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Gracias, nena

11 Ene

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Querida Mar,

ayer hizo un año del peor día de nuestras vidas para todos los que te queríamos. Un día que sin duda alguna se nos va a quedar grabado a fuego. Un día cargado de toda la injusticia del mundo. Un día que no debería haber llegado jamás.

En mi vida colombiana fue un día más o menos normal, no muy diferente al resto, porque cada día me acuerdo de ti y además me desperté bastante bien, al contrario de lo que había augurado los días anteriores. No te negaré que desde diciembre le tenía pánico, tenía miedo a pasarlo tan lejos de España y de nuestros amigos, sabía que ellos quedarían a cenar con tu madre y me daba mucha rabia no poder estar allí; por eso fue gratificante ver que los ánimos matutinos fueron todo menos lo esperado. Me desperté, me metí en Facebook y Twitter, escribí unos cuantos correos, hablé con mi hermana por skype, y todo lo hice de buen humor. Aglaia me preguntó que qué tal estaba y le dije que bien: le conté que había comprado una botella de vino blanco, pizza y queso para brindar contigo por la noche. Sin duda, un menú que te conquistaría a cualquier hora del día, y al que, por descontado, también me apetecía hincarle el diente.

Decidí no escribirte nada, ni hacer una entrada especial, ni poner nada en tu muro. No quería que nos recreáramos en el dolor, en lo que ya está claro que ha pasado y en lo que no se puede cambiar. Me alegré de que la gente hiciera lo mismo, de que no fuera un día lleno de cosas sobre ti en el Facebook. Nada de eso hubiera ayudado.

Todo esto cambió por la tarde, cuando sabía que nuestros amigos estaban reunidos en Le Petit Bistrot con tu madre. De repente, estallé. Lloré como hacía meses que no lloraba, pero lo hice de una manera diferente a otras ocasiones en las que te he llorado. Por una vez no estaba  triste por ti, por lo que te había pasado, por lo injusto que me parecía… ni tampoco lo hacía de manera egoísta por mí, por la putada que me parece no volverte a ver ni poder hablar contigo nunca más. No: te lloraba con todo el amor del mundo y dándote las gracias, con Oraçao en bucle, recordando lo buena que siempre fuiste con todos y lo mucho que mejoraste y alegraste nuestras vidas.

Esta mañana me he despertado con la necesidad de escribirte para darte las gracias: las gracias por haberme dejado formar parte de tu vida, por haber sido una de mis mejores amigas, por habernos querido y cuidado en los momentos malos, por haberme hecho reír TANTO en los buenos, y sobre todo por haberme hecho caer en la cuenta, probablemente tarde, de que en esta vida lo único que importa es el amor, querer y cuidar a la gente que nos importa, para que sus vidas sean un poco mejor.

Quería darte las gracias por todo eso y por mi nueva vida. Recuerdo perfectamente que la determinación de dejar Madrid y venir a Sudamérica la tomé esa horrible mañana del 10 de enero del 2012. De no ser por ti, jamás lo habría hecho y seguro me habría arrepentido cuando fuera mayor y muy seguramente gorda. Ahora ya nadie me quita mis fotos de pizpireta jovenzuela en las playas del Caribe colombiano.

Este viaje y este blog son tuyos, nena.

Siempre he sabido que eras una de las personas importantes en mi vida, pero al final, cabrona, has resultado ser la que, como siempre, ha marcado la diferencia. Me dejas todo el amor del mundo, mucho más del que nunca jamás pensé que pudiera llegar a sentir, y me has hecho querer ser mejor persona. Por eso y por todo lo que nos diste a tus amigos mientras pudiste, gracias.

Gracias, gracias y gracias, nena.

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Haciendo amigos

28 Dic

Tras repasarme la costa colombiana más que el Cuore un miércoles y hacer algunas de las cosas más inútiles de mi vida (véase perder el tiempo en Taganga, ser chacha o vender tortillas), decidí, en un destello de lucidez, mudarme a la capital colombiana y abrirme camino en ella.

El primer contratiempo se me presentó cuando me di cuenta de que no tenía amigos.

“Tengo que hacer amigos”, pensé.

No le tenía mucho miedo al tema, hasta que me ocurrió la escalofriante anécdota que ahora, sin pudor alguno, paso a contaros.

Como empiezan muchas de mis historias, estaba yo borracha en una fiesta. Bueno, borracha-borracha, tampoco. Animada. Sin tambaleos. Y con la mente más o menos lúcida.

Me dirigí a esta fiesta con Javier, y según me contó se trataba de gente posicionada en el medio: diseñadores, arquitectos, fotógrafos… Un ambiente probablemente propicio para poder hacer algún contacto, o incluso amigo, y venderme un poco.

Para comprobar mi estado de ebriedad y asegurarme de que no iba en ese punto en el que te crees sobria y vas ciega, hice la prueba de ponerme el dedo en la nariz y subir una pierna. Lo hice bien, con bastante soltura, aguantando unos cinco segundos.

La cosa marchaba, amigos.

Le pregunté, sonriendo como el gato de Cheshire, si tenía restos de comida entre los piños, algo que impediría claramente que me tomaran en serio; al parecer no solo no había indicio alguno del festín que nos habíamos dado, sino que resplandecían como lo haría Paul Newman entrando en vuestro salón, suplicándoos sexo.

Paul Newman en sus años mozos, no actualmente, claro.

¡Ay, Paul Newman, Paul Newman! Ppppfjjjghhhhh

¡Ay, Paul Newman, Paul Newman! Ppppfjjjghhhhh

¡La cosa marchaba!

Entramos en la casa y la gente parecía maja: nos invitaron a cerveza, todos estaban borrachos, pero vestidos, y nadie esnifaba pegamento.

Tras las presentaciones iniciales me quedé sola, así que decidí abrirme una cerveza y sonreír, a ver si se me acercaba alguien. Como esta elaborada táctica no dio resultado, pensé fingir un desmayo para llamar la atención. Era una opción muchísimo mejor que la otra que tenía en la que simulaba un robo; ésta la descarté rápidamente porque podría haber provocado algún que otro malentendido con los demás invitados a la fies.

Tras desechar la idea del robo y del desmayo, decidí simplemente entrarle a piñón a la pareja que tenía más cerca. Esta pareja estaba formada por un chico y una chica: un chico con pinta de vivir en Chueca con su perro y una chica como modernita, muy mona. “¡Oh yeah, un marica y una mariliendre… si no encajo aquí no encajo en ningún sitio”.

Éste era un poco el rollito

Éste era un poco el rollito

Con la certeza de haber encontrado a mis dos nuevos mejores amigos colombianos, me acerqué a ellos y les lancé un contundente: “Me gusta vuestro rollo”. Sí, amigos, la necesidad y el alcohol te llevan a decir cosas como ésta sin ninguna vergüenza.

Ellos sonrieron y me preguntaron, bonicos: “Gracias… ¿y cuál es nuestro rollo?”. Una pregunta directa, al grano, a la que contesté sin dudarlo ni un segundo: “Bueno, tú eres CLARAMENTE gay… Y tú – mirando a la chica – pues NO SÉ”.

Tras esta tajante afirmación, y todavía pensando en todos los planes que haríamos juntos a partir de ese momento, veo que a ella se le descompone la cara en un puchero; le miro a él, que responde a mi mirada de idiota con una cargada de rabia, mucha rabia, hasta diría que mortal, y me contesta: “Pues no… somos PAREJA”.

“Aaaaaaah, mira tú…”, esbocé, mientras me alejaba hacia atrás, ahora con una nerviosa y torpe risita. Así me fui, pasito a pasito, reculando como debería haberlo hecho con palabras, pero sin saber qué decir: ellos se fueron haciendo cada vez más pequeños, pero sus caras no cambiaron ni por un instante: la de ella, la de ponerse a llorar en cualquier momento; la de él, la de querer estrangularme.

Y tras romper una pareja y darme cuenta de mis pocas habilidades sociales, sólo tengo una cosa que decir: si conocéis a alguien en esta ciudad, espero su contacto en comentarios.

Gracias, muy amables.

Grandes anfitriones en Playa del Carmen

12 Ago

Esta mañana México ha ganado la medalla de oro de fútbol en los Juegos Olímpicos y para celebrarlo hemos ido a desayunar tacos de pescado, que de primeras suena a oxímoron, pero de segundas están deliciosos. Tengo la sensación de que he tenido algo que ver con este triunfo… no puede ser casualidad que España gane el Mundial cuando estoy allí y México las Olimpiadas cuando estoy aquí, ¿NO?.

Siguiendo con los Juegos, he decidido, y esto a pesar de que los saltos de trampolín también me hacen mucho tilín, que mi modalidad preferida es la de suelo en gimnasia artística femenina: esas mujeronas sobrehumanas, probablemente sicarias en su tiempo libre, maquilladas y peinadísimas con gomina patrás, que logran conservar su inquietante sonrisa hasta el final, cuando, por un breve segundo, cogen aire para tomar carrerilla y hacer un triple mortal con el que cerrarán su titánico ejercicio.

Me volvería loca poder hacer triples mortales.

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Para ya basta de deporte y vida sana. Esta mamarracha os ofrece hoy una entrada light, animosa y de buen rollo, para eclipsar la sordidez de la anterior. Es más, os invito a que estrenéis una cerveza y os la asimiléis escuchando grupos tipo Amparanoia, a ver si así aun consigo daros más rabia.

Y es que, como predije, mi mala racha ha terminado. Estoy en paz con México, con los hombres, e incluso diría que con los hombres que van vestidos de mujeres, y viceversa.

Llevo un par de semanas en casa de mi amigo Marco, un chico al que conocí en mi anterior viaje, y que me está tratando como a una auténtica reina.  Cuando le conté todas mis aventuras, aun nerviosa y estresada, el pobre estaba consternado. “No mames, pinche Arti: ¿qué hacías en VALLADOLID con TRAVESTIS? ¡No mames! Aquí en Playa estarás bien, ya verás”. Y así ha sido. Tanto él como su novia Isa y sus compañeras de casa Ita y Are, son de lo mejor que he conocido en mucho tiempo.

Marco vive en una casa en medio de la selva que parece la de Pippy Calzaslargas. Con la única salvedad de que, para entrar, hay que pasar un puente, bajo el cual hay todo tipo de vegetación y muchos, muchos animales.

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Marco es un terremoto, un poco como Mowgly de El libro de la selva. Si pudiera desplazarse de árbol en árbol, estoy segura que lo haría. Está muy delgado, pero fibrado, porque es incapaz de quedarse quieto un instante. Y, algo que envidio profundamente, puede ingerir toneladas de comida: “¿Ya comiste, Marco?” – “Sí, pero leve… Dos platos de arroz, dos muslos de pollo, frijoles y sopa. Vamos a hacer unas quesadillas, ¿no?”. Claro que sí, dale duro tú que puedes.

Marco es muy listo y de las personas más generosas que he conocido. Tiene el don de que todos sus invitados (y desde que estoy aquí ya han pasado otros cuatro, aparte de mí) se sientan como en casa: se interesa por su vida, les da buena conversación y se preocupa de que no les falte de nada. Además, Marco lee un montón y sabe muchísimo de México. Yo, que estoy en etapa reflexiva después de todo lo que me ha pasado, queriendo hacer una entrada a modo de resumen, me quedo fascinada escuchándole hablar de mayas, aztecas, toltecas, de libros que me ayudarían a entender la historia de México y las raíces psicológicas del mexicano. “Estoy terminando este libro que te va a hacer entender muchas de las cosas que te han pasado, las buenas y las no tan buenas.  Me quedan 30 páginas, en cuanto lo termine te lo regalo”.

Marco trabaja como guía turístico en los alrededores de Playa del Carmen con hispanos, ingleses e italianos. Se los lleva a hacer tirolina, snorkel en cenotes y a ver ruinas mayas. Estoy segura que lo hará fenomenal, porque tiene el don del anfitrión, que es uno de los mejores dones del mundo y que, por desgracia, escasea bastante. En este viaje, sólo Luis, mi amigo español con el que estuve en el DF, me ha hecho sentir así de bien. He decidido que cuando vuelva a España, me voy a esmerar mucho en esto: venid a mi futura casa, os haré sentir como los reyes del puto mambo, amigos.

Por si fuera poco, Marco tiene una novia de lo mejor que he conocido en México. Se llama Isa, y desde el primer momento contribuyó a que me sintiera como en casa. Mi experiencia con las mexicanas, podría decir que en general ha sido regular, porque muchas se han puesto a la defensiva, sin darme ni siquiera oportunidad de abrir la boca. Cuando vi que Marco vivía con su novia, lo primero que pensé fue: “AY”. Pero me duró exactamente dos minutos, porque Isa es también encantadora. Nada más conocerme, se puso a preguntarme cosas, se murió de la risa con mis truculentas historias y me invitó a quedarme el tiempo que quisiera con ellos. Nos caímos bien, un día nos emborrachamos y nos caímos muchísimo mejor. Es muy graciosa y muy payasa y tiene una de esas risas que se contagian, por absurdo que sea el chiste.

Isa trabaja en un parque que está cerquita de la casa, enseñando a los niños cómo cuidar el medioambiente, hablándoles de los animales de la zona y haciendo excursiones por los alrededores. Todos los niños la adoran y no me extraña nada, porque Isa es muy guay, no puedo estar más feliz de que esté con Marco.

La pareja del año

La pareja del año

 

Además de ellos, aquí también viven Ita y Are. Ellas son tortugueras en unas playas de foto de catálogo de viajes que hay cerca de aquí. Cuidan que los huevos que ponen las enormes tortugas marinas se conserven en perfecto estado hasta que eclosionen, y las marcan para conocer su edad y tenerlas controladas. Trabajan de noche, porque es cuando las tortugas salen del mar para poner los huevos en la playa, y a pesar del descuadre horario que eso conlleva, las dos están felices con su trabajo y lo demuestran, porque desprenden armonía y paz todo el rato. La boniquísima Ita me ha invitado a ir una noche con ella a ver todo este show: si tienes la suerte de ver cómo eclosionan, al parecer salen como unas 100 tortuguitas del nido que está soterrado en la arena, rápido hacia el mar. Y ahí cada una toma su propio rumbo. No me lo pienso perder.

Aquí también vive Manchas, un fornido y cariñoso perro que me ha hecho reconciliarme con su especie. Todos mis amigos saben que soy de gatos; pues queridos gatos, como la chaquetera que soy, los perros os están ganando terreno peligrosamente. Creo que definitivamente le adoré cuando una noche se metió mi cama, intenté bajarlo pero no pude moverle ni tres centímetros, me miró con cara de bonico, como pensando: “Pobre blanducha, ni lo intentes, peso más que tú” y se puso a dormir. “Pues nada”. Durante la noche, me puso la patita encima y me abrazó.

Manchas, mi culo y yo

Manchas, mi culo y yo

Para que os hagáis una idea de lo bonitos y graciosos que son todos en esta casa, aquí os va esta historia: hace unos días llegó una pareja, amigos de la hermana de Isa. Y como es habitual, les trataron de maravilla. El chico era artista, pintor, y a Isa se le ocurrió decir, antes de saber a lo que se dedicaba, que quería hacer algo con la pared del salón. “Ah, si quieres yo te pinto alguna cosa”, dijo él. “¿Neta? ¡Pues sí, quiero un pájaro!” respondió Isa.

Aquí tienes tu pájaro, Isa, querida.

Javier, el vecino, extasiado por la fuerza del pájaro

Javier, el vecino, extasiado por la fuerza del pájaro

Cuando lo vimos terminado, con el pobre hombre aun pincel en su pintarrajeada mano, no supimos qué cara poner. Se hizo un incómodo silencio y alguien espetó un simpático, pero en el fondo ciertamente irónico: “Gracias, wey”.

Cuando ya se fue, estábamos cenando y no pude evitar sacar el jugoso tema: “¿Bueno, qué, os gusta el pájaro?”. Silencio. Isa se ríe: “Digamos que no es lo que tenía en mente”, educada contestación que Marco remató con un: “Bienvenidos a la casa del cuervo, wey”.

A nadie le gustaba el pájaro, pero en el fondo estaban todos muy agradecidos al tipo. “¡Todo el día pintando estuvo el wey!”. Y lejos de agobiarse, como haría mucha gente, le sacaron el chiste, y se ha vuelto el photocall oficial en las reuniones.

Groupies

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Isa, Ita, servidora, Clara y Javier, los vecinos

Isa, Ita, servidora, Clara y Javier, los vecinos

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Además de lo bien que estoy aquí con ellos, estoy viendo las cosas más bonitas de todo el viaje: ruinas en la selva como Cobá u otras en la playa, como Tulum… y mucho Caribe, playas de ensueño, donde me tiro todo el día a leer y a tomar el sol, sin ninguna preocupación más. Como no tengo cámara, no os las puedo enseñar, pero ahí está Internet, al alcance de vuestra mano.

La idea inicial al venir aquí era buscar trabajo y recuperar algo de dinero. Un día incluso hice una prueba para ser bartender en un restaurante bastante pijo. Fue muy divertido: mi compañero de barra era encantador, aunque no muy trabajador. Me dejaba sola cada dos por tres: “Me voy a echar tantito en el sofá. Si viene el jefe, avísame por favor”. Y yo defendía mi barra como podía. Hacia el final de la noche entendí que el tío se inventaba la mitad de los cocktails; cuando le pregunté por las medidas del Long Island, contestó: “Lleva tantito de todo lo blanco”. Claro que sí. Me daban un poco de pena los clientes, porque claramente era un sitio caro y no creo que quedaran muy satisfechos, pero al fin y al cabo se emborrachaban igual, porque opté por ser muy generosa con todo lo blanco. Tras 10 horas de prueba sin cobrar, en base a las propinas que había ganado, calculé que mi sueldo serían unos seis euros al día, por lo que claramente decidí que iba a trabajar Rita. El sueldo, junto con lo que me había pasado las semanas anteriores, me llevaron a tomar la decisión de seguir el plan inicial del viaje e ir a Colombia, país que todo el mundo que ha visitado pone por las nubes.

Ya tengo casa allí, con un contacto de Couchsurfing que, por la información de su página y lo que hemos hablado, al parecer también tiene el don del perfecto anfitrión: por el momento, ya me ha dicho que me vendrá a buscar al aeropuerto y me ayudará a conseguir barata la cámara que me ha recomendado que me compre mi hermano Álex.

Vuelo el próximo jueves, os mantendré informados.

Gimme the power, Zihuatanejo

12 Jul

¿Qué pasa con este blog? ¿Esto es todo lo que tenías para nosotros, mamarracha de mierda?

¿Dónde se mete? ¿Dirigiendo una banda de narcotraficantes para abrirse camino en el lucrativo mercado valenciano? ¿Se habrá puesto cerda a tacos y se niega a subir cualquier prueba de ello? ¿Colgando boca abajo del puente de una autopista? Nada de eso, amigos, el verdadero motivo de tan dolorosa ausencia es que he pasado dos semanas en un pueblito llamado Zihuatanejo y, allí, sus amables, hospitalarios y alcohólicos habitantes me han acogido como a una más.

Estos encantadores amigos son Tona, Carlo, Ana, Fabro, Cheko, Omar, Rodo, Laura, Leo, Manuel, Chayo… Desde el mismo momento en que llegué me abrieron las puertas de su bar y de su casa. Ha sido lo más cerca de vivir Friends que he estado nunca, sólo que el Central Perk se llamaba Barracruda: si querías hacer algo, sólo había que dejarse caer allí y la gente iba apareciendo, soltando chascarrillos y proponiendo planes. Quería presentároslos a todos con breves entrevistas, porque cada uno de ellos lo merecía, pero se me jodió la cámara a los pocos días de estar allí y no pudo ser. Qué le vamos a hacer.

Zihuatanejo es un pueblo turístico, pero no tanto como los demás sitios donde he estado, por lo que he tenido oportunidad de conocer México más a fondo. Algunas de las cosas que he aprendido son éstas:

La corrupción y el crimen organizado están a la orden del día. A un nivel elemental, claro, pero que no es difícil llegar a conocer si vives en un mismo sitio durante un tiempo. En México nunca sabes con quien estás hablando: una encantadora anciana puede ser la abuela del Chapo Guzmán, así que es mejor andarse con ojo. A esto se le une que los mexicanos son generosos y hospitalarios por naturaleza, por lo que son muchas las veces que te quieren invitar a algo. En esos casos, creo que lo mejor es aceptar, para que no se molesten, ser amable sin ser coqueta, y comer o beber rápido dependiendo de la pinta que tenga el tipo.

Un día una amiga y yo nos fuimos a comer y un señor nos invitó a sentarnos con él, porque no había más mesas libres. Era un hombre ya mayor que trabajaba en el sector de la construcción, coordinando proyectos en Zihuatanejo. Resultó ser muy amable, nos cantó canciones de amor en el escenario y nos contó su vida, haciendo mucho hincapié en que conocía a todos los políticos electos de la región. Segundos después, llegaron dos policías, se sentaron en la mesa y comieron con nosotros. La invitación, bastante elevada, corrió de su cuenta.

Las relaciones de pareja, o al menos las que he conocido, parecen ser más una lucha de poder que una relación, como quizá la entendemos nosotros. Y, como en toda lucha, siempre hay perdedores; casi siempre, la mujer. Hay mucha desconfianza y celos entre las parejas, pero también entre personas del mismo sexo, incluso entre amigos. Los hombres no se fían de los hombres ni las mujeres de las mujeres. Ahora entiendo por qué me cuesta tanto hacer amistades femeninas y tan poco masculinas. Por supuesto, mis amigos me alertaron de que, de primeras, un hombre sólo te habla si se quiere acostar contigo. Pero bueno, eso es así en todos lados.

Existe el machismo. Muy cabrón además. Y las mexicanas, por lo general, y algo muy loco para nosotras doñas topless, se bañan vestidas en el mar. Muy vestidas, en camiseta y pantalones, hasta el punto de que me sentía mal enseñando mi lorza serrana. Además, casi nunca llevan vestidos. De esto tardé bastante en darme cuenta, pero ayudó que tres de mis amigos, en diferentes momentos, me preguntaran: “Tú y tus vestiditos… ¿nunca te pones jeans?”. Supongo que todo ese rollo tendrá que ver con no dejar acceso “libre” a nuestro chocho. O yo qué sé.

El ahorita da mucha risa. Puede ser media hora, cinco horas o no llegar jamás. Cuando estuve allí fueron las elecciones y había ley seca todo el fin de semana. Dos días enteros en que cerraban los bares, no se vendía alcohol y sólo se podía beber en casa. Como entenderéis, era un tema bastante preocupante. Viernes, 22 horas y no habíamos comprado nada. ”Ahorita, ahorita la armamos”. Son las 23.50 y seguimos sin tener nada. ”Ah, es cierto, vamos a la vinatería”. Y la vinatería hasta los topes. Y los mexicanos muertos de la risa. “¡Por los pelos, wey!”. Pero como es México, la vinatería se quedó abierta media hora más.

Y es que también he aprendido que hay que restarle importancia a las cosas para ser más feliz. Los mexicanos nunca abren cuando toca, nunca llegan a trabajar cuando toca, nunca cierran cuando toca. Y ellos lo saben y les funciona. Un día Leo, el cubano, tuvo que tirar una puerta abajo de una patada porque se quedó cerrada por dentro y no penséis que nadie se preocupó por la fianza. Cuando se me rompió la cámara (tiene un defecto de fábrica, ¿vale?), me jodió bastante, pero se me pasó rápido, porque todos me dijeron que lo olvidara. “No te claves, Artemisa. Ya pasó”. Y así es. ¿No tengo todos los vídeos y fotos que quería para montar? Pues no pasa nada. Hoy me he comprado una muy baratita mientras me arreglan la otra y asunto resuelto.

Lo que he aprendido en Zihuatanejo es muy Gimme the power, estoy feliz de haber conocido a todas las personas con las que he tenido el placer de convivir dos semanas, y por todo lo que me han enseñado; por supuesto muchas de esas cosas me las quedo para mí.

El vídeo empieza en una de las noches de Ley Seca, para que veáis lo absurdamente árida que fue. Todo el finde así.

El lunes quedamos y Omar preguntó: “¿Hoy tomamos o qué?”. A lo que Cheko respondió: “Nah, hoy ya no tiene chiste”.

El cumple de la nena

24 Jun

El viernes pasado fue el cumpleaños de Marimar.

Me desperté muy triste, con algo de resaca y sin ganas de hacer nada. Pero al final no me atreví a dejar que pasara el día de este modo, así que me embutí como pude en el bikini y me fui a la paradisíaca playa de Lost con la idea de echar el día e ir a comer.

Esta vez el camino fue un juego de niños. Pero al parecer en esa playa siempre pasan cosas, porque al poco rato de estar tirada al sol, llega un enorme barco cargado hasta los topes de maricones con la música a todo trapo. Me hizo mucha gracia que tuviéramos fiesta gay, claramente le hubiese molado… de algún modo.

Miraras donde miraras, había una estampa diferente: maricas tirándose desnudos del barco, maricas haciendo moldes de sus pollas en la arena, maricas retozando en el agua, maricas riéndose a carcajada limpia mientras jugaban a echarse agua, maricas bailando el Hung Up. Incluso me atrevería a decir que había un claro caso de pederastia en la sala. Eso o padre e hijo gays. Your choice.

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Además del drama de un chico que trataba desesperadamente de volver a entrar en el armario, porque me miraba muchísimo más a mí que a ellos. Sus ojos hablaban solos, desesperados, a la deriva: “Sácame de aquí, por favor. Ni Madonna me gusta ya”.

Cuando se marchan con su rave, decido que ya le he dado suficiente tregua a mi estómago y que me voy a comer. Lo que todavía no sé es que será el mejor pescado que he probado en mi vida y que además será gratis. ¡Gratis! Sí, así se las gasta mi salvador Alfonso, como le llamo ya. Cuando le pedí la cuenta me dijo: “Estás invitada. Nada más déjales la propina a ellas”. Qué elegancia, por el amor de dios.

Mejor pescado de mi vida = Ocean Grill en la playa Colomitos. Qué menos que un poco de publicidad.

Me voy a la playa un rato más pero no se aguanta el calor y decido que ya es hora de ponerse a celebrar y, por tanto, a beber. Regreso al Ocean Grill (mejor pescado ever) y las camareras, Chelsea y Crystal, una ucraniana y una rusa que no sabría decir cuál era más guay y estaba más buena, me dicen que me ponga en la barra con ellas si me apetece. Ese mismo día habían decidido dejar de beber una temporada, pero se lo piensan mejor y se abren unas birras. Son la mar de listas y graciosas, y se cuentan unas historias muy divertidas. Una por ejemplo en la que un amigo mexicano se cayó al suelo y se dejó todos los piños. Los de arriba y los de abajo. TODOS. A lo que reaccionó diciendo: “Wey, no mames, no mames…”. Y acto seguido se limpió la sangre, recogió los dientecitos del suelo, los guardó en un bolsillo y dijo: “Crytal, pue vamo a toma una chela, ¿no?”. Mexican style, les da todo igual, incluso sus propios piños.

Al rato se tienen que marchar, y de camino al hostal me encuentro con dos gays encantadores con los que hacemos muy buenas migas y me invitan a su casa a tomar la última. Martin, el mexicano, me recuerda al de Modern Family, da risa ya sin hablar, y a Mar le hubiese vuelto completamente loca. Y yo me lo hubiese comido. Enterito. Fue también muy divertido… No os voy a aburrir más con cosas que hablamos ahí, no porque no me acuerde ni nada, pero es que esta entrada ya se está alargando.

El caso es que empezó fatal pero terminó siendo uno de los mejores días de mi vida. Y no puedo creer que fuese mera casualidad que estuviésemos celebrando su cumpleaños.

Si algo me queda claro después de ese día es que este viaje ya tiene sentido sólo por esto, por haberle dado una gran fiesta de cumpleaños, en un entorno inmejorable con rave gay incluída, y gente lista, bonica y graciosa todo el rato.

No tengo ninguna duda de que se lo pasó de maravilla. Y yo con ella.

Feliz cumple, nena.

Lucha libre mexicana

16 Jun

En  Guadalajara fui a ver la lucha libre mexicana.

El margarita es sólo para ambientar.

El margarita es sólo para ambientar.

Es una de las cosas más divertidas del mundo. Además, todo mejora con la compañía adecuada, y éste fue uno de esos planes raros en los que se junta gente que no se conoce mucho, al principio da un poco de pereza, pero después todo termina siendo perfecto.

Los asistentes fuimos: Justina, una bonica americana de veinte años con la que compartía habitación y que estaba un poco asustada con todo el asunto; Felipe y Toño, dos músicos mexicanos que no habían ido nunca a las luchas, amigos de unos amigos que hice en Guanajuato, además de enormes anfitriones guadalajareños, y yo misma, que llevaba días queriendo ir y de la emoción me temblaron las piernas al entrar en el Arena.

Están dos cerdas mexicanas, una norteamericana y una española...

Están dos cerdas mexicanas, una norteamericana y una española…

Con las entradas en la mano, y como quedaban veinte minutos para que empezaran las hostias, Felipe y Toño propusieron que fuéramos a un 7-eleven a por cerveza y así aprovechar el rato. “Estas cosas se ven mejor borracho”, decían. Y ésta es una de las razones para las que me gusta tanto México: no hay necesidad de ocultar a la valenciana que hay en mí, porque allá donde mires, siempre habrá fiesteras mucho peores. Se siente una como en el centro de Benimaclet.

Os cuento brevemente de qué va el asunto, o lo poco que saqué en claro ese día:

Generalmente las peleas son por parejas. Están los rudos (los malos) contra los técnicos (los buenos). El público suele ir con los técnicos, a no ser que haya un rudo que sea más carismático y sepa cómo ganárselos. En cada evento se dan cinco peleas a tres asaltos cada una. La peor humillación para un luchador es que le quiten la máscara, porque su verdadera identidad queda al descubierto; hay algunos que la pierden una vez y tienen que luchar siempre sin ella. Y ya no son luchadores enmascarados, superhéroes; son otra cosa. También hay duelos de caballeras, en los que quien pierde, se rapa.

Como todas las cosas buenas de la vida, como Mujeres, Hombres y Viceversa, lo enorme de este espectáculo es que hay gente que se lo toma muy en serio y gente que no. Unos, claramente diferenciados, que lo vibraban y se desgañitaban, enfurecidos, gritando: “¡Chinga a tu madre, puto!”, “¡Sácale los ojos, culero!”, hasta otros que simplemente iban a pasar el rato, beber y morirse de la risa. Todo bañado con buenorras embutidas en licra, cerveza y palomitas por todos lados.

Fue un gran plan de domingo, si viviera aquí estoy segura que iría muy a menudo. Os cuelgo un montaje de este orquestado festival del dolor; estaba prohibido entrar con cámaras y grabar, y nos llamaron la atención un par de veces, así que la calidad no es la mejor. Pero os hacéis una idea.

Por cierto, “simón” es “sí”, todo lo adornan estos mexicanos.