Cinco cosas inútiles que aprendí en Taganga

5 Oct

¡Ei! ¡Sorpresa! ¡Una nueva entrada de Taganga!

“Taganga, probando, Taganga, sí, yeah. Taganga, qué ganga, allí las tías van en tanga… ¡Mejor  leer este post escuchando un tema de Berlanga!  Y pensaréis: Vaya  tara, más rara, que tiene esta chavala… ¿por qué no deja, de una vez, de darnos la vara? Ay, man, yo soñara, que esto se acabara… psht, psht, bum, bum, psht, bum.

Sí, amigos, en Taganga he conocido raperos y le he metido un poco al temita. Creo, sin ni siquiera tratar de esbozar un triste amago de falsa humildad, que se me da bastante bien. Igual me hago rapera (vaya giro más loco, ¿eh papás?); todavía tengo que pensarlo un poco y encontrar una gorra tó guapa de esas que van patrás.

Pero, raps aparte, ni por un momento penséis que con este absurdo chascarrillo os habéis librado de un nuevo post de Taganga; voy a ello, con todo y a pesar de que, por las estadísticas del blog, deduzco que este puto pueblo no os interesa demasiado, o sois tan mamones que simplemente no os gusta que lo pase bien. ¡Mucho mejor lo de puta, ¿verdad?!

A la pregunta que me ha hecho mucha gente de: “¿qué cojones haces tanto tiempo allí?”, la respuesta es muy sencilla: tras hacer el vídeo, y al tratarse de un pueblo pequeño, conocí a todo el mundo y de repente fue casi como estar en casa, salvando las distancias y las espinacas a la crema de mi madre. Seguía siendo el paraíso del que me enamoré los primeros días, pero además, de golpe y porrazo, hice muchas amistades. En mi camino a la playa me paraba por lo menos unas quince veces a saludar y hablar con gente. Y cuando llevas tanto tiempo lejos de tu familia y amigos, se agradece pertenecer a algún sitio y tener personas con la que puedas contar.

Ése es uno de los motivos. Ése y que en realidad he estado trabajando: hablando y observando mucho. Poniendo en marcha un experimento sociológico, con el afán de enseñaros cosas interesantes de esta parte del charco. No, no es cierto. No he descubierto nada importante, sólo cosas superficiales y divertidas. ¡Como vosotros! ¿Qué más queréis? Eso sí, estas conclusiones están basadas en profundas y taimadas reflexiones que tuvieron lugar, creo, en el duro transcurso de las siguientes secuencias espaciotemporales: playa, zumo, birra, birra, bar, reguetón, hostal, resaca, playa, zumo, birra…

Mirad, mirad qué de cosas inútiles he aprendido:

1)         Los costeños, esas gorrinas playeras

Los costeños merecerían una entrada para ellos solitos, porque son, claramente, para echarles de comer aparte; pero vamos mejor a integrarla en ésta para no hacer el cuento muy largo.

Afirmo, sin temor a equivocarme, que en general van todos bastante salidos, no sé si por el clima o qué, pero así es, y lo divertido es que no lo ocultan en absoluto. Tienen un descaro tal, que te tienes que reír. Aun así, hay de todo, ¿eh? Vamos a establecer tres tipologías, probablemente falsas, pero que a mí me valen:

– El bonico: no hay muchos, cuesta encontrarlos, pero cuando lo haces, son los que más molan. Con ellos fue con los que mejor me llevé. Aquí van tres ejemplos de su buen hacer: uno de ellos es el que abre el vídeo de Taganga, es rapero y nos hizo una canción que grabamos con la idea de que empezara o cerrara el montaje; finalmente decidí quitarlo y tuve que pasar por ese mal trago de decirle a alguien que, ups, no sale. “Ei, pero abres el vídeo”, le dije. Se rió: “Chévere, chévere… es que el rap no salió muy bien, perdona”. “Noooo, no es eso, es que no quedaba bien en la totalidad del montaje”. A partir de aquí, se convirtió en uno de los buenos, siempre que me veía se me sentaba a hablar un rato largo, jugábamos al voleyball y a veces, en el transcurso de una conversación, se lanzaba a rapear, sin previo aviso, algo que me daba mucha risa.

Con otro bonico casi abro un negocio de pizzas, así de a tope voy: vegetarianas, hawaianas, y de jamón, queso, champiñón y cebolla. La idea era cocinarlas por la tarde noche y venderlas a la gente que salía de marcha, para saciar el hambre guarra que entra a las dos de la mañana. Como finalmente me fui, ahí se quedó la cosa. Pero no me cabe duda de que hubiese sido la mar de divertido, porque nos dábamos mucha risa todo el rato.

Un día le comenté a otro (minuto 3.14 del vídeo) que tenía que hacer más deporte, se levantó como un resorte y me dijo: “Vamos, tía, pues vamos a nadar”. Allí en Taganga nadan que se las pelan, porque el mar es como una piscina, les gusta hacer deporte y es de los más completos. Así que allá que nos fuimos, a nadar lejísimos y el bonico estaba en todo momento preocupándose de ir a mi ritmo y que no me ahogara.

Ninguna de estas tres situaciones se habría dado con…

– El gigoló de playa: esta tipología, a pesar de no ser mi preferida, reconozco que es la que más me fascina. Al principio me caían mal, pero al final terminaron dándome mucha ternura, básicamente porque les llevo diez años, son unos críos y en lo más profundo de mi corazón quería adoptarles y pagarles una carrera. O un modo de vida un poco serio. Os propongo un juego: encontradles en el vídeo, no es muy difícil.

Son chicos de Taganga que no trabajan y se pasan el día haciendo deporte y dejándose ver en la playa. Es muy gracioso porque para ellos la playa es claramente una pasarela: nada, absolutamente nada en su andar o en su vestimenta es accidental cuando se la pasean de arriba abajo. Por las noches están en el bar del pueblo, intentando ligarse a turistas que les paguen algo. Poca cosa: una comida, un zumo, una excursión al Tayrona o un visado internacional. Birras no, porque engordan: ¿Flipáis tanto como yo? No beben por no engordar. Hasta ese punto se cuidan.

El caso es que conocí a unos cuantos en estas tres semanas, y con el tiempo decidí que todos ellos eran bonicos en el fondo, sin por supuesto poder pasar a formar parte de la primera tipología. Bonicos a su manera. No se llegaba a entender muy bien quién se aprovechaba más de quién: si las turistas de ellos, o ellos de las turistas. En los casos que vi, ambas partes parecían estar bastante conformes.

Claramente no les gusta estudiar y se dedican a su cuerpo todo el rato. Uno de los más majos un día me comentó lo que sigue: “Las turistas vienen aquí, hacen con nosotros lo que quieren y luego se van. Que no tengo queja, ¿eh? Pero ellas tampoco pueden tenerla: siempre las trato como reinas. Les doy todo mi amor, mi cariño, plata no que no tengo, pero les doy todos mis servicios… Y luego las acompaño al hostal. A todas, ¿eh?”.

Su mayor sueño es ir a Europa, como El Tiburón, una leyenda en Taganga, al parecer uno de los chicos más guapos y el mejor nadador, que ahora está en Alemania. “¿Tú al Tiburón no le conociste, ¿no? Uuuuuy, el Tiburón es mucho Tiburón. Allá estará, en Alemania, surcando aguas internacionales y poniéndose ciego a blondies”.

¿Cómo no cogerles cariño?

– El descarado: Este tipo se encuentra a medio camino entre el bonico y el gigoló, aunque tira más a gigoló, con la salvedad de que tiene un trabajo normal y no se dedica exclusivamente a la caza y pesca de turistas.

Una de las cosas que más me ha flipado de la costa es el descaro y la sinceridad de sus habitantes, que no da pie a juegos ni a conquistas. Todo es muchísimo más sencillo: “¿Lo quieres? Lo tienes, nena”. A pesar de que a mí me corta todo el rollo, porque creo firmemente en el cortejo, he de reconocer que ese desparpajo con el que claramente muestran sus intenciones me ha hecho dar alguna de las carcajadas más sonoras de mi vida. Un par de ejemplos de este tipo:

–          Oye, tú no estás con nadie del pueblo, ¿no?

–          No

–          Es que como siempre te veo con gente…

–          Ya, sí, es que he hecho muchos amigos.

–          Aaaah… bacano, bacano ( = guay). Para mí, digo. Muy bacano

–          ¿Cómo?

–          ¿Y cuándo te marchas?

–          Pues creo que mañana, tío

–          Ay, no, vete pasado mañana y así nos conocemos un poco mejor.

Chúpate esa. No “quédate una semana”, no “quédate para siempre”. NO. Quédate un puto día. Me hizo mucha risa, la verdad.

O:

–          Te he compuesto una canción. Se llama: “A mí me gusta la valenciana”.

FIN de la conquista.

Por supuesto, la primera regla cuando entras en territorio costeño es no creerte nada de lo que te dicen y tener claro que lo mismo que te sueltan a ti se lo dicen a todas. Una gráfica situación de esto es el ejemplo que sigue, del que me declaro superfan: un día me hice un raspón en la rodilla jugando al volleyball, y uno de los chicos que habría catalogado como “bonicos” me dijo que me diera aloe vera. “Vente, que ahí hay una planta”. Fuimos, la cortó con las manos y me restregó con sumo cuidado su savia sanadora por la rodilla. Me pareció bastante caballeroso y hasta puede que un poco sensual, como muy primitivo, muy El lago azul, tomando directamente de la tierra lo que necesitas en cada momento. Ahí quedó la cosa, hasta que a los dos días vi cómo le estaba restregando la planta a otra tía por la cara. No pude evitar descojonarme: desde aquí me quito el sombrero por su truquito. Don Aloes, ¿sabes? La técnica más finita de toda Taganga.

2) Vamos, nena, sal a bailar, que tú lo haces fenomenal.

A diferencia de Europa, en Colombia la gente sale a bailar. A bailar, que no a beber. Qué loco, ¿eh? Vamos, que también beben, pero sin ponerle tanto empeño como nosotros. Aquí se sale a demostrar los pasitos on the dance floor, a seducir con el traqueteo de las caderas. Como me dijo en señor en Villa de Leyva, en Colombia el baile forma parte de la seducción. Si no te gustas bailando, hay poco que hacer. He visto cosas que no creeríais: he visto a gente SIN PIÑOS, por poner un ejemplo real a la par que contundente y desgarrador, pillando a manos llenas por saber cómo menearse.

Bailar, además, funciona como deporte, por lo que tiene sus ventajas, una de las cuales descubrí con inesperado agrado la mañana siguiente de darlo todo en la pista: si bailas mucho, pongamos que hasta el punto de sudar, no tienes resaca.

Ya sabéis, fiesteretes, menos receta mágica de gelocata/ibruprofeno y litro de agua antes de irse a dormir, y a bailar.

3) El reguetón mola.

A los que seguís leyendo tras esta arriesgada afirmación, gracias.

Sé que muchos os escudaréis en que mi gusto musical deja bastante que desear, pero creo que este dato, circunstancial y totalmente ajeno al tema que nos atañe, no debería restar fuerza a mi opinión, que seguiré defendiendo hasta la muerte. Porque lo cierto es que tiene su rollo. Vamos a ver si nos entendemos, que por lo que veo tras mis estados de Facebook, este tema es bastante controvertido: es el mismo rollo que tenía bailar Comerranas en las fiestas estivales del pueblo. O Chiquilla. O Qué pena me da que se me ha muerto el canario – este último ejemplo está muy muy en el límite, lo sé.  Pero vamos, que tiene su aquél.

Por tanto, y tras el aplastante argumento de Comerranas, coincidamos en que tiene un algo, y hablemos del contexto adecuado en el que hay que escucharlo. ¿Y cuál es? Preferiblemente con amigos, con vistas a la playa, mientras un grupo de negros revolotea a tu alrededor, con sus torsos desnudos y al viento, intentando conquistar a turistas rubias.

Por si esta estampa os sabe a poco y sigo sin terminar de convenceros, añadir que lo bueno del reguetón es que, al contrario que la salsa, se puede bailar como te salga de las narices. En mi caso, haciendo el subnormal.  ¿Es o no es un contexto gracioso?

4) Grandes inventos de la humanidad: la rueda, el Facebook, la HAMACA.

Las hamacas son una maravilla. Todo el mundo debería tener una.

Un buen día, algo abrumada por el momento pueblo y no poder terminar tranquila el libro al que estaba enganchada, decidí irme un par de días al Parque Tayrona, una cosa natural muy bonita y preciosa, y dormir en una hamaca para ahorrar un poco. Uy, amigos, ¡qué inventazo! ¡Qué de tiempo y dinero desperdiciado en camas! Recuerdo haberme despertado a las cinco de la mañana para ir al baño y pensar, angustiada: “¡Nooo! Que no se haga de día jamás. Dormiría en este trozo de tela toda la vida”.

Las cosas se ven de otra manera en una hamaca: La película Monster es una obra maestra si la ves repantingada en una hamaca. El calentamiento global es menos grave con el culo plantado en una hamaca. ¿La II Guerra Mundial? ¡Tonterías!

5) En el caribe, sin shorts no eres nada:

El short es una prenda a la que le he tenido pánico todos los veranos. Siempre había uno en mi armario, y ahí se quedaba, atildadamente aburrido, tratando de mostrar su mejor cara con el objetivo de seducirme algún día, mientras pasaba las tenaces horas de sol sudando entre ese pantalón en el que ya no entraré jamás y aquella camiseta que un día encogió en la lavadora; sueña con ver mundo, mientras observa inmóvil cómo los vestidos y las discretas faldas entran y salen a destajo, orgullosas, y encima oliendo a limpio de lavadora en todo momento.

Vamos, que no había valor suficiente de enseñar patorra en la Plaza del Dos de Mayo. No lo había. No obstante, en un alarde de seguridad, decidí meterlos en la mochila y resultó ser una gran decisión, porque en el Caribe no te aceptan del todo hasta que no te plantas un short y una camiseta de tirantes. Y les doy la razón, porque ha resultado ser una prenda muy fresquita, liberadora y cómoda: es un “aquí estoy yo y mi celulitis, ¿algún problema?” Y, además, para quien tenga ganas de marcha, el efecto es impresionate. De pasar desapercibida a: “¡Uy, mamasita! La primera vez que te veo en shorts”. Esta frase es real, os lo juro.

Amigas que soñáis con pillar en el Caribe, ya sabéis qué meter en la maleta.

Y ya está, por más vueltas que le doy, no hay más cosas inútiles que haya aprendido en este tiempo. Pero aun así no me negaréis que es bastante impresionante: tres semanas, cinco cosas inútiles. ¡A esto le llamo aprovechar el tiempo! ¡Carpe diem, amigos! ¡Qué capacidad de observación y reflexión!

Venga va, ahora un poquito en serio, no he querido hacer una entrada dramas porque prefiero sacarle el chiste y además no le interesaría a nadie, pero os confieso que irme de Taganga ha sido lo más difícil que he hecho en todo el viaje: era como estar en El Rasillo, el pueblo donde veraneo, pero encima con playa; y lo más importante cuando se está de viaje, he conocido a un montón de gente la mar de maja: Claudia, Guillermo, Javier, Alex o Franz… Gente que no sé si volveré a ver algún día. Además, he leído, descansado (viajar agota, en serio) y me he reído muchísimo. Con la gente del pueblo había de todo: puro mamoneo, divertidísimo por otro lado, y amigos de verdad, que cuando les dije que me iba definitivamente me soltaron, y sé que de manera sincera: “Sabes que cuando vuelvas a Taganga te estaremos esperando con los brazos abiertos”.

Pues no es mal lugar para jubilarse, oiga.

Sólo espero que no tenga que pasar tanto tiempo.

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7 comentarios to “Cinco cosas inútiles que aprendí en Taganga”

  1. Regina 05/10/2012 a 6:18 pm #

    me parto con “el aloes”!!!!!

  2. Cris Rasillo 05/10/2012 a 9:11 pm #

    Me tienes impresionada, Arti, jamás pensé que fueras capaz de salir de Taganga!!!! ¿Qué rumbo tomas ahora? Un besazo

    • diariosdemamarracha 08/10/2012 a 9:48 pm #

      Estoy en Minca, un sitio muy bonito y precioso en la sierra colaborando con una ONG. Está en las montañas y llueve todo el rato, pero mola mucho.

  3. Miguelin 06/10/2012 a 11:17 am #

    Joder Arti party, soy tan jodidamente fan de tu blog…
    Un abrazo guapa.

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