INTO THE WILD. O Noches de Brujas, Yoguis y Almodóvar

14 Nov

¿Cómo va esa vaina loca, mamasitas y papasitos? ¿Cómo han estado? Por aquí bastante bien, con muchas novedades que contar, que he decidido racionar en varias entradas para hacerlo más facilito. Me siento mal cuando os meto chapas, pero como ya están escritas, con el trabajo que conllevan, la pena se me pasa rápido y las publico. En este caso, me propongo desde el principio hacerlo breve. A ver qué pasa. Empecemos, pues, donde lo dejamos.

Un buen día, sin darme apenas cuenta, conseguí salir de Taganga, y ahora tengo serias dudas de si fue en el Delorean o qué, porque el caso es que desde que crucé la invisible barrera que impide a la gente salir de ese pueblo que a Dios pongo por testigo nunca volveré a nombrar ni a pisar, fue como estar en Regreso al futuro meets Into the wild, la peli esa del colgado que se va a comer semillas al bosque: sí, amigos, pasé una semana sin luz ni teléfono, cocinando en leña y lavándome como un gatete en ríos, así que espero que entendáis y perdonéis la dejadez de este vuestro blog; internet para mí en estos momentos es un invento del futuro. ¿Cómo es eso de que puedo ver desde el ordenador a gente de España en tiempo real? Espera, espera, espera… ¿qué cojones es un ordenador?

Pero sigamos, sigamos, mamarracha, no te enfangues con chistecitos malos: desde aquel pueblo salimos pues en nuestra particular buseta-Delorean dirección Quebrada Valencia, unas cascadas muy bonitas que hay por la zona, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Uso el plural porque para hacer colchoncito decidimos irnos unos cuantos, cogidos de la mano, y que así la salida de aquel antro de perdición fuese menos dolorosa.

En Quebrada Valencia acampamos en la finca de Gloria, una encantadora señora colombiana, que acoge a gente gratis a cambio de ayudarla con las múltiples tareas que su terreno de 69 hectáreas ofrece cada día. La casa no tiene luz ni gas, por lo que se cocina en leña. Para mí, amigos, esto fue un gran cambio. Sé que es lo que hace la gente cuando acampa. Pero es que yo no acampo desde hace décadas.

Durante el día, que empezaba con los primeros rayos de sol, trabajábamos ayudándola en lo que necesitara. Una de nuestras tareas fue recoger cacaos de los árboles, para hacer chocolate casero. Gloria generalmente sólo come lo que siembra en su finca: si la tierra le da maíz, hace mil platos con maíz. Si es cacao, pues toca ponerse gorda. Además en Francia fue chef, por lo que se inventa muchas cosas buenas con los pocos ingredientes con los que cuenta.

Me los comí todos

Un día nuestra tarea fue quitarle la cáscara al cacao ya tostado, uno por uno, para preparar brownies. Esa noche y la de Halloween nos acompañaron Cami y Carolina, dos encantadoras colombianas que eran pura alegría. Carolina viajaba con una flauta, unas maracas y una armónica, y lo que más molaba de ella es que cantaba y tocaba todos los instrumentos fatal, pero sin ninguna vergüenza. La tía desafinaba que daba gusto, ni una nota le salía con la flauta y ni un ritmo al tiempo con las maracas, pero no paraba de hacerlo. Es algo que, por lo menos a mí, me dio buen rollo inmediatamente. Total, que ahí estábamos todas pelando cacaos y cantando cumbias colombianas en las que yo solo me unía al coro porque no me las sabía. Poco a poco, alentada por la falta de pudor de Carolina, fui dejándome llevar por el rollito canta-cacao-a la luz de las velas y decidí arrancarme con un temita. Y vaya que si me arranqué, señores. Con el maestro Gardel: con Volver, ni más ni menos. Así, a lo grande, a lo Penélope Cruz. Me puse una rosa en la cabeza y seguí pelando cacaos, mientras dejaba que un exultante chorro de voz fluyera por mi narcotizada garganta: una estampa que hubiese hecho llorar a Almodóvar, no me cabe duda, si me hubiese sabido la letra entera y no hubiese tenido que recurrir al nanannnaaaa nanananaaaaaa a partir de la segunda estrofa. Pero empecé muy bien, ¿eh? Muy de dentro, ese primer Volver y el primer Sentir las dejó a todas de piedra.

Con ese saleroso cacao hicimos unos brownies para Halloween; no se me ocurre un lugar mejor para haber pasado esa noche: en una casa sin luz, en la sierra de Colombia, con una anfitriona que resultó ser bastante brujita, en el sentido espiritual de la palabra.

Gloria

A esta celebración se unieron también unos amigos suyos que habían pasado largas temporadas en su casa y que eran muy de energías y ese tipo de cosas que de primeras tiran un poco patrás: Sergio, Adam y una encantadora pareja de yoguis, a los que terminé admirando: no fumaban, no bebían, no comían carne y por supuesto no se drogaban… todo era paz, armonía y amor. Y parecían muy felices.

Con ellos tuve un encuentro bastante revelador el mismo día que los conocí. Entré en la casa y allí estaban ellos, tumbados y haciéndose caricias. Fue un día en el que la verdad sea dicha, no estaba en mi mejor momento. Así que os invito a compartir conmigo esa sensación de no estar muy fina para que disfrutéis como se debe la siguiente conversación.

– Hola, ¿cómo te llamas? – hombre yogui.

– Hola. Arti. Viene de Artemis. Encantada.

– Encantado. ¿Y de dónde eres?

– De Valencia, España.

– Yo estuve mucho tiempo en España, en Santiago. Precioso.

– Sí, muy bonito el norte. San Sebastián…

– ¿Y cómo estás?

– Bien… Esto es muy bonito también.

– Ya, ya… pero… ¿CÓMO estás?

– Mmmmm… bien.

-Siéntelo.

SILENCIO.

– ¿Bien?

– A ver, dame tu mano y cierra los ojos.

AY. Se la doy y estamos un rato mano sobre mano, como sintiendo la energía o algo. Yo de pie. Él tumbado mientras le sigue dando cariños a su novia.

– ¿Qué es lo que te falta ahora mismo? – hombre yogui.

– Mmmmm… nada, estoy bien.

– No, no. Siéntelo, ¿qué es lo que te falta? Deja que hable tu cuerpo.

– Sí, siéntelo – mujer alemana yogui.

Me empiezo a poner nerviosa, me suda la mano. No sé qué cojones decir ni por supuesto qué cojones quieren oír…

– Ay… pues yo creo que estoy bien… No sé, sólo creo que necesito un poco de tranquilidad después de Taganga.

– Ven, túmbate con nosotros.

AY, AY. Me tumbo, no tengo mucha opción. Él me ofrece su torso para que apoye la cabeza y me acaricia el pelo. Ella, los brazos. Me tocan muy suavemente los dos. Silencio. Pienso que es muy temprano para un trío, sólo las 11.

– ¿Qué es lo que necesitas ahora mismo?

– Mmmmm… creo que sólo quiero estar tranquila. Ir a Palomino y estar tranquila. En Taganga ha sido mucha tela esta vez.

– Taganga… ¿has salido mucho?

– Sí, esta vez he salido un montón.

Más silencio. Me siguen acariciando mucho rato, callados. Y poco a poco me voy relajando y empiezo a sentirme más bien de lo que me he sentido en mucho tiempo.

– Ay, españolita bonita. Lo he visto desde el primer momento en el que has entrado por la puerta… Tú lo que necesitas es AMOR.

¡Pues claro!

Me quedo de piedra, porque me doy cuenta al instante de que es así. De que es justamente lo que me falta. Flipo bastante, porque ni siquiera lo había pensado, pero me hacen caer en la cuenta de que hace seis meses de viaje en los que casi nadie me ha acariciado con amor ni me ha dado un verdadero abrazo. Y, sí, amigos, esos jodidos yoguis consiguen embajonarme.

– Joder, es verdad. Lo que necesito es AMOR.

– Es lo único que importa en el mundo. No dejes que te engañen con otras cosas.

Y tras esta yogui conversation, Arti’s living a revelation, amigos: una revelation que creo me hará bajar unos peldaños en la superficial escalera del mamarracherismo. Desde mi estancia en Quebrada y ahora en Palomino, estoy empezando a darle muchas vueltas a las cosas: a lo que de verdad importa, a las innecesarias cargas que llevamos a cuestas y que nos impiden ser felices, a LA VIDA. En otras palabras, creo me estoy volviendo más espiritual. En serio, no es broma.

Además, por algún motivo, toda esta zona me tiene atrapada. La costa de Colombia, con la Sierra Nevada de Santa Marta a sus espaldas: desde Taganga, pasando por Minca Quebrada Valencia y Palomino, me estoy demorando mucho, porque simplemente siento que tengo que pasar más tiempo aquí, por algo.

Para los koguis, que son unos indígenas que viven en la zona, esto es el corazón del mundo, donde van a empezar todos los cambios que, según ellos, están por llegar. Una zona que, además, llama a la gente sensible de todos lados para que se quede. Sí, ya sé que cada indígena barre para casa, pero a mí de momento esta explicación me sirve.

Bueno, bueno, bueno… ¿se le ha ido definitivamente la pelota a esta mamarracha? ¡Dadle un buen jamón y una botella de vino, a ver si con esas sigue meditando! ¿De verdad se cree que se va a volver más espiritual? ¿Conseguirá dejar a un lado las gozosas banalidades de la vida y nos sorprenderá regresando a España con un mantón blanco, el pelo a la altura de la cintura y mascando hojas de coca? ¿Se instalará en una comunidad indígena, rezando a la madre naturaleza y tejiendo bolsas de fique? ¿O por el contrario es sólo una de esas locuras que le dan de vez en cuando?

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5 comentarios to “INTO THE WILD. O Noches de Brujas, Yoguis y Almodóvar”

  1. Alberto 16/11/2012 a 12:40 pm #

    Amor, espiritualismo, yogis… ¿PERO HUBO O NO HUBO TRÍO?

    • diariosdemamarracha 21/11/2012 a 9:04 pm #

      No lo hubo, no… me dijeron que antes de dejarme entrar en su cama, debía encontrar la luz… No se qué dicen, si allí no había electricidad ni nada que se le pareciera. Estos yoguis…

  2. Ec 18/11/2012 a 8:24 pm #

    Arti, me encanta, estás encontrando la luz… tú date el tiempo que necesites mujer 😉

  3. nuggets 10/01/2013 a 7:26 pm #

    Me encanta el momento blowing in the wind… Todos tenemos revelaciones a lo feng shui, y mola mucho más que sea en el ambiente selvático de colombia que en el puto sofá de tu casa un domingo cualquiera… lo de los vegans rollo moby habría que verlo, però està clar que sense ells no hubiera sido igual!
    YOU did find love, no? Petons guapa que voy muy atrasada en la lectura (neus BCN)

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