lugareños insisten en que es un pueblo especial y que tiene cierta energía. Recién llegada, como mamarracha que soy, o que era antes de pisar esta región, ya no sé, cerveza en mano y escuchándoles alardear de sus mitos y sus indígenas, pensaba: “Ya, ya, ok. ¿Y ahora dónde vamos? ¡Que esto cierra!”. Sin embargo, y no sé si debido a la belleza del pueblo o qué, sí noté que nada más llegar me entraron unas ganas locas de bailar y cantar, por lo que no me lo pensé ni un momento cuando la encantadora recepcionista Ela me propuso tomar una clase de salsa matutina, que ayudó a soltarme un poco y a meterme en el rollo colombiano.

A este renacimiento personal, cercano al hippismo, se le unió, como por arte de magia, un grupo de personas de lo más majo del mundo. La primera en llegar fue Álex, una americana de 21 años, con la que había bailado, de aquella manera, la clase de salsa. Ahí ya me cayó bien, pero cuando me robó el corazón fue cuando la vi sola, tomando una cerveza y fumándose un cigarro, en un bar de mala muerte del pueblo. Allí estaba ella, practicando con gran desparpajo su español cercada cada vez de manera más angosta por ancianos villaleyvanos.

Ésta fue la estampa que me enamoró, la de la actitud en persona, comprobad como todas las miradas se dirigen, imparables, hacia ella.

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Al día siguiente llegaron todos los demás: Chris, Vaughan, Raymond, Philipp, Lindsay y Aarin. Un grupo grande, que previamente no se conocía de nada, y que se unió gracias al incorrecto humor, en mi opinión el más admirable, de un señor inglés de 71 años llamado Chris. A los diez minutos de estar juntos, tomando una cerveza en la zona común, interrumpió una conversación, probablemente atizado por una repentina sensación de hambre, espetando: “So, what’s for dinner?”. Como no podía ser de otra manera, nos hizo mucha gracia a todos, dio la casualidad de que Alex y yo habíamos comprado para hacer cena e invitamos al resto. A partir de entonces, cada noche cocinó uno de ellos.

Fue en esta primera cena cuando me di cuenta de que algo tenía que cambiar. Todos ellos habían viajado por mil sitios, y además eran muy eruditos. Incluso Alex, siete años menor que yo, sabía mucho. “¿¿De dónde ha sacado el tiempo??”, me preguntaba empequeñecida, en mi sitio. “¡Qué cerda!”, pensaba. Luego me arrepentía, porque es muy bonica y del todo encantadora.

Los temas eran variados y universales: feminismo, capitalismo, comunismo y países varios. Asuntos en los que es más o menos sencillo meter baza, pero que asombraban sobre todo por la elegancia y el saber estar con los que eran tratados: cada uno de ellos defendía sus argumentos con templanza y dando réplica al resto, en un educado vaivén de opiniones, sonrisas e incluso risotadas. Para que no pensaran que era idiota, callada como estaba, en una pausa de la conversación en la que empezó a sonar Living la vida loca, tuve que recurrir al mamarracherismo y hacer un chiste con Ricky Martin, en el que le comparaba con George Michael, sentenciando que no entendía cómo podían haber ocultado su homosexualidad durante tanto tiempo. El chascarrillo, acompañado del baile de Wake me up, funcionó bastante bien para la audiencia, pero no para mí, pues sólo yo sabía que había recurrido a un estado de Facebook de hace AÑOS. Me sentí tan Joey en el episodio en el que decide comprarse un tomo de enciclopedia, que me di a mí misma entre gracia y pena.

Desenlace/Conclusión: Es importante saber cosas, amigos. Hay que leer más. Me juego el cuello a que muchos de vosotros entráis a este blog esperando encontrar cierta elementalidad humana: borracheras, drogas, corrupción, asesinatos o trata de blancas. Es lo que os he ofrecido hasta el momento, es el Sálvame de los medios digitales. Pero tras mi estancia en el Renacer, he decidido hacer lo propio. Preparaos para ello: en esta web sólo habrá, de aquí en adelante, traducciones de textos griegos, comentarios de poesías y análisis de las obras maestras de la literatura universal.

PD: Aquí os dejo un vídeo de Villa de Leyva, de su maravillosa naturaleza y de estos personajes tan majos. Lo iba a montar con Wagner, para ir mostrando al mundo mi nuevo matiz culto, pero temí que la camaradería que se respiró en esos días pudiera quedar empañada por sus tenaces acordes.

2) San Gil y alrededores

Descripción del lugar: Es San Gil una ciudad más al norte todavía, comercial y más bien tirando a feúcha, que no obstante cuenta con cosas interesantes, como el magnífico parque El Gallineral, el más bonito de Colombia, o la plaza central, donde a todas horas se congrega gente que simplemente mira la vida pasar. Es parada obligatoria para hacer deportes de aventura y excursiones por la naturaleza.

Objetivo de la visita: El objetivo, en este caso, era algo difuso, pues aquí llegué un poco triste, primeramente por la leve depresión que me produjo caer en la cuenta de mi suprema ignorancia, pero también por haber dejado Villa de Leyva y a toda esta panda atrás. Además, hacer deporte de aventura no era una opción, por falta de ganas y de dinero, así que le vi poco sentido a mi estancia por allá. Dolorida y baja de ánimos por el síndrome premenstrual – sí, lo sé, de nada – decidí ser la antisocial del hostal en el que me alojé. “No me van a sacar ni una palabra, no sonrías, no digas NADA”. Intenté escribir algo, pero los ánimos no eran los más adecuados para conseguir un resultado mínimamente decente, así que sólo contribuyó a potenciar más mi enfado con el mundo y a que mi mala actitud fuera en aumento.

Desarrollo de los hechos: Con cierto orgullo y entendiendo las bondades de ser excéntrica, me convertí en la nerd del hostal: la que siempre estaba en el ordenador, comía sola, no hacía ningún deporte y no hablaba con nadie. Pues resultó ser un plan nefasto, amigos; será que nuestro instinto masoquista nos invita a estrellarnos una y otra vez contra lo que no podemos tener, pero el caso es que conseguí exactamente el efecto contrario al deseado: todo el mundo se me acercaba: “¿Qué haces? ¿Has hecho rafting? Nosotros vamos a hacer parapente. ¡Apúntate! Ahora vamos a tomar una cerveza, ¿te vienes? Vamos a comer, ¡vamos!”. Fue absolutamente agotador.

Sin embargo, decidí no ceder un milímetro en mi objetivo, eludir a los acosadores americanos y canadienses con contundentes negativas, y hacer alguna excursión por los alrededores sola y tranquila. La breve estancia en San Gil mereció la pena por las cascadas que vi en sus alrededores, las más espectaculares de mi vida.

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Desenlace/Conclusión: Cuando se viaja solo, hay que ser egoísta y hacer lo que te rota en cada momento. De lo contrario, puedes caer en una espiral infernal en la que intentas satisfacer a mochileros americanos que no conoces de nada y que esperan, sin tú ser nada de eso, algo bueno de ti.

3) Aracataca

Descripción del lugar: Aracataca es un pequeño pueblo muy cercano al Caribe, que parece sacado de un anuncio de Malibú, en el que nació Gabriel García Márquez, y que al parecer le inspiró para construir el imaginario de Macondo de Cien años de soledad. En él, los niños juegan despreocupados al fútbol por las calles polvorientas, los jóvenes pasean, chuletas, a sus chatis en moto y los viejos descansan en los porches de sus casas, mientras saludan e invitan a sentarse con ellos a quien se les cruza por delante.

Objetivo de la visita: A este pueblo llegué con El amor en los tiempos del cólera bajo el brazo, el primer libro que estoy leyendo del Nobel colombiano y que me está dejando loca, con la idea de visitar su casa natal, leer y estar tranquila durante un día, de camino a la costa caribeña.

Desarrollo de los hechos: Nada más llegar, fui recibida por Tim en su hostal, un estrafalario y encantador tipo, fan de García Márquez, que ha establecido su residencia en Aracataca y tiene como objetivo impulsar el turismo aquí. No le falta razón, pues el Nobel tiene muchos fans, aquí está su casa natal, el pueblo es muy tranquilo, la gente absolutamente adorable y el enclave es perfecto para pasar unos días relajados antes o después de la costa.

Tim está empeñado en que los cataqueros entiendan la importancia de su pueblo, de que lean y de que se enamoren, como él, de Gabo. A veces, sale disfrazado con un traje de pingüino para estimular la imaginación de sus habitantes y hacerles partícipes de ese realismo mágico. Éste es el punto de excéntrico del que estamos hablando.

Imagen racional de ka gente del hostal, con Tim a la izquierda

Imagen racional de ka gente del hostal, con Tim a la izquierda

Imagen desde el punto de vista loco de Tim

Imagen desde el punto de vista loco de Tim

Sólo pasé un día allí, pero hice más amigos colombianos que en todo el viaje. Los habitantes de Aracataca son muy amigables y calurosos: sin excepción, cuando pasas por su lado, asienten elegantemente con la cabeza y te regalan un sincero: “Buenos días”. Sin lugar a dudas saben que eres extranjera, pues aquí en la costa casi todo el mundo es negro, y al parecer les gusta que se visite su pueblo.

Aquí van dos ejemplos del buen hacer de sus habitantes: en el primero, conocí al bibliotecario del pueblo, presentada por el camarero de un bar donde paré a tomar café. El señor me invitó a su templo de sabiduría, para mostrarme las obras de García Márquez. Una vez allí, se interesó mucho por mi vida, por mi viaje, me presentó a todo el mundo que trabajaba con él y empezó a sacar libros para que los consultara. Tras un rato de educada conversación, me dijo: “Ahora vamos a leer, m’hijita”. Allí estaba yo, con un señor desconocido, en una biblioteca de Aracataca leyendo en silencio junto a él.

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En el segundo, hice muchos colegas bajitos: de pronto, un niño me toca la espalda, me giro y me pregunta : “Doña, ¿Usted es de aquí?”. “No”, le contesto. La respuesta provoca que se le dibuje una enorme sonrisa en la cara, se dirige a sus amigos, que esperan más tímidos atrás, y les grita: “¡No es de aquí!”. Sin darme tiempo a reaccionar, de pronto me vi como Angelina Jolie, completamente rodeada por niños, unos diez, que saltaban y me hacían preguntas sin darme tiempo a responder:

“¿Le gusta Aracataca? ¿Y Colombia?”

“¿Y de dónde es?”

“¿Conoce a Puyol? ¿Y a Iniesta?”

“¿Doña, de qué equipo es Usted?”

“¿Y cuál es la comida típica allá?”

“¿La temperatura máxima? Aquí es muy caluroso… ¿Y la mínima? (…) ¡Vaya!”

“¿Cuántas horas de avión son desde allá?”

“¿Y tiene esposo? (…) Pero le gustaría tenerlo, ¿verdad?”

“¿Cómo es que se pronuncian las eses en España?” ¿?

“¿Y en España hay traficantes? ¿La policía los atrapa?”

Fue tal la buena impresión que creo les causé, que he decidido que si a los cuarenta estoy soltera, me vengo para aquí, a ver si me dejan encinta o algo.

Por aquí puede que ande el padre de mis hijos.

Por aquí puede que ande el padre de mis hijos.

Desenlace/Conclusión: A pesar de haber pasado sólo un día, Aracata también me ha hecho darle muchas vueltas a las cosas, a las múltiples maneras en las que podemos desarrollarnos. El trabajo de Tim me parece admirable y me gustaría hacer un pequeño documental sobre el tema, porque tanto el pueblo como él me parecen muy interesantes. Regresar aquí, por el momento, es una opción más que probable, cuando le dé una vuelta a qué es lo que quiero contar y la manera en que pudiera funcionar.

Y esto es todo por hoy, amigos, menuda chapita guapa. No sé vosotros, pero yo tengo la cabeza como un bombo: ni conciso ni rapidito. Insatisfactorio espero que tampoco mucho.