Archivo | octubre, 2012

Tú déjate llevar…

26 Oct

¿Ei, os acordáis de la chapita guapa que os metí en el anterior post, en el que además estaba como intensa, de que hay que ser productiva, viajar trabajando, hacer contactos y blablablabla?

Ok, pues llevo una puta semana en Taganga. Sí, TAGANGA, ¿os suena? Una puta SEMANA.Y el único contacto que he hecho es el de mis labios con latas de cerveza.

¿No decíais eso de que me deje llevar por el viaje? Pues está claro que, por lo menos en Colombia, es un consejo de mierda, porque el viaje me lleva irremediablemente a Taganga.

Pero bueno, ya basta de autoflagelarme, porque este comeback en realidad tiene cierto sentido, y es que como el vídeo no se grabará hasta noviembre, me dije: “¡Vete a Taganga un finde! Está a 20 kilómetros. Diviértete dos días, será genial. Ves a tus amigos, que aun está allí, y ya te despides en plan bien”

Era una idea genial hasta que hoy he usado la cabeza más de lo normal y he caído en la cuenta de que mañana es viernes y de que llegué un viernes y de que por tanto llevo una semana aquí. ¡No entiendo nada!

A veces pienso, tratando de sentirme mejor y dejándome llevar por la suprema gilipollez, que mi destino debe de ser conocer a alguien aquí. Alguien importante. No sé, el nuevo Almodóvar colombiano o algo, que me de trabajo en su próxima  obra maestra. ¡Claro que sí! Mientras tanto, sigue tirada al sol, ya verás cómo viene, deslumbrado por tu buen tino empalmando birras sin levantarte de la toalla. “Esas cervecitas no se levantan solas, tú tienes cara de ser buena en producción”

Como la absurda que soy, me desdigo de todos los posts tagangueros anteriores. Siento el rato que habéis malgastado leyéndolos. Si visitáis Colombia, no piséis este pueblo. Ni se os ocurra. Jamás.

Creo que mañana me voy a Barranquilla. Aunque eso es lo que digo cada día. De momento, son las 8 de la noche y he quedado con una amiga para tomar algo y despedirnos. Jesusito, dame fuerzas. O ponedme a parir en los comments, quizá eso ayude, aunque me caigáis un poco mal.

Hoy solo fotos, que Taganga me saca la vaga que llevo dentro y ni vídeos hago ya.

Claudia, Guillermo y Javier, amigos del Latin Hostel, o mi segunda casa

Guillermo y Claudia, los más bonicos

Cena barata y unos baños

Tagangueros con bogotano. ¿Quién es quién?

Nacho, otro español atrapado en Taganga

Más tagangueros

Atardecer en Taganga

Amanecer en Taganga

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Seriedad, hombre ya

18 Oct

Tras mis tres entradas de Taganga y exprimir ese pueblo hasta niveles indecentes, he decidido, en un arrebato de inusitada responsabilidad, cambiar el enfoque de mi viaje: darle un nuevo y emprendedor impulso que, por otro lado y de manera ciertamente contradictoria, fue en su momento el sentido primigenio del mismo, y también el argumento con el que logré convencer a mis padres para que no me odiaran demasiado por iniciar esta aventura a la que me lancé el pasado 20 de mayo.

Sí, amigos, voy a volverme más productiva. Voy a focalizar toda la energía con la que he venido haciendo turismo, amigos y enemigos, en algo más tangible: buscar algo de lo mío, hacer contactos y así propiciar, con el optimismo y ganas con las que vengo viajando, resultados. Esto no quita seguir visitando, pero de manera secundaria y accesoria, sin descuidar en ningún momento lo anterior, sobre todo viendo cómo están las cosas en mi querido país de origen.

Taganga resultó ser, pues, el final de unas vacaciones; unas vacaciones que por un lado considero bastante merecidas, pero que, por otro, ya venían durando el asqueroso y dilatado tiempo de cuatro meses y medio. Y no es que me haya cansado de estar de paseo, porque creo que eso no me ocurriría jamás, pero la conciencia empieza a pesar y el dinero a bajar, y una se da cuenta de que ya es suficiente, y de que si usara de otro modo su fuente de energía, como salerosamente entonan los hermanos Muñoz, podría crear nuevos e ilusionantes caminos, y por supuesto más proactivos y lucrativos que permaneciendo en los sitios simplemente lo justo. En México me ocurrió exactamente eso: cuando empecé a conocer a gente del sector, cambié de país, huyendo de las redes de… venga va, ya basta de esta broma.

La idea del cambio fue tomando forma cuando decidí empezar a colaborar con ONG’s, para así viajar aportando el manido granito de arena y conocer la cultura colombiana de otra manera; acto no del todo desinteresado, porque la idea era que estas nuevas experiencias me aportaran el material necesario, más difícil de encontrar en hostales, con el que grabar algún breve documental, que es algo que quiero hacer desde hace tiempo. Con este propósito me vine a Minca, un precioso pueblito en la inescrutable Sierra Nevada de Santa Marta, a tan sólo 16 kilómetros en línea recta del Mar Caribe: un espectáculo para los sentidos que te invita a disfrutar, abrigo en mano, de la vista del océano desde la tupida y arbolada montaña. La misma vista que debieron observar, aterrados, los indígenas Tayrona que poblaban esta región cuando vieron que los barcos españoles atracaban en el Puerto de Santa Marta, la ciudad que queda a los pies de su falda.

Vista de Santa Marta desde la sierra

En Minca este cambio se hizo palpable al instante; concretamente la primera noche que pasé aquí, en una preciosa casa, plantada como un árbol más en las montañas, en la que dormía plácidamente en una cama en el porche, tras pillar el sueño al son de los ruidos que hacían los grillos y demás animales de la zona.

La playa y el reguetón se esfumaron de repente, sin dolor, alentados por estas ganas de cambio, que creo, de manera todavía inconsciente, deseaba.

A las seis de la mañana empezaba la jornada y el primer día Diana, la directora de la ONG, me invitó a hacer yoga con ella, no sin antes tomarnos un vasito de aloe vera con limón en ayunas. Cualquiera que me conozca un poco, podrá visualizar la cara de espanto que una proposición semejante debería haber pintado instantáneamente en mi jeta, pero el caso es que, de manera sorpresiva, mi cuerpo no convulsionó ante la idea, como seguramente habría ocurrido en mis primeros meses en México. “¿Yoga, aloe y limón? ¿Qué me quieres, MATAR?”

Al pasar sólo una semana en la ONG, mis tareas se basaban básicamente en apoyar de manera administrativa a Diana, que necesitaba esa ayuda como el aire que respiraba. Y para mí también estuvo bien, porque este nuevo y tranquilo modo de vida, a lo Heidy en las montañas, ayudó a limpiar mi zarandeada conciencia tras las más que alivianadas vacaciones y me dio tiempo para esbozar de una manera más clara cómo iba a llevar a cabo el cambio. The change.

Con energías renovadas, escribí a los pocos contactos colombianos que había hecho hasta la fecha, casi siempre de manera alcoholizada – estado que por otro lado no ayudaba en absoluto a relacionar nombres, caras, correos y teléfonos -, traté de crear nuevas conexiones hablándole a todo el mundo de mi profesión, comencé un relato de ficción que es bastante absurdo pero que a mí me da risa, e investigué nuevas formas de turismo más económicas, en las que trabajas, por ejemplo, sembrando un campo a cambio de alojamiento y comida, y que, nunca está de más, me aportaría los conocimientos para ponerle un huerto, que no un piso, a mi madre en el pueblo y plantarle sus anheladas hierbas aromáticas a mi adorable y adorada amiga Claudia (nena, ya me he enterado, el truco es que tengan sombra para que no se quemen, cual polaca en Benidorm).

En ésas andaba, sembrando semillitas para que dieran sus frutos cuando, sin comerlo ni beberlo, se me abrió una de las puertas más estimulantes de mi vida; en el sentido literal, pues esas puertas existen físicamente y dan entrada a una de las fincas cafeteras más prestigiosas y antiguas de toda Colombia: La Finca La Victoria.

Allí nos dirigimos con la intención de que Diana estableciera nuevas alianzas con la gente de la región, para llevar cabo el proyecto social en el que está trabajando. Y allí conocimos a su director, Micky Weber, un señor de origen alemán cuyos padres emigraron a Colombia a mediados del siglo pasado y que, tras quince años de duro trabajo, lograron juntar el dinero suficiente para adquirir su finca de cafetales. Un señor que me fascinó desde el primer momento en que le escuché narrando de manera singularmente divertida y directa a unos turistas americanos la historia de su vida, con hits tales como cuando tuvo que lidiar con uno de los jefes paramilitares más temibles de la región, Jorge 40, y su vasto grupo de cincuenta pistoleros, que habían tomado, por las buenas, la propiedad de sus padres, que por aquel entonces ya descansaban en paz bajo las tierras que sembraron durante más de cincuenta años.

“Cuando llegué a la Finca desde México, ya sabiendo que estaban todos allí instalados, decidí que tenía que entrarles sin miedo, con diplomacia y tratando de aliviar tensiones, así que les dije: Hola, buenas noches, perdonen que no haya tenido la ocasión de darles mi más cordial bienvenida, pero es que como saben no me encontraba en casa. Pero se la doy ahora, que ya he llegado. Espero que hayan pasado unos agradables días en mi ausencia”. Un sarcasmo, aplastantemente chistoso por la situación en la que se encontraban, con el que consiguió que se rieran y romper el hielo que ayudó a que la negociación fuera favorable y abandonaran el lugar. Una historia absolutamente fascinante, que además tiene el enorme valor añadido de contar con un gran narrador como protagonista. “Tengo que entrevistarle, tengo que entrevistarle, tengo que entrevistarle”, era lo único que pensaba.

Una vez terminó la visita turística y despidió a los americanos, nos dio audiencia y me volví fan incondicional cuando le dijo a mi jefa, a los escasos dos minutos de estar hablando: “Vamos a ver, Diana, ¿tú qué has venido a buscar a La Victoria? Perdona que sea tan directo pero soy un tipo práctico”. Algo que todo el mundo debería hacer cuando es obvio que el que te reclama te quiere pedir o proponer algo; para ahorrar tiempo y evitar ese incómodo momento en el que hay que dejarse de anodinas conversaciones para sacar el verdadero tema a relucir.

¿El resultado de la visita? Nos ha caído un mecenas de cielo. Tras trazar un perfil psicológico, profesional y personal de las dos, a Diana le ha propuesto que se instale en La Victoria para ahorrarse el alquiler, estar más desahogada y así centrarse en su ONG. A mí, que participe en un vídeo que se va a realizar sobre el proceso del café ahora que va a empezar la cosecha. Como la producción de café sólo dura cuatro meses y el resto del año las máquinas están paradas, tiene la idea de hacer el vídeo mostrándolas en movimiento para que los turistas que vengan entre febrero y octubre se hagan una idea más clara del asunto. Con el objetivo de escribir un primer borrador del guión, me propuso que me quedara un par de noches en su casa, en la que vive con su esposa Claudia y cinco perros, para que conociera la Finca y empezara a trabajar. Acepté entusiasmada, porque creo que hay ofertas que no se pueden rechazar, aun teniendo serias dudas de que sea la persona más indicada para hacerlo. Desde luego, le pondré todo el empeño.

Los días que pasé allí no han podido ser mejores: la Finca es un paraíso absolutamente espectacular y del todo inabarcable. De las 800 hectáreas que tiene, sólo 200 están destinadas al café, el resto es puro monte, ríos y cascadas, que invitan a poner en práctica cualquier idea que se te pase por la cabeza. En ella viven unas veinte familias durante todo el año, una pequeña comunidad a lo Macondo que me parece también muy interesante y que tiene que tener unas historias para no dormir, pues todos ellos son gente de la región, que hace pocos años sufrió de primerísima mano la cruenta guerra entre paramilitares y guerrilleros. En el período de recolección de la pepa del café, se contrata y alberga durante tres meses a 200 trabajadores extra, que llegan de diferentes partes de Colombia, con el despliegue de medios que ello conlleva (contratación, organización, campamento, comidas…). Cuenta además con todas las facilidades del mundo moderno: internet por fibra óptica, agua pura que proviene del manantial del río y luz las 24 horas del día. Probablemente os parezca poca cosa, pero ninguna de estas tres comodidades se dan en Minca, el pueblo principal de la zona, seis kilómetros más abajo, donde la luz y el suministro de agua, no potable, desaparece cada dos por tres e internet es, la mayor parte del día, un sueño.

Pero lo más valioso de este edén son sin duda Micky y Claudia, dos de las personas más valientes, encantadoras y generosas que he conocido, y que me han tratado como a una hija, enseñándome cada rincón de su terreno, regalándome grandes conversaciones y risas, un cuarto de princesa a modo suite de hotel, deliciosa comida y el vino tinto por el que llevaba suspirando dos meses y que aquí te tienes que resistir a tomar porque está carísimo. “¿Te puedo ofrecer una copita de vino tinto?”, me dijo Claudia la primera noche. “Puedes. Y que sepas que te adoro por ello”, le contesté. Al día siguiente les propuse limpiar su coche, porque estaba sucio de andar por el monte y así retribuirles en algo. Micky me miró y me dijo: “Ay, me das ternura”. Por no decir pena, creo, como también creo que se la da mi jefa: dos chicas jóvenes dejadas de la mano de Dios, luchando por crearse una vida diferente. Una con sus ideales sociales, otra huyendo de la crisis europea.

De momento estamos en la fase de guión, porque la cosecha no empieza hasta dentro de unas semanas, que es cuando se empezará a grabar junto con un equipo que viene de Santa Marta. Tengo mucha ilusión, aunque también un enorme respeto, por la abierta confianza que me ha brindado. Cuando me asaltan las dudas, pienso en una frase que él mismo me ha dicho en varias ocasiones: “La vida es una gran aventura que hay que disfrutar, no hay que tenerle miedo. Si lo ves de esta manera es más divertida, y los golpes que te da son mucho más llevaderos”.

Os dejo un vídeo para que conozcáis La Victoria y a su estupendo propietario. Está hecho rapidito y con lo que tenía, ¿eh? Ay, como me salga así el suyo, estoy segura de que Micky me manda a España de una patada. No se anda con tonterías.

Cinco cosas inútiles que aprendí en Taganga

5 Oct

¡Ei! ¡Sorpresa! ¡Una nueva entrada de Taganga!

“Taganga, probando, Taganga, sí, yeah. Taganga, qué ganga, allí las tías van en tanga… ¡Mejor  leer este post escuchando un tema de Berlanga!  Y pensaréis: Vaya  tara, más rara, que tiene esta chavala… ¿por qué no deja, de una vez, de darnos la vara? Ay, man, yo soñara, que esto se acabara… psht, psht, bum, bum, psht, bum.

Sí, amigos, en Taganga he conocido raperos y le he metido un poco al temita. Creo, sin ni siquiera tratar de esbozar un triste amago de falsa humildad, que se me da bastante bien. Igual me hago rapera (vaya giro más loco, ¿eh papás?); todavía tengo que pensarlo un poco y encontrar una gorra tó guapa de esas que van patrás.

Pero, raps aparte, ni por un momento penséis que con este absurdo chascarrillo os habéis librado de un nuevo post de Taganga; voy a ello, con todo y a pesar de que, por las estadísticas del blog, deduzco que este puto pueblo no os interesa demasiado, o sois tan mamones que simplemente no os gusta que lo pase bien. ¡Mucho mejor lo de puta, ¿verdad?!

A la pregunta que me ha hecho mucha gente de: “¿qué cojones haces tanto tiempo allí?”, la respuesta es muy sencilla: tras hacer el vídeo, y al tratarse de un pueblo pequeño, conocí a todo el mundo y de repente fue casi como estar en casa, salvando las distancias y las espinacas a la crema de mi madre. Seguía siendo el paraíso del que me enamoré los primeros días, pero además, de golpe y porrazo, hice muchas amistades. En mi camino a la playa me paraba por lo menos unas quince veces a saludar y hablar con gente. Y cuando llevas tanto tiempo lejos de tu familia y amigos, se agradece pertenecer a algún sitio y tener personas con la que puedas contar.

Ése es uno de los motivos. Ése y que en realidad he estado trabajando: hablando y observando mucho. Poniendo en marcha un experimento sociológico, con el afán de enseñaros cosas interesantes de esta parte del charco. No, no es cierto. No he descubierto nada importante, sólo cosas superficiales y divertidas. ¡Como vosotros! ¿Qué más queréis? Eso sí, estas conclusiones están basadas en profundas y taimadas reflexiones que tuvieron lugar, creo, en el duro transcurso de las siguientes secuencias espaciotemporales: playa, zumo, birra, birra, bar, reguetón, hostal, resaca, playa, zumo, birra…

Mirad, mirad qué de cosas inútiles he aprendido:

1)         Los costeños, esas gorrinas playeras

Los costeños merecerían una entrada para ellos solitos, porque son, claramente, para echarles de comer aparte; pero vamos mejor a integrarla en ésta para no hacer el cuento muy largo.

Afirmo, sin temor a equivocarme, que en general van todos bastante salidos, no sé si por el clima o qué, pero así es, y lo divertido es que no lo ocultan en absoluto. Tienen un descaro tal, que te tienes que reír. Aun así, hay de todo, ¿eh? Vamos a establecer tres tipologías, probablemente falsas, pero que a mí me valen:

– El bonico: no hay muchos, cuesta encontrarlos, pero cuando lo haces, son los que más molan. Con ellos fue con los que mejor me llevé. Aquí van tres ejemplos de su buen hacer: uno de ellos es el que abre el vídeo de Taganga, es rapero y nos hizo una canción que grabamos con la idea de que empezara o cerrara el montaje; finalmente decidí quitarlo y tuve que pasar por ese mal trago de decirle a alguien que, ups, no sale. “Ei, pero abres el vídeo”, le dije. Se rió: “Chévere, chévere… es que el rap no salió muy bien, perdona”. “Noooo, no es eso, es que no quedaba bien en la totalidad del montaje”. A partir de aquí, se convirtió en uno de los buenos, siempre que me veía se me sentaba a hablar un rato largo, jugábamos al voleyball y a veces, en el transcurso de una conversación, se lanzaba a rapear, sin previo aviso, algo que me daba mucha risa.

Con otro bonico casi abro un negocio de pizzas, así de a tope voy: vegetarianas, hawaianas, y de jamón, queso, champiñón y cebolla. La idea era cocinarlas por la tarde noche y venderlas a la gente que salía de marcha, para saciar el hambre guarra que entra a las dos de la mañana. Como finalmente me fui, ahí se quedó la cosa. Pero no me cabe duda de que hubiese sido la mar de divertido, porque nos dábamos mucha risa todo el rato.

Un día le comenté a otro (minuto 3.14 del vídeo) que tenía que hacer más deporte, se levantó como un resorte y me dijo: “Vamos, tía, pues vamos a nadar”. Allí en Taganga nadan que se las pelan, porque el mar es como una piscina, les gusta hacer deporte y es de los más completos. Así que allá que nos fuimos, a nadar lejísimos y el bonico estaba en todo momento preocupándose de ir a mi ritmo y que no me ahogara.

Ninguna de estas tres situaciones se habría dado con…

– El gigoló de playa: esta tipología, a pesar de no ser mi preferida, reconozco que es la que más me fascina. Al principio me caían mal, pero al final terminaron dándome mucha ternura, básicamente porque les llevo diez años, son unos críos y en lo más profundo de mi corazón quería adoptarles y pagarles una carrera. O un modo de vida un poco serio. Os propongo un juego: encontradles en el vídeo, no es muy difícil.

Son chicos de Taganga que no trabajan y se pasan el día haciendo deporte y dejándose ver en la playa. Es muy gracioso porque para ellos la playa es claramente una pasarela: nada, absolutamente nada en su andar o en su vestimenta es accidental cuando se la pasean de arriba abajo. Por las noches están en el bar del pueblo, intentando ligarse a turistas que les paguen algo. Poca cosa: una comida, un zumo, una excursión al Tayrona o un visado internacional. Birras no, porque engordan: ¿Flipáis tanto como yo? No beben por no engordar. Hasta ese punto se cuidan.

El caso es que conocí a unos cuantos en estas tres semanas, y con el tiempo decidí que todos ellos eran bonicos en el fondo, sin por supuesto poder pasar a formar parte de la primera tipología. Bonicos a su manera. No se llegaba a entender muy bien quién se aprovechaba más de quién: si las turistas de ellos, o ellos de las turistas. En los casos que vi, ambas partes parecían estar bastante conformes.

Claramente no les gusta estudiar y se dedican a su cuerpo todo el rato. Uno de los más majos un día me comentó lo que sigue: “Las turistas vienen aquí, hacen con nosotros lo que quieren y luego se van. Que no tengo queja, ¿eh? Pero ellas tampoco pueden tenerla: siempre las trato como reinas. Les doy todo mi amor, mi cariño, plata no que no tengo, pero les doy todos mis servicios… Y luego las acompaño al hostal. A todas, ¿eh?”.

Su mayor sueño es ir a Europa, como El Tiburón, una leyenda en Taganga, al parecer uno de los chicos más guapos y el mejor nadador, que ahora está en Alemania. “¿Tú al Tiburón no le conociste, ¿no? Uuuuuy, el Tiburón es mucho Tiburón. Allá estará, en Alemania, surcando aguas internacionales y poniéndose ciego a blondies”.

¿Cómo no cogerles cariño?

– El descarado: Este tipo se encuentra a medio camino entre el bonico y el gigoló, aunque tira más a gigoló, con la salvedad de que tiene un trabajo normal y no se dedica exclusivamente a la caza y pesca de turistas.

Una de las cosas que más me ha flipado de la costa es el descaro y la sinceridad de sus habitantes, que no da pie a juegos ni a conquistas. Todo es muchísimo más sencillo: “¿Lo quieres? Lo tienes, nena”. A pesar de que a mí me corta todo el rollo, porque creo firmemente en el cortejo, he de reconocer que ese desparpajo con el que claramente muestran sus intenciones me ha hecho dar alguna de las carcajadas más sonoras de mi vida. Un par de ejemplos de este tipo:

–          Oye, tú no estás con nadie del pueblo, ¿no?

–          No

–          Es que como siempre te veo con gente…

–          Ya, sí, es que he hecho muchos amigos.

–          Aaaah… bacano, bacano ( = guay). Para mí, digo. Muy bacano

–          ¿Cómo?

–          ¿Y cuándo te marchas?

–          Pues creo que mañana, tío

–          Ay, no, vete pasado mañana y así nos conocemos un poco mejor.

Chúpate esa. No “quédate una semana”, no “quédate para siempre”. NO. Quédate un puto día. Me hizo mucha risa, la verdad.

O:

–          Te he compuesto una canción. Se llama: “A mí me gusta la valenciana”.

FIN de la conquista.

Por supuesto, la primera regla cuando entras en territorio costeño es no creerte nada de lo que te dicen y tener claro que lo mismo que te sueltan a ti se lo dicen a todas. Una gráfica situación de esto es el ejemplo que sigue, del que me declaro superfan: un día me hice un raspón en la rodilla jugando al volleyball, y uno de los chicos que habría catalogado como “bonicos” me dijo que me diera aloe vera. “Vente, que ahí hay una planta”. Fuimos, la cortó con las manos y me restregó con sumo cuidado su savia sanadora por la rodilla. Me pareció bastante caballeroso y hasta puede que un poco sensual, como muy primitivo, muy El lago azul, tomando directamente de la tierra lo que necesitas en cada momento. Ahí quedó la cosa, hasta que a los dos días vi cómo le estaba restregando la planta a otra tía por la cara. No pude evitar descojonarme: desde aquí me quito el sombrero por su truquito. Don Aloes, ¿sabes? La técnica más finita de toda Taganga.

2) Vamos, nena, sal a bailar, que tú lo haces fenomenal.

A diferencia de Europa, en Colombia la gente sale a bailar. A bailar, que no a beber. Qué loco, ¿eh? Vamos, que también beben, pero sin ponerle tanto empeño como nosotros. Aquí se sale a demostrar los pasitos on the dance floor, a seducir con el traqueteo de las caderas. Como me dijo en señor en Villa de Leyva, en Colombia el baile forma parte de la seducción. Si no te gustas bailando, hay poco que hacer. He visto cosas que no creeríais: he visto a gente SIN PIÑOS, por poner un ejemplo real a la par que contundente y desgarrador, pillando a manos llenas por saber cómo menearse.

Bailar, además, funciona como deporte, por lo que tiene sus ventajas, una de las cuales descubrí con inesperado agrado la mañana siguiente de darlo todo en la pista: si bailas mucho, pongamos que hasta el punto de sudar, no tienes resaca.

Ya sabéis, fiesteretes, menos receta mágica de gelocata/ibruprofeno y litro de agua antes de irse a dormir, y a bailar.

3) El reguetón mola.

A los que seguís leyendo tras esta arriesgada afirmación, gracias.

Sé que muchos os escudaréis en que mi gusto musical deja bastante que desear, pero creo que este dato, circunstancial y totalmente ajeno al tema que nos atañe, no debería restar fuerza a mi opinión, que seguiré defendiendo hasta la muerte. Porque lo cierto es que tiene su rollo. Vamos a ver si nos entendemos, que por lo que veo tras mis estados de Facebook, este tema es bastante controvertido: es el mismo rollo que tenía bailar Comerranas en las fiestas estivales del pueblo. O Chiquilla. O Qué pena me da que se me ha muerto el canario – este último ejemplo está muy muy en el límite, lo sé.  Pero vamos, que tiene su aquél.

Por tanto, y tras el aplastante argumento de Comerranas, coincidamos en que tiene un algo, y hablemos del contexto adecuado en el que hay que escucharlo. ¿Y cuál es? Preferiblemente con amigos, con vistas a la playa, mientras un grupo de negros revolotea a tu alrededor, con sus torsos desnudos y al viento, intentando conquistar a turistas rubias.

Por si esta estampa os sabe a poco y sigo sin terminar de convenceros, añadir que lo bueno del reguetón es que, al contrario que la salsa, se puede bailar como te salga de las narices. En mi caso, haciendo el subnormal.  ¿Es o no es un contexto gracioso?

4) Grandes inventos de la humanidad: la rueda, el Facebook, la HAMACA.

Las hamacas son una maravilla. Todo el mundo debería tener una.

Un buen día, algo abrumada por el momento pueblo y no poder terminar tranquila el libro al que estaba enganchada, decidí irme un par de días al Parque Tayrona, una cosa natural muy bonita y preciosa, y dormir en una hamaca para ahorrar un poco. Uy, amigos, ¡qué inventazo! ¡Qué de tiempo y dinero desperdiciado en camas! Recuerdo haberme despertado a las cinco de la mañana para ir al baño y pensar, angustiada: “¡Nooo! Que no se haga de día jamás. Dormiría en este trozo de tela toda la vida”.

Las cosas se ven de otra manera en una hamaca: La película Monster es una obra maestra si la ves repantingada en una hamaca. El calentamiento global es menos grave con el culo plantado en una hamaca. ¿La II Guerra Mundial? ¡Tonterías!

5) En el caribe, sin shorts no eres nada:

El short es una prenda a la que le he tenido pánico todos los veranos. Siempre había uno en mi armario, y ahí se quedaba, atildadamente aburrido, tratando de mostrar su mejor cara con el objetivo de seducirme algún día, mientras pasaba las tenaces horas de sol sudando entre ese pantalón en el que ya no entraré jamás y aquella camiseta que un día encogió en la lavadora; sueña con ver mundo, mientras observa inmóvil cómo los vestidos y las discretas faldas entran y salen a destajo, orgullosas, y encima oliendo a limpio de lavadora en todo momento.

Vamos, que no había valor suficiente de enseñar patorra en la Plaza del Dos de Mayo. No lo había. No obstante, en un alarde de seguridad, decidí meterlos en la mochila y resultó ser una gran decisión, porque en el Caribe no te aceptan del todo hasta que no te plantas un short y una camiseta de tirantes. Y les doy la razón, porque ha resultado ser una prenda muy fresquita, liberadora y cómoda: es un “aquí estoy yo y mi celulitis, ¿algún problema?” Y, además, para quien tenga ganas de marcha, el efecto es impresionate. De pasar desapercibida a: “¡Uy, mamasita! La primera vez que te veo en shorts”. Esta frase es real, os lo juro.

Amigas que soñáis con pillar en el Caribe, ya sabéis qué meter en la maleta.

Y ya está, por más vueltas que le doy, no hay más cosas inútiles que haya aprendido en este tiempo. Pero aun así no me negaréis que es bastante impresionante: tres semanas, cinco cosas inútiles. ¡A esto le llamo aprovechar el tiempo! ¡Carpe diem, amigos! ¡Qué capacidad de observación y reflexión!

Venga va, ahora un poquito en serio, no he querido hacer una entrada dramas porque prefiero sacarle el chiste y además no le interesaría a nadie, pero os confieso que irme de Taganga ha sido lo más difícil que he hecho en todo el viaje: era como estar en El Rasillo, el pueblo donde veraneo, pero encima con playa; y lo más importante cuando se está de viaje, he conocido a un montón de gente la mar de maja: Claudia, Guillermo, Javier, Alex o Franz… Gente que no sé si volveré a ver algún día. Además, he leído, descansado (viajar agota, en serio) y me he reído muchísimo. Con la gente del pueblo había de todo: puro mamoneo, divertidísimo por otro lado, y amigos de verdad, que cuando les dije que me iba definitivamente me soltaron, y sé que de manera sincera: “Sabes que cuando vuelvas a Taganga te estaremos esperando con los brazos abiertos”.

Pues no es mal lugar para jubilarse, oiga.

Sólo espero que no tenga que pasar tanto tiempo.