Taganga

11 Sep

Llevo unos días en Taganga, un pueblito de pescadores de la costa caribeña, lleno de negros y que suena a reguetón: mi primer encuentro con aguas colombianas.

En México ya tuve la suerte de conocer las playas del Caribe: playas innegablemente paradisíacas, imposibles de superar en belleza, bañadas en aguas cristalinas y de arena tan fina que parece talco de bebé, y que provoca que, tras la tercera ducha, uno desista en su intento de eliminarla por completo de su cuerpo. Pero este pueblo tiene otra cosa: un ambiente local, rural, caribeño y costero que no se paga con dinero. Aquí se respira Malibú a todo rato: Malibú con zumo de piña y hielo, como cuando tenías quince años y empezabas a descubrir los placeres del trinque, es lo que quieres beber desde que te levantas.

En todas las guías se describe Taganga como un pueblo plagado de hippys, fiesta y drogas, pero con una playa mucho más bonita que la de Santa Marta, ciudad cercana a unos quince minutos en bus. La estampa no me resultó nada prometedora, salvo por la playa, por lo que decidí que mi parada sería breve. Sin embargo, cuando llegué, y creo que por ser temporada baja, no encontré nada de eso: apenas hay turismo o hippys, pero sí mucho autóctono. Drogas, no sé.

El pueblo es la máxima esencia del “me estás estresando”: los locales juegan al fútbol, hacen deporte y todo tipo de imposibles piruetas en la playa, se mueven motorizados por las calles sin pavimentar, bailan su música latina en los bares, en la arena o en el mar, mientras los comerciantes venden deliciosos zumos y frutas tropicales allá donde mires, pescado fresco o ceviche preparado al momento. Nunca falta agua helada, cerveza fría o tabaco a sólo 0,50 céntimos de euro, cuyo precio tira por la borda cualquier intento de dejar el hábito.

Cuando llegué y empecé a hablar con la gente del hostal, me sorprendió que todos llevaran por lo menos tres semanas aquí. “Pues menuda panda de vagos”, pensé. Incluso una de ellas, una encantadora suiza, había conocido a un taganguero, había surgido el amor y se disponía a mudarse a su casa con la idea de buscar trabajo. “Dentro de unos años volveréis, y me veréis con mis cinco hijos, sentada en el porche de casa tirada en una hamaca, como hace aquí todo el mundo”, comentaba muerta de la risa. “Mis padres no saben nada, como se enteren me cortan el cuello. Me los imagino, viniendo de visita y diciéndome: what the fuck are you doing here in Taganga???”

Y es que de primeras este pueblo despierta exactamente esa sensación: la de que no hay nada que hacer. No hay nada que hacer salvo tirarte en la playa, leer, escuchar música, comer bien y beber exquisitos zumos de frutas tropicales. Y al segundo día de estar aquí te das cuenta de que no existe un plan mejor, y de que, hasta organizar la mochila, te parece un suplicio, por lo que lo vas dejando para otro día, y otro, y otro, y otro… Creo que, en un mundo ideal, así es como deberían nuestras vidas. Si te gusta la playa y estar tranquilo, esto es un paraíso.

Mi vida en Taganga viene siendo algo parecido a esto: me despierto como a las 8, desayuno unas tostadas, me ducho, embuto en el bikini y me dirijo a la playa con un buen libro. A mediodía levanto mi culo de la arena para hacerme con uno de los cientos de zumos que preparan en el momento – maracuyá con piña, la mejor combinación por el momento- , vuelvo a la playa buscando algo de sombra para aguantar el inclemente sol de mediodía y sigo leyendo. Un par de horas más tarde, cuando el hambre aprieta, hago mi comida fuerte del día por dos o tres euros en la calle principal, o si me quiero dar un capricho, me estiro hasta cinco, por los que recibes un plato de pescado, arroz con coco, ensalada y plátano frito. Ya saciada, vuelvo a la playa otra vez, siesteo y leo un poco más. Como a las seis empieza a atardecer, con una de las puestas de sol más preciosas que he visto en mi vida, y durante esa media hora que demora en caer el sol, todo el mundo deja lo que está haciendo, que suele ser poca cosa, y, en un derroche de actividad y creatividad, saca su cámara, olvidada hasta el momento en la mochila, y se pone a hacer fotos. Cuando anochece, compro unas frutas para cenar, me voy al hostal, me ducho para quitarme la arena, comento mierdas en Facebook mientras me asimilo una cerveza, hablo un poco con la gente, me zampo las frutas, y termino mi extenuante día tumbándome en la cama, feliz, hasta que me vence ese dulce y matador sueño, que sólo conoce quien se ha pasado por lo menos cinco horas al sol. Hoy, y un día que salí para conocer la noche taganguera, han sido los únicos en los que me he permitido hacer una excepción a este alivianado modo de vida, con el único propósito de restregároslo por las narices. No me odiéis mucho, pensad que en otros momentos del viaje también me han robado, acosado e incluso intentado meter en las redes de la prostitución de más baja estofa.

Os dejo un vídeo, grabado en domingo, que es el día de mayor afluencia de gente en la playa. Entre semana es mucho más tranquilo, pero creo que muestra bastante bien el tipo de vida que se estila por aquí.

Dios mío, si al final resulta que existes y estás por ahí, dame fuerzas para irme en algún momento.  O en su defecto un mal libro con el que me aburra.

De lo contrario, ya sabéis donde encontrarme.

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4 comentarios to “Taganga”

  1. La envidiosa 11/09/2012 a 8:31 am #

    Japuta.

  2. jose montoya 11/09/2012 a 11:56 am #

    pues no parece tan diferente de,pongamos, la platja llarga de tarragona.

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