Seriedad, hombre ya

18 Oct

Tras mis tres entradas de Taganga y exprimir ese pueblo hasta niveles indecentes, he decidido, en un arrebato de inusitada responsabilidad, cambiar el enfoque de mi viaje: darle un nuevo y emprendedor impulso que, por otro lado y de manera ciertamente contradictoria, fue en su momento el sentido primigenio del mismo, y también el argumento con el que logré convencer a mis padres para que no me odiaran demasiado por iniciar esta aventura a la que me lancé el pasado 20 de mayo.

Sí, amigos, voy a volverme más productiva. Voy a focalizar toda la energía con la que he venido haciendo turismo, amigos y enemigos, en algo más tangible: buscar algo de lo mío, hacer contactos y así propiciar, con el optimismo y ganas con las que vengo viajando, resultados. Esto no quita seguir visitando, pero de manera secundaria y accesoria, sin descuidar en ningún momento lo anterior, sobre todo viendo cómo están las cosas en mi querido país de origen.

Taganga resultó ser, pues, el final de unas vacaciones; unas vacaciones que por un lado considero bastante merecidas, pero que, por otro, ya venían durando el asqueroso y dilatado tiempo de cuatro meses y medio. Y no es que me haya cansado de estar de paseo, porque creo que eso no me ocurriría jamás, pero la conciencia empieza a pesar y el dinero a bajar, y una se da cuenta de que ya es suficiente, y de que si usara de otro modo su fuente de energía, como salerosamente entonan los hermanos Muñoz, podría crear nuevos e ilusionantes caminos, y por supuesto más proactivos y lucrativos que permaneciendo en los sitios simplemente lo justo. En México me ocurrió exactamente eso: cuando empecé a conocer a gente del sector, cambié de país, huyendo de las redes de… venga va, ya basta de esta broma.

La idea del cambio fue tomando forma cuando decidí empezar a colaborar con ONG’s, para así viajar aportando el manido granito de arena y conocer la cultura colombiana de otra manera; acto no del todo desinteresado, porque la idea era que estas nuevas experiencias me aportaran el material necesario, más difícil de encontrar en hostales, con el que grabar algún breve documental, que es algo que quiero hacer desde hace tiempo. Con este propósito me vine a Minca, un precioso pueblito en la inescrutable Sierra Nevada de Santa Marta, a tan sólo 16 kilómetros en línea recta del Mar Caribe: un espectáculo para los sentidos que te invita a disfrutar, abrigo en mano, de la vista del océano desde la tupida y arbolada montaña. La misma vista que debieron observar, aterrados, los indígenas Tayrona que poblaban esta región cuando vieron que los barcos españoles atracaban en el Puerto de Santa Marta, la ciudad que queda a los pies de su falda.

Vista de Santa Marta desde la sierra

En Minca este cambio se hizo palpable al instante; concretamente la primera noche que pasé aquí, en una preciosa casa, plantada como un árbol más en las montañas, en la que dormía plácidamente en una cama en el porche, tras pillar el sueño al son de los ruidos que hacían los grillos y demás animales de la zona.

La playa y el reguetón se esfumaron de repente, sin dolor, alentados por estas ganas de cambio, que creo, de manera todavía inconsciente, deseaba.

A las seis de la mañana empezaba la jornada y el primer día Diana, la directora de la ONG, me invitó a hacer yoga con ella, no sin antes tomarnos un vasito de aloe vera con limón en ayunas. Cualquiera que me conozca un poco, podrá visualizar la cara de espanto que una proposición semejante debería haber pintado instantáneamente en mi jeta, pero el caso es que, de manera sorpresiva, mi cuerpo no convulsionó ante la idea, como seguramente habría ocurrido en mis primeros meses en México. “¿Yoga, aloe y limón? ¿Qué me quieres, MATAR?”

Al pasar sólo una semana en la ONG, mis tareas se basaban básicamente en apoyar de manera administrativa a Diana, que necesitaba esa ayuda como el aire que respiraba. Y para mí también estuvo bien, porque este nuevo y tranquilo modo de vida, a lo Heidy en las montañas, ayudó a limpiar mi zarandeada conciencia tras las más que alivianadas vacaciones y me dio tiempo para esbozar de una manera más clara cómo iba a llevar a cabo el cambio. The change.

Con energías renovadas, escribí a los pocos contactos colombianos que había hecho hasta la fecha, casi siempre de manera alcoholizada – estado que por otro lado no ayudaba en absoluto a relacionar nombres, caras, correos y teléfonos -, traté de crear nuevas conexiones hablándole a todo el mundo de mi profesión, comencé un relato de ficción que es bastante absurdo pero que a mí me da risa, e investigué nuevas formas de turismo más económicas, en las que trabajas, por ejemplo, sembrando un campo a cambio de alojamiento y comida, y que, nunca está de más, me aportaría los conocimientos para ponerle un huerto, que no un piso, a mi madre en el pueblo y plantarle sus anheladas hierbas aromáticas a mi adorable y adorada amiga Claudia (nena, ya me he enterado, el truco es que tengan sombra para que no se quemen, cual polaca en Benidorm).

En ésas andaba, sembrando semillitas para que dieran sus frutos cuando, sin comerlo ni beberlo, se me abrió una de las puertas más estimulantes de mi vida; en el sentido literal, pues esas puertas existen físicamente y dan entrada a una de las fincas cafeteras más prestigiosas y antiguas de toda Colombia: La Finca La Victoria.

Allí nos dirigimos con la intención de que Diana estableciera nuevas alianzas con la gente de la región, para llevar cabo el proyecto social en el que está trabajando. Y allí conocimos a su director, Micky Weber, un señor de origen alemán cuyos padres emigraron a Colombia a mediados del siglo pasado y que, tras quince años de duro trabajo, lograron juntar el dinero suficiente para adquirir su finca de cafetales. Un señor que me fascinó desde el primer momento en que le escuché narrando de manera singularmente divertida y directa a unos turistas americanos la historia de su vida, con hits tales como cuando tuvo que lidiar con uno de los jefes paramilitares más temibles de la región, Jorge 40, y su vasto grupo de cincuenta pistoleros, que habían tomado, por las buenas, la propiedad de sus padres, que por aquel entonces ya descansaban en paz bajo las tierras que sembraron durante más de cincuenta años.

“Cuando llegué a la Finca desde México, ya sabiendo que estaban todos allí instalados, decidí que tenía que entrarles sin miedo, con diplomacia y tratando de aliviar tensiones, así que les dije: Hola, buenas noches, perdonen que no haya tenido la ocasión de darles mi más cordial bienvenida, pero es que como saben no me encontraba en casa. Pero se la doy ahora, que ya he llegado. Espero que hayan pasado unos agradables días en mi ausencia”. Un sarcasmo, aplastantemente chistoso por la situación en la que se encontraban, con el que consiguió que se rieran y romper el hielo que ayudó a que la negociación fuera favorable y abandonaran el lugar. Una historia absolutamente fascinante, que además tiene el enorme valor añadido de contar con un gran narrador como protagonista. “Tengo que entrevistarle, tengo que entrevistarle, tengo que entrevistarle”, era lo único que pensaba.

Una vez terminó la visita turística y despidió a los americanos, nos dio audiencia y me volví fan incondicional cuando le dijo a mi jefa, a los escasos dos minutos de estar hablando: “Vamos a ver, Diana, ¿tú qué has venido a buscar a La Victoria? Perdona que sea tan directo pero soy un tipo práctico”. Algo que todo el mundo debería hacer cuando es obvio que el que te reclama te quiere pedir o proponer algo; para ahorrar tiempo y evitar ese incómodo momento en el que hay que dejarse de anodinas conversaciones para sacar el verdadero tema a relucir.

¿El resultado de la visita? Nos ha caído un mecenas de cielo. Tras trazar un perfil psicológico, profesional y personal de las dos, a Diana le ha propuesto que se instale en La Victoria para ahorrarse el alquiler, estar más desahogada y así centrarse en su ONG. A mí, que participe en un vídeo que se va a realizar sobre el proceso del café ahora que va a empezar la cosecha. Como la producción de café sólo dura cuatro meses y el resto del año las máquinas están paradas, tiene la idea de hacer el vídeo mostrándolas en movimiento para que los turistas que vengan entre febrero y octubre se hagan una idea más clara del asunto. Con el objetivo de escribir un primer borrador del guión, me propuso que me quedara un par de noches en su casa, en la que vive con su esposa Claudia y cinco perros, para que conociera la Finca y empezara a trabajar. Acepté entusiasmada, porque creo que hay ofertas que no se pueden rechazar, aun teniendo serias dudas de que sea la persona más indicada para hacerlo. Desde luego, le pondré todo el empeño.

Los días que pasé allí no han podido ser mejores: la Finca es un paraíso absolutamente espectacular y del todo inabarcable. De las 800 hectáreas que tiene, sólo 200 están destinadas al café, el resto es puro monte, ríos y cascadas, que invitan a poner en práctica cualquier idea que se te pase por la cabeza. En ella viven unas veinte familias durante todo el año, una pequeña comunidad a lo Macondo que me parece también muy interesante y que tiene que tener unas historias para no dormir, pues todos ellos son gente de la región, que hace pocos años sufrió de primerísima mano la cruenta guerra entre paramilitares y guerrilleros. En el período de recolección de la pepa del café, se contrata y alberga durante tres meses a 200 trabajadores extra, que llegan de diferentes partes de Colombia, con el despliegue de medios que ello conlleva (contratación, organización, campamento, comidas…). Cuenta además con todas las facilidades del mundo moderno: internet por fibra óptica, agua pura que proviene del manantial del río y luz las 24 horas del día. Probablemente os parezca poca cosa, pero ninguna de estas tres comodidades se dan en Minca, el pueblo principal de la zona, seis kilómetros más abajo, donde la luz y el suministro de agua, no potable, desaparece cada dos por tres e internet es, la mayor parte del día, un sueño.

Pero lo más valioso de este edén son sin duda Micky y Claudia, dos de las personas más valientes, encantadoras y generosas que he conocido, y que me han tratado como a una hija, enseñándome cada rincón de su terreno, regalándome grandes conversaciones y risas, un cuarto de princesa a modo suite de hotel, deliciosa comida y el vino tinto por el que llevaba suspirando dos meses y que aquí te tienes que resistir a tomar porque está carísimo. “¿Te puedo ofrecer una copita de vino tinto?”, me dijo Claudia la primera noche. “Puedes. Y que sepas que te adoro por ello”, le contesté. Al día siguiente les propuse limpiar su coche, porque estaba sucio de andar por el monte y así retribuirles en algo. Micky me miró y me dijo: “Ay, me das ternura”. Por no decir pena, creo, como también creo que se la da mi jefa: dos chicas jóvenes dejadas de la mano de Dios, luchando por crearse una vida diferente. Una con sus ideales sociales, otra huyendo de la crisis europea.

De momento estamos en la fase de guión, porque la cosecha no empieza hasta dentro de unas semanas, que es cuando se empezará a grabar junto con un equipo que viene de Santa Marta. Tengo mucha ilusión, aunque también un enorme respeto, por la abierta confianza que me ha brindado. Cuando me asaltan las dudas, pienso en una frase que él mismo me ha dicho en varias ocasiones: “La vida es una gran aventura que hay que disfrutar, no hay que tenerle miedo. Si lo ves de esta manera es más divertida, y los golpes que te da son mucho más llevaderos”.

Os dejo un vídeo para que conozcáis La Victoria y a su estupendo propietario. Está hecho rapidito y con lo que tenía, ¿eh? Ay, como me salga así el suyo, estoy segura de que Micky me manda a España de una patada. No se anda con tonterías.

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9 comentarios to “Seriedad, hombre ya”

  1. Cris Rasillo 18/10/2012 a 5:52 pm #

    Uf, menos mal que hay hilo dental!!!! Un besazo

  2. Cuca 19/10/2012 a 12:09 am #

    Arti! ¿Estás en el Paraíso?!!
    Estás guapísima. Te veo contenta y muy bien.
    Me encanta la entrada y me encanta el vídeo.
    “¿Quién sabe que pasará en mi suit presidencial?…” je,je
    Parece una oportunidad estupenda la que has encontrado. Aprovéchala al máximo, pero siempre alerta, bonita. ¡No te fíes demasiado de nadie!
    Muchos besos y muchos amores, preciosa.

    • diariosdemamarracha 20/10/2012 a 6:00 pm #

      Cuca, ¡bonita!
      Al parecer hay muchos tipos de paraísos en Colombia, ¡este ha sido del todo inesperado!
      Todo sigue pintando la mar de bien, pero sí, desde Mexico he aprendido a andarme con ojo… Te mando un beso enorme, bonita, pienso mucho en ti. ¡Cuéntame cuando puedas cómo te va!

  3. Regina 19/10/2012 a 11:02 am #

    Me encanta este post nena… pero me sigues dando TAAAANTA ENVIDIA!!!!! besos mi amor!!!

    • jose montoya 19/10/2012 a 10:06 pm #

      esns fas tanta enveja que ja no podem mes be l’agli ijo ja veus com estem l’habitacio millor que cap ets la meua churri que rm de fer amb tu?

  4. Claudia 20/10/2012 a 9:32 am #

    Ay nena que me ha costado leerlo pero me he emocionado toda!que guay este plan,que bien!y ese video lo vas a bordar,no tengas dudas. y x favor,cuentame todos los trucos para tener aromas en casa!jajajaja. ay bonita que te echo de menos

  5. Carmezita 23/10/2012 a 5:49 pm #

    Ay! Artemisa! Que envidiaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!! 🙂 sanota sanota ehh! Pues eso neni, que me encanta, que el viaje te lleva de la mano, y estas requeteafortunada aprovechando cualquier aportunidad, tu si que sabes, digo vales, digo vives!!!!!!
    Besitos amore!

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