Archivo | enero, 2013

Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (2)

24 Ene

Sigamos pues con los motivos que podrían provocar que alguien se quisiera quedar en el país:

2. Su diversidad geográfica y cultural

No me resulta fácil describir Colombia; en parte porque no la he visitado toda, y en parte por su gran riqueza y diversidad cultural y geográfica. Espero no meter mucho la pata, pero de momento, sin conocerla en su totalidad, así es como la veo yo: exactamente como este croquis de paint con el que me he tirado un rato y me lo he pasado bastante bien:

mapacol2

Colombia tiene de todo: tiene playa, la bañan el mar Caribe y el océano Pacífico, una zona selvática que limita con Venezuela, Brasil y Perú, y una región andina o montañosa. Por tanto, tiene diferentes climas, además de un sinfín de pueblos coloniales, cascadas, ríos e incluso desierto.

A grandes rasgos, la zona caribeña y del pacífico tiene una fuerte raíz africana; la selvática, indígena; mientras que la andina, en el centro del país, es de herencia europea. Así, Colombia es un país multicultural, donde cada región es diferente y cuenta con sus propias características, que las distinguen de las demás.

En el centro del país, en los límites de la región andina, se encuentra Bogotá, que es una capital moderna, con muchas zonas verdes, museos, galerías, restaurantes, cafés… de todo. Los rolos, sus habitantes, son amables, aunque en el resto del país parece que se ganan la etiqueta de altivos. Una ciudad donde es ¿posible? abrirse camino y buscar trabajo (de esto hablaremos en próximas entradas).

Esta zona andina es una de las más extensas y desarrolladas del país, con ciudades como Medellín, cuna del famoso traficante Pablo Escobar, la zona cafetera y el valle del Cócora. Es una región verde, cercada por montañas y repleta de encantadores pueblos coloniales, enmarcados en la naturaleza, donde el visitante, al parecer, es acogido de mil amores.

El Caribe es un cachondeo, la Marina D’Or de cualquier colombiano que se precie. Se puede volver una y otra vez porque es un paraíso, la buena vida en estado puro. Su ciudad más importante es Barranquilla. Esta zona tiene, además, la Sierra Nevada de Santa Marta a sus espaldas, o el llamado “corazón del mundo” para los indígenas.

Taganga. ¡Ay, Taganga!

Taganga. ¡Ay, Taganga!

El Pacífico no lo he visitado, pero me han contado que, a pesar de que el oleaje es mucho más fuerte, es otro edén, que además tiene mucho menos turismo que su competidor caribeño.

De la zona limítrofe con Brasil, tampoco puedo hablar con propiedad, pero el Amazonas es el Amazonas, ¿no? Una de las descripciones que más me han gustado ha sido la de Sabina, mi compañera de piso: “Arti, tú entras ahí y parece que te han encogido: TODO es mucho más grande de lo habitual: los árboles, los mosquitos, las lagartijas, las arañas… TODO. Estás alucinando todo el rato. Y quedarte a dormir en una cabaña en plena selva, oyendo el ruido de todos los animales… algo que tienes que hacer”.

La zona sur y oriental del país es selvática y está en su mayoría despoblada.

Y seguro tiene muchas más cosas que os iré contando en breve. Por ejemplo, no tengo ni idea de como luce la zona de los Llanos Orientales, y los colombianos que conozco tampoco me la saben describir del todo bien: me han dicho que es LLANA, recuerda a un western, se come asado y se baila este baile TAN MOLÓN, donde en el segundo 45 el titi se marca un zapateo que ya quisiera para sí Joaquín Cortés:

Totalmente imprescindible, vamos.

3) Por la Sierra Nevada de Santa Marta y el Caribe

Si algo conozco bien de Colombia es la costa. Vosotros lo sabéis, yo lo sé. No nos hagamos los remolones. Y creo que constituye un motivo por sí solo. Sin ganas de ponerme intensa, porque no me apetece, os diré que es lo más bonito y extraño que he visitado en mi vida. Es extraño porque creo que, en efecto, esta zona tiene algún tipo de magnetismo que hace que quien la pise, quiera quedarse allí para siempre. Yo estuve casi tres meses, y son demasiados los casos de mochileros que conozco que, tras cruzarse toda Sudamérica, finalmente han establecido un negocio en alguno de sus pueblos.

Lo que la hace especial es la combinación Caribe + Sierra: la cadena montañosa costera más elevada del mundo, con 5700 metros de altitud en su pico más alto. Vamos, que no hay una montaña más alta y tan cerca del mar en ningún sitio mundial.

Como prueba de la importancia de la zona, aquí os cuento un caso muy curioso que conocí en Palomino: por allá en los setenta, un grupo de colombianos de diferentes partes del país, agobiados por la forma de vida del mundo moderno, se fueron juntando, sin saber muy bien cómo, en esta Sierra, y adoptaron las formas de vida indígenas: vivían alejados de la civilización, araban la tierra, cuidaban a los animales, trabajaban en su espiritualidad… Y allí se quedaron veinte años viviendo en comunidad, y siendo finalmente aceptados por los indígenas.

Lo que me resultó más curioso es que todos con los que hablé coincidieron en que fueron subiendo a la Sierra por un impulso, sin saber si habría más gente ahí arriba o no. El plan era irse solos. Y poco a poco se fueron juntando, construyendo sus casas y conviviendo, con gente a la que anteriormente no conocían de nada.

Todos creían en el “poder de llamado” de la zona.

Playa de Palomino

Playa de Palomino

La Sierra, al ladito

La Sierra, al ladito

Sea como fuere, el caso es que hasta yo misma he estado atrapada aquí, sintiéndome totalmente incapaz de dejarla: esta zona tiene rollo, amigos. No sé cuál, pero lo tiene.

4) Su retórica

Los colombianos, por lo general, hablan fenomenal: tienen un castellano muy rico y expresan a la perfección sus ideas en palabras. Además, se les une que, como vimos en el punto 1, son muy educados, por lo que, hasta los más jóvenes cuando hablan con sus amigos, usan el Usted, y no es nada raro escuchar su forma alargada “Vuestra Merced”.  Es muy raro que pasen al tuteo. Muy raro. Entre hermanos se hablan de Usted.

A la hora de escribir pueden cometer más faltas que nosotros, sobre todo con la “c” y la “s”, con las que creo que todos los latinos tienen un buen follón armado, porque no las distinguen fonéticamente y la única manera de diferenciarlas es leyéndolas mucho. Sin embargo, la tradición oral se conserva rica e intacta: expresan en palabras sus ideas, usando muchísimos adjetivos que yo no he escrito en mi vida, y convencen con ellas.

Claro que los jóvenes, sobre todo dependiendo de su estrato social, tienen su jerga. Pero es una jerga suave por lo general, sobre todo comparándola con España.

Como me han dicho en más de una ocasión de manera educada, pero diciéndomelo al fin y al cabo, la manera en la que hablamos los españoles les parece grosera (me encanta que usen este adjetivo, que es fino a la par que contundente). Poco a poco me he ido dando cuenta de que tienen razón, y de que en mi vocabulario destacan joyitas como: “por lo cojones”, “me la suda”, “estoy hasta la polla”, “que le den por culo”, y un amplio espectro de exabruptos que no dejan en muy buen lugar a nuestro país, en cuanto a riqueza oral se refiere. Y eso que yo soy más o menos educada, que viendo Gandía Shore, reality que adoro, y fijándome en este punto, he alucinado. Si le pongo cinco minutos al azar a cualquier colombiano, convulsiona espontáneamente.

Da gusta oírles hablar, oiga. Y dan ganas de que en España haya una asignatura en las escuelas en la que enseñen a los niños a expresarse correctamente.

Como me dijo Rául Querido un día, luego así pasa allí, que cualquier persona que se exprese medianamente bien es considerada un Dios. Véase el caso de Risto Mejide, por ejemplo.

Y por hoy ya hemos terminado, que me estoy alargando y el mapa del paint no se ha hecho solo.

Más motivos, muchos de ellos superficiales, en la próxima entrada.

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Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (1)

21 Ene

Tras cinco meses aquí, creo que ha llegado el momento de hablar de Colombia. Esta mañana en la cama, pensando sobre qué escribiría en el blog, me he dado cuenta de que apenas os he contado nada del país. Sí, os he descrito diferentes anécdotas, os he hablado de Taganga y de un señor alemán, de que trabajé de chacha, pero poco más. No ha sido como con México, donde – creo – sí traté de expresar mejor lo que me parecía… o al menos como me hacía sentir como visitante – el guía que me tocó las tetas, mi historia con las travestis, Zihuatanejo… me parece que son entradas que dan a entender problemas que tiene el país – .

“¿Y eso por qué?”, me he preguntado mientras me duchaba – como veis, llevo una vida trepidante –, “¿por qué tanta diferencia entre lo que contaba de México y lo que cuento de Colombia?”.  Más allá de que una entrada analítica requiera más reflexión que otra simplemente descriptiva, creo que se debe a que la naturaleza de los países es muy diferente.

Os voy a poner un ejemplo algo choni, pero que creo que servirá para entender la situación: en este ejemplo México sería como el novio cabrón que te da mala vida, y Colombia el bonico con el que estás encantada y todo va bien. Mientras que el novio cabrón te hace darle mil vueltas a las cosas y aburrir a tus amigas con situaciones e historias para que te apoyen y te comprendan, con el novio bonico todo marcha, y cuando te preguntan que qué tal, tú sólo respondes: “Muy bien, muy bien, es tan encantador…”

Así es como siento los dos países: con México, a pesar de que lo adoro, hay que andarse con ojo; con Colombia, una simplemente se relaja y disfruta.

Hoy estoy hilando fino, fino, ¿eh?

Pero en realidad me parece muy injusto, así que vamos a darla al novio bonico lo suyo. Ya vale de que, por no dar problemas, esté siempre en la sombra: lancemos todas sus virtudes al aire. Y más cuando este bonico tiene mala fama entre tus amigos por su pasado cocainómano…

Hagámoslo, además, en diferentes entradas, que si no esto va a ser un coñazo.

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Colombia, el riesgo es que te quieras quedar: Éste es el claim de la campaña turística del país, y creo que está muy bien y es muy acertado.

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¿Y cuáles son los motivos que podrían hacer que te quisieras quedar? Vamos a verlos:

  1. Los colombianos.

Se dice que en los viajes la diferencia la marcan las experiencias y las personas que conoces, algo con lo que no puedo estar más de acuerdo. Creo que, más allá de visitar sitios y monumentos, que muchas veces se parecen entre sí y por tanto se terminan olvidando, de eso se trata viajar: conocer la cultura desde dentro, hablar con la gente y que te enseñen cómo funciona su país. Abrir la mente, aprender, entender que hay otras maneras de vivir, y decidir qué te gusta más. Por lo menos, para mí, así es mucho más gratificante… por eso viajo tan lento.

Colombia en ese aspecto tiene mucho ganado, y por eso es, junto a Brasil, uno de los países predilectos por los mochileros que se cruzan toda Sudamérica: los colombianos son encantadores, amables y educados. Al primero que conocí fue a Javier, mi anfitrión bogotano, el perfecto y educado colombiano del que ya os hablé en su día. Los demás, si quizá no todos han conseguido estar a la altura, que es mucho decir, sí han superado el examen con nota.

Me sigue pareciendo impresionante lo mucho que desean – y por tanto consiguen – que conozcas su país y que te guste. En esto creo que también influye que quieren, y con razón, quitarse su mala fama ante el mundo y que además hace poco que están abiertos al turismo; ya veremos si les hace tanta gracia en veinte años. El caso es que, de momento, quien lo visita se siente arropado, querido y bienvenido.

Aquí os van dos anécdotas sobre este punto:

a)      Estaba yo desayunando en un café de San Gil, cuando un señor de mediana edad, que me debió de oír pidiendo la comida, se me acercó y me preguntó si era de España. Le dije que sí y me comentó, todavía de pie, que justamente estaba leyendo un artículo sobre la crisis. Tras unos minutos de cháchara, me pareció tan majo que le invité a sentarse conmigo. Se llamaba Paco, era biólogo, y simplemente quería conocer un poco mi historia: saber por qué estaba en Colombia, si me estaba gustando, etc. Le conté de todo y me escuchó con una sonrisa. Él me habló de cosas que podía hacer en San Gil, me recomendó varios hostales baratos donde quedarme, pagó la cuenta y después se despidió con un (literal, porque lo apunté en el cuaderno): “Bienvenida a Colombia. Seguro este país te va a acoger como te mereces”. Y se marchó. Sin pedirme el teléfono ni nada. Sólo por el placer de hablar con una extranjera, conocerla y lograr que se sienta acogida en su país. ¿Se puede ser más amable que eso?

b)      Estaba en Villa de Leyva, visitando el Museo Casa de Antonio Nariño, un militar que luchó por la independecia de las colonias americanas, y al ser temporada baja era la única visitante. El museo era gratis y una señora encantadora me explicó cada pieza que contenía. A mitad de la visita apareció su hijo, un niño de unos seis años, que me miraba sin cesar y con el que me puse a hablar en cuanto su madre terminó la exposición, porque echo muchísimo de menos a mis sobrinos. A la salida, todo bonico, me intercepta y me pregunta que qué voy a hacer. Le digo que mi plan es visitar el pueblo y me pregunta que si me puede acompañar. Le digo que claro.

No me invento nada, este niño existió

No me invento nada, este niño existió

Este niño se pasó conmigo dos horas en Villa de Leyva, enseñándome cada esquina y siendo todo el rato encantador. Yo, con mi mentalidad de primer mundo, pensaba: “Ay, luego me pedirá pasta o algo”. Pues no sólo no hizo eso, sino que le pregunté si quería tomar algo y me dijo que no. El niño me acompañó sólo por enseñarme su pueblo y hablar conmigo. Cuando le dije que era de España, muy mono me preguntó que si eso estaba en Perú.

“Pero era un niño”, diréis, “los niños son así: bonicos y entusiastas”. Pues yo no me he cruzado con otro igual. Estaba bien educado, por padres muy seguramente también correctos, amables y abiertos.

¡¡Y por hoy ya está, amigos!!

¿Os habéis quedado con ganas de más? Más razones por las que quedarse – el país, su retórica, la cocaína y mucho más – , en próximas entradas.

Últimamente no me pasan muchas cosas, dejad que alargue lo poco que tengo que ofreceros.

Gracias, nena

11 Ene

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Querida Mar,

ayer hizo un año del peor día de nuestras vidas para todos los que te queríamos. Un día que sin duda alguna se nos va a quedar grabado a fuego. Un día cargado de toda la injusticia del mundo. Un día que no debería haber llegado jamás.

En mi vida colombiana fue un día más o menos normal, no muy diferente al resto, porque cada día me acuerdo de ti y además me desperté bastante bien, al contrario de lo que había augurado los días anteriores. No te negaré que desde diciembre le tenía pánico, tenía miedo a pasarlo tan lejos de España y de nuestros amigos, sabía que ellos quedarían a cenar con tu madre y me daba mucha rabia no poder estar allí; por eso fue gratificante ver que los ánimos matutinos fueron todo menos lo esperado. Me desperté, me metí en Facebook y Twitter, escribí unos cuantos correos, hablé con mi hermana por skype, y todo lo hice de buen humor. Aglaia me preguntó que qué tal estaba y le dije que bien: le conté que había comprado una botella de vino blanco, pizza y queso para brindar contigo por la noche. Sin duda, un menú que te conquistaría a cualquier hora del día, y al que, por descontado, también me apetecía hincarle el diente.

Decidí no escribirte nada, ni hacer una entrada especial, ni poner nada en tu muro. No quería que nos recreáramos en el dolor, en lo que ya está claro que ha pasado y en lo que no se puede cambiar. Me alegré de que la gente hiciera lo mismo, de que no fuera un día lleno de cosas sobre ti en el Facebook. Nada de eso hubiera ayudado.

Todo esto cambió por la tarde, cuando sabía que nuestros amigos estaban reunidos en Le Petit Bistrot con tu madre. De repente, estallé. Lloré como hacía meses que no lloraba, pero lo hice de una manera diferente a otras ocasiones en las que te he llorado. Por una vez no estaba  triste por ti, por lo que te había pasado, por lo injusto que me parecía… ni tampoco lo hacía de manera egoísta por mí, por la putada que me parece no volverte a ver ni poder hablar contigo nunca más. No: te lloraba con todo el amor del mundo y dándote las gracias, con Oraçao en bucle, recordando lo buena que siempre fuiste con todos y lo mucho que mejoraste y alegraste nuestras vidas.

Esta mañana me he despertado con la necesidad de escribirte para darte las gracias: las gracias por haberme dejado formar parte de tu vida, por haber sido una de mis mejores amigas, por habernos querido y cuidado en los momentos malos, por haberme hecho reír TANTO en los buenos, y sobre todo por haberme hecho caer en la cuenta, probablemente tarde, de que en esta vida lo único que importa es el amor, querer y cuidar a la gente que nos importa, para que sus vidas sean un poco mejor.

Quería darte las gracias por todo eso y por mi nueva vida. Recuerdo perfectamente que la determinación de dejar Madrid y venir a Sudamérica la tomé esa horrible mañana del 10 de enero del 2012. De no ser por ti, jamás lo habría hecho y seguro me habría arrepentido cuando fuera mayor y muy seguramente gorda. Ahora ya nadie me quita mis fotos de pizpireta jovenzuela en las playas del Caribe colombiano.

Este viaje y este blog son tuyos, nena.

Siempre he sabido que eras una de las personas importantes en mi vida, pero al final, cabrona, has resultado ser la que, como siempre, ha marcado la diferencia. Me dejas todo el amor del mundo, mucho más del que nunca jamás pensé que pudiera llegar a sentir, y me has hecho querer ser mejor persona. Por eso y por todo lo que nos diste a tus amigos mientras pudiste, gracias.

Gracias, gracias y gracias, nena.