El silencio de los corderos

12 Dic

Cabizbaja y pensativa, meditando sobre mi absurda vida tras el incidente de chacha, decidí volver a hacer lo que mejor se me da: pasear.

Y nos fuimos a Cabo de la Vela.

Es este un lugar costero particularmente bello que se halla situado en la Guajira, una zona desértica en el extremo norte de Colombia, poblada en su mayoría por wayúus, unos indígenas más morenos, toscos y fuertes que los de Palomino.

¡Pues sí que dejamos indios vivos, oiga!

El lugar es muy bonito, y creo que resulta más bonito todavía por lo que mucho que cuesta llegar.

Me puse a bailar una jota de la emoción, de lo bonito que me pareció

Me puse a bailar una jota de lo bonito que me pareció

Desde que pisé tierras colombianas quise conocerlo, pero lo fui dando poco a poco por perdido, porque casi todo el mundo me decía que lo hiciera con tours organizados, que eran muy costosos. Según me contaban, el transporte por esas zonas no está especialmente destinado a los turistas y hay que lanzarse a lo que salga. Yo, que soy una aventurera de palo en realidad  y uno de mis pánicos es quedarme por ahí tirada sin alojamiento por la noche, que sería casi casi como estar de piernas abiertas en plan “¡vayan pasando, señores!”, no me atrevía. Sin embargo, como en este caso viajaba con Javier, nos lanzamos a ver qué pasaba.

Efectivamente, el transporte no estaba especialmente destinado a turistas.

Para llegar hasta allí, tuvimos que tomar tres “todoterrenos” diferentes. Y pongo las comillas, porque no sabría cómo definirlos con exactitud: vamos a ver, en el pasado lo fueron, sí, pero en la actualidad les habían hecho un MTV Tuning hasta lograr convertir su parte trasera en una incómoda, pero lucrativa, patera con ruedas que podía albergar a decenas de personas. Una cosa que al principio me hizo gracia, pero al final no tanta.

La vida en la tractopatera era como sigue:

1)      Antes de subirte en ella, debías regatear el precio hasta tu destino. Generalmente podías bajarles hasta la mitad, o una cuarta parte al menos. Y normalmente lo hacía Javier, porque es colombiano y yo lo hacía fatal. He aquí un ejemplo:

–          “El precio son 15.000 cada uno”, dueño de la tractopatera.

–          “Uhmmm… venga, va, 25.000 por los dos”, contesto, rotunda. “Ni un peso más”.

Asoma una sonrisa en la cara del señor.

–          “Pues muy bien. Sigan, sigan”.

–          “Mierda. Yo esto no lo hago más”.

2)      Plantabas tu culo en un asiento. Se viajaba sentado, ¿eh? Que no de pie. Eso estaba bien. A veces a algún niño le tocaba pringar, porque todos sabemos que tienen más energía y mejor humor que el resto de los mortales.

3)      La gente iba bajando y subiendo hasta llegar a su destino. Muchas veces ese destino era LA NADA.

4)      En la tractopatera Uribia – Cabo de la Vela te acomodabas como podías, entre bidones de gasolina, agua, cerveza y bolsas de hielo, que era lo que se transportaba a diario hacia esa zona desértica. Lo esencial del día a día, vamos.

5)      En la tractopatera de regreso a Uribia desde Cabo de la Vela, se transportaban animales.

Clarice Starling, ahora estoy más cerca de ti. Abrázame fuerte, amiga, y unamos nuestros traumas:

El mío empezó a las cuatro de la mañana en Cabo de la Vela: habíamos terminado nuestra visita en esta bonita playa y la de esas incómodas horas era la única tractopatera que nos podía comunicar con Uribia, por lo que no había más cojones que madrugar, a no ser que quisiéramos quedarnos a vivir allí.

La cosa ya empezó regular, porque nos dormimos e hicimos las cosas rápido y mal. Cuando ya tenía la mochila cerrada y asegurada en la parte superior de nuestro transporte, me di cuenta de que iba muy fresca. “¡Uy, qué fresca voy!”, pensé. Pues sí, iba muy fresca. Y estábamos en el desierto, a las cuatro de la mañana, en una tractopatera. “Mierda”, mascullé en cuanto aquello arrancó y el frío hizo que me cagara en la puta.

Con esa sensación de ser idiota y saber que te vas a resfriar, como cuando son las tres de la madrugada en Madrid y has perdido borracha el abrigo en el Nasti, iniciamos el viaje de regreso a Uribia, que sólo duraba tres horas de nada.

La mala hostia y la sensación de que aquello no iba a mejorar quedó más que clara cuando paramos a recoger a una señora guajira que subió con unos tiernos corderos lechales y otros rotundos chivos que empezaron a balar como locos. No serán tan tontos, no, que ellos ya sabían que no les iba a pasar nada bueno… Nosotros también, pero todo sea dicho, a mí en esos momentos me la sudaba bastante, porque me acababa de poner una toalla semihúmeda en la cabeza, la única prenda que teníamos a mano, para intentar crear una tímida barrera que me ayudara a bloquear aquel horrible frío. Durante aquellas tres horas yo lo pasé peor que ellos. Eso seguro.

Me dormí. O no sé, pero el balar de esos tiernos corderitos se me metió en la cabeza… y creo que soñé que sólo los llevaban a Uribia para fardar un poco, en plan “mira qué bonito mi cordero, mira qué barbita tiene mi chivo”. Y de regreso a la playa.

YA.

Lo que pasó nada más llegar a Uribia no lo puedo describir con palabras. O podría, pero me acabo de abrir una cerveza muy fresquita y me dispongo a fumarme un cigarro, así que si queréis podéis verlo en este vídeo que he montado con todo el dolor de mi corazón.

Vegetarianos, veganos, amigos de las ballenas en general, y Raúl Querido y Miguel Esteban en particular, sería mejor que pararais el vídeo en el minuto dos. He dicho.

Clarice! CALL ME IF YOU NEED SOMEONE TO TALK TO!

Anuncios

4 comentarios to “El silencio de los corderos”

  1. neus vcia 12/12/2012 a 9:46 am #

    Arti, bonita, sólo decirte que te comprendo. Hasta los 20 años casi no probé el cordero y mi prima sigue sin haberlo probado (35 años) debido a la cristiana costumbre de la meseta norte (ourense) de matar los animalicos a la puerta de casa, después de haber dejado que los niños jugáramos con ellos durante unos días (tenían nombre, joder!!). Ver a tu madre o tu tía recoger la sangre del corderito que tu abuelo acababa de… Te entiendo, joder!!

  2. Little Cerdi 07/01/2013 a 1:01 pm #

    Este puto post ha sido un carroussel de emociones: de la risa al llanto, que va de canto!

Trackbacks/Pingbacks

  1. Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (3) « Diarios de una mamarracha - 06/02/2013

    […] tranquilos, hasta que les toca pringar. Porque pringar, pringan, que ya lo vimos en el vídeo del silencio de los corderos. Pero al menos no están enjaulados, siendo cebados por máquinas hasta ese […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: