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De Fallas y despendoles valencianos

18 Mar

Valencia está en Fallas.

Podría describiros qué quiere decir eso, pero intuyo que muchos de vosotros ya lo habréis comprobado en algún momento de vuestra vida, y los que no, tampoco arderéis en deseos de saberlo.

Sólo os diré que redacto estas líneas como si fueran las últimas de mi vida, tapada con una manta y muerta de miedo por los atronadores proyectiles que zumban por todas partes y a todas horas, con el objetivo de que sean leídas por los supervivientes de una hipotética guerra. Una guerra en la que te juegas el pescuezo cada vez que sales de casa: una guerra entre falleros, ganadores, y resignados habitantes, perdedores.

Siria

Valencia. O soviéticos celebrando su victoria en la Batalla de Berlín

Crimea

Falleros. U opositores prorrusos en Crimea

Una guerra diferente que cuenta con su parte positiva, porque irónicamente está repletita de belleza en cada esquina. No se puede negar que esos satíricos monumentos de colores tienen su rollo.

Los artistas falleros saben lo que se hacen, amigos

Los artistas falleros saben lo que se hacen

Ruido, caos, color y belleza a todas horas: la fiesta más loca de España.

Mascletà, o reunión de cinco minutos para escuchar pertardos

Mascletà en la Plaza del Ayuntamiento, o la reunión multitudinaria más breve del mundo para escuchar petardos

Como veis, he estado dándole vueltas a esto de las Fallas, lo que nos lleva a dos certeras conclusiones: la primera, y evidente, es que voy necesitando un trabajo; la segunda es tratar de arrojar algo de luz sobre nuestra naturaleza.

Tras días de sesudo análisis, creo que el destarifo valenciano, sobre el que tanto os burláis en vuestras reuniones dominicales, pero que a la vez amáis tórridamente en secreto, empezó aquel día en el que a un carpintero se le ocurrió sacar los trastos que le sobraban la víspera del día de San José para quemarlos ante la atónita mirada de sus vecinos.

La fiesta fallera fue nuestro primer asesinato. Después aprendimos a apretar el gatillo con la ligereza propia de Vic Mackey en The Shield.

La fiesta fallera fue nuestro primer peta. De ahí ya nos pasamos a la heroína y al crack.

La fiesta fallera fue nuestro “ponme un pacharán y un trozo de tarta, que total ya me he saltado el régimen” en la boda del hermano de tu novio. Una hora más tarde estás bailando el Chiki Chiki con tu suegro mientras te asimilas un gin tonic.

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Después de inventar las Fallas, en Valencia fue un aquí vale todo, señores.

No nos faltan ejemplos, queridos amigos, para afirmar que el valenciano tiene una facilidad fuera de lo normal en eso de perder los papeles. No por nada, Nicky, aquel transexual de Gran Hermano 6, buscaba los papeles de la paella como un loco. Son dos ideas, perder los papeles y paella (entiéndase paella como sinécdoque de Valencia) que son inseparables, como Jeremy Irons y Jeremy Irons en aquella película en la que eran inseparables.

Sí, confieso que el párrafo anterior sólo lo he escrito para poder poner este vídeo, pero es que me hace bastante gracia. Saltad al minuto 1:43.

Pero retomemos nuestra argumentación: damos inicio a esta mascletà literaria, llena de ejemplos que reforzarán la idea que os expongo y defiendo en esta tarde tan petarda. Empezaremos suavesito, mi amor, para acabar muy a tope. Por si fuera poco la simple intención de pasar un buen rato, quiero pensar que a partir de lo escrito conseguiré que nos entendáis como lo que realmente somos: simples afectados, juguetes rotos, de nuestra excesiva e impuesta fiesta patronal.

LA RUTA DEL BAKALAO

El tema de la Ruta ya cansa, lo sé.

Permitidme sólo lanzar esta última idea: ¿qué fue la Ruta del Bakalao, sino una extensión de la fiesta fallera? La Ruta no fue más que su hermana pequeña, una alborotada discípula, que aprende todos los trucos de la mayor y los eleva a su máxima expresión.

En vez de en la Plaza, la gente se reunía en Barraca

En vez de en la Plaza, la gente se reunía en Barraca

El triunfo de la música máquina en estas tierras radica en que los valencianos disfrutamos del ruido cual niños subidos al tiovivo: las sesiones en las discotecas no eran más que una mascletà de ocho horas, con sus intervalos de subidones y bajones.

El color lo añadían las luces de discoteca y la ingesta de mescalina.

¿Estamos o no estamos?

Entiendo que vuestro silencio es un sí. Sigamos, pues.

GANDIA SHORE

Cuando en MTV empezaron a valorar la adaptación del reality Jersey Shore, no tuve ninguna duda de que debía hacerse en la costa levantina.

Sabía que no me defraudarían

Sabía que no me defraudarían

Gandía Shore fue, en resumidas cuentas, el verano televisado de unos ruteros profesionales. No por nada llevamos transmitiendo la sabiduría festera  de generación en generación con el mismo cariño y dedicación que le ponemos al cultivo de la chufa o al cuidado de los naranjos.

Apuntemos que los protagonistas de Jersey Shore eran de diferentes sitios de Estados Unidos. No así los de Gandía. Cinco de sus ocho integrantes eran de por aquí, maldita sea.

LA CIUDAD DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS y LOS GRANDES EVENTOS. 

Los valencianos somos un pueblo excesivamente sensible, por lo que nos fascina todo aquello que alegre nuestros sentidos. Entre los que tiene un papel importante la vista, claro.

Somos fans de todo aquello sea en esencia bello, grande y espectacular.

La Falla de Calatrava

¿Qué es La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia sino una gran falla, bonita y vistosa, pero hueca por dentro?

También los grandes eventos que hemos organizado y nos han empobrecido en los últimos años, como la Fórmula 1, la Copa América o la visita del Papa, tenían la única utilidad de animar nuestros sentidos y poder chulear de ello.

Es como echarse un novio buenorro al que paseas como si fuera un trofeo: alegra la vista y te permite fardar. “Sí, sí, es guapo, ¿verdad? Tengo golpes escondidos, soy lo más”.

Por sus cojones toreros

MOLAMOS

Eventos y superconstrucciones que más allá de que sean llamativamente guays y generen un subidón transitorio, son del todo prescindibles. Como suele pasar también a veces con los tíos buenos. Y con las Fallas.

EL DINERO Y LA CORRUPCIÓN

El hecho de que nos gastemos millones de euros en monumentos falleros y los quememos tras exponerlos durante cinco días, sienta un precedente bastante claro que creo que invita a no valorar el dinero como deberíamos.

¿Que hay que ahorrar, dicen?

¿AHORRAR? ¿Qué es eso?

La relación del valenciano con el dinero es poco sana.

Y es que, históricamente, siempre ha habido mucha pasta en esta comunidad. La proporción de pijos que pasean por las calles es alarmante. Tanto, que la panoja ocupa un puesto importantísimo en el refranero popular, síntoma inequívoco de su trascendencia en nuestra idiosincrasia.

Os doy sólo algunos ejemplos, aunque hay muchos más:

* Amb diners, torrons: con dinero, se puede comprar de todo.

* Qui furta un ou, pot furtar un bou: quien roba un huevo, puede robar un toro. Vamos, que en el robar, todo es empezar

* Els diners i els collons, per a les ocasions. El dinero y los cojones, para las ocasiones. Si hay que gastar, se gasta.

* Salut i força al canut. El canut era donde se guardaba el dinero, así que salud y dinero.

* A cadascú lo d’ell, i a robar lo que se puga. A cada uno lo suyo y a robar lo que se pueda.

Unamos que al valenciano le gusta el dinero, al que dedica parte de su tiempo libre para regalarle simpáticas rimas, le gusta gastarlo y además ocupa un cargo público, por lo que puede disponer del mismo sin que ni siquiera sea suyo. Sí. Creo que esto arroja algo de luz a las noticias que salen día a día sobre el levante español.

Esa Ritaaa con su Camps en un Ferrari tó guapooo

Esa Ritaaa con su Camps en un Ferrari tó guapooo

Y siguiendo con la analogía fallera, que se nos ha quedado un poco corta en este apartado, en Valencia hay decenas de ninots indultats (esos muñecos falleros que se salvan de la quema). ¿Lo pilláis?

Uno de tantos

Uno de tantos

PERSONAJES FALLEROS

Y con este epígrafe, empieza la traca final de esta mascletà literaria. Hemos empezado poco a poco, y la cosa se acelera. Agárrense, que vienen curvas.

Hablaremos en este apartado de personajes falleros: todos están cortados por el mismo patrón: valencianos, excesivos, descontrolados y que sucumben a la hora de controlar sus instintos más básicos.

Como las Fallas, tienen su parte buena y su parte mala: algunos de ellos nos mostrarán lo elogiable de la fiesta, y por tanto de nuestra naturaleza; otros, su insensatez, también parte de lo que somos.

  • El CACHONDO de Lory Money OLA K ASE sólo podía terminar viviendo en Valencia

  • Falleros OUT OF CONTROL

Un thumbs up muy grande por todos ellos.

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Valencian beauty

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  • Calatrava

Valencia fue, cómo no, cuna del arquitecto más ostentoso e inútil del planeta.

Valencia fue cuna del arquitecto más ostentoso e inútil del planeta

  • Cristina Tárrega

Ridícula, estridente y enorme, Cristina es fallera sí o sí.

Ridícula, estridente y enorme, Cristina es fallera sí o sí.

Seguro que la que llama en este maravilloso vídeo también es de por aquí.

  • John Cobra

John Cobra alberga en su persona lo peorcito de las fallas y de lo valenciano, pero le agradeceremos toda la vida su  maravillosa actuación en Eurovisión.

John Cobra es de lo peorcito de las fallas, pero nos regaló un momento televisivo maravilloso.

  • Ylenia

Protagonista indiscutible de Gandía Shore, Ylenia es todo belleza e intensidad. Y por si esto fuera poco, nos regaló el instante más crudo de la televisión, al que logró sobreponerse mentalmente no sé cómo ni con qué efectivo método de autoayuda.

  • Carne de CALLEJEROS y de CUATRO

Se dice, se comenta, se rumorea, que cuando Cuatro tenía que ganar audiencia, encarrilaba dirección Valencia, donde sus reporteros encontraban fijo la sustancia que le faltaba al programa que estuvieran haciendo.

Todos ellos son nuestros, amigos. T-O-D-O-S.

Viva España, viva el rey, viva el orden y la ley:

Ídola pop:

¡La chica de la hormona y la mancha en el pelo también es nuestra!

Isabel y Vicenta, históricas vecinas valencianas:

Encontrar a esta mujer en el Cabañal, mi nuevo objetivo vital:

Vamos con el último de los casos, estruendo final que cierra esta traca redactada con cariño para vosotros. La protagonista del mismo es…. redoble de tambores:

RITA BARBERA, MUSA DEL HUMOR

RITA BARBERA, MUSA DE LOS VALENCIANOS

A veces seria y con mano de hierro, a veces ebria y perdiendo el norte, es sin duda el ejemplo máximo de que la fiesta josefina nos ha convertido en lo que somos: incluso ella, que debería encarnar con su buen hacer y templanza la imagen de nuestra ciudad, no puede evitar que a veces la fiesta se le vaya de las manos.

¡¡TA-CHÁN!!

¿Y qué conclusión sacamos de todo esto, aparte de que Las Fallas influyeron definitivamente en nuestra manera de ser? Pues no sé, pero creo que hemos pasado un buen rato. Y no deja de tener su gracia que nuestra personalidad derive de una fiesta, ¿no creéis? Es algo que no podríamos decir de los pueblos esquimales, los hutus o los picunches, por poner algunos ejemplos que me otorgan una razón inmediata por ser desconocidos para todos nosotros.

Por otro lado, admitámoslo, vuestras vidas serían muchísimo más aburridas si de repente nos diera por independizarnos y nos lleváramos nuestros petardeos y petardos a cualquier otra parte. Otra parte en la que nos recibirían, creo, con los brazos abiertos. Aunque eso habría que verlo.

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Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (3)

6 Feb

[Antes de empezar, quería deciros que si me he demorado tanto en escribir esta última entrada, cuya tardanza sé que os ha llevado a un nivel ansioso de quitaros el sueño, es porque actualmente el proceso de paz con las FARC se está viendo entorpecido por una serie de secuestros y pequeños atentados que ha habido en el país. Quería ver si se solucionaba – optimista de mí – y podía ofreceros algún tipo de balance político. Me parecía apropiado para terminar la entrada con los problemas que, también, presenta Colombia. Como no ha  sido el caso, he decidido publicarla y dejar ese tema para más adelante.]

Ahora sí, sigamos con las cosas que podrían hacer que alguien quisiera quedarse en Colombia:

5) Las drogas

Y con este punto sé que, tras ocho meses de anodinas entradas en este vuestro blog, por fin capto la atención y estimulo las pupilas de algunos de mis lectores más trasnochados: sí, amigos, en Colombia hay drogas. Y además es de lo poco que es realmente barato. He aquí una guía de precios para que no os timen cuando vengáis de visita y queráis comprobar si la realidad colombiana está a la altura de su mito:

El precio medio del gramo de coca está a 7 euros. Y al parecer si tienes los contactos adecuados, te lo dejan en 5 – ¡ponme 6! -. Es fuerte, da taquicardia, incontrolable agitación de mandíbula y muchas ganas de aburrir a vuestros amigos con mil mierdas, así que si os animáis a probarla, hacedlo con tiento.

El precio de la marihuana oscila según su calidad: la más normal es muy barata, puedes conseguir hasta diez gramos – una buena bolsa – por un euro. Si ya lo que quieres es algo más fino y selecto, el precio es de a euro el gramo aproximadamente.

En cuanto a alucinógenos, lo que se lleva por aquí son los ácidos, el LSD, a 5 euros el cartón. Que al parecer, y sobre todo si es la primera vez, con medio ya vas. Si lo que queréis es esto, amigos psicodélicos, tenéis que preguntar por trips.

Los hongos los puedes encontrar alrededor de cualquier boñiga de las muchas vacas que pastan sueltas por los pueblos. Es ahí donde crecen: sólo hay que pasear un poco por el monte, arrancarlos y lavarlos. ¡Cuelgue gratis!

Éstas son las drogas más normales por aquí, con denominación de origen 100% colombiana, como las arepas; si queréis MDMA, éxtasis, etc. tendréis que aumentar el presupuesto y rascaros el bolsillo, que eso viene de ultramar y ronda los 50 euros.

Total, que haber drogas, haylas, pero no os creáis que te acosan ofreciéndote. No obstante, si las quieres, tienes lo que quieras. Y, al parecer, con una facilidad que hasta da un poco de vértigo.

6) El baile

En Colombia casi todo el mundo baila. Como os conté aquí, por lo general se seducen bailando. Ya puedes ser un genio del humor, que si no bailas bien, lo tienes regular. Uno de mis entretenimientos favoritos cuando salgo, además de imitar a Shakira, es observar las formas en las que se menean, algunas de las cuales rozan lo pornográfico. El pimpam de Terelu y Pipi – sí, lo sé, de nada por esta imagen hasta ahora debidamente olvidada en vuestros cerebros – es un juego de niños comparado con el perreo colombiano.

Este perreo es más propio de la costa; en otras partes del país se lleva más la salsa, la cumbia, el vallenato, el porro… un sinfín de diferentes tipos de música latina.

¿El pop-rock? ¿Qué es ESO?

7) Los animales viven felices y sueltos… hasta que se los comen.

Vacas, gallinas, corderos, chivos… todos juntos y felices, comiendo a deshoras y paseando tranquilos, hasta que les toca pringar. Porque pringar, pringan, que ya lo vimos en el vídeo del silencio de los corderos. Pero al menos no están enjaulados, siendo cebados por máquinas hasta ese momento.

Se les siente felices, con una mirada limpia y el pelo sano.

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8) Está permitida la venta ambulante

En Colombia, allá donde mires, hay un vendedor ambulante. Ya os conté aquí que hasta yo me lancé a probar, porque según cómo te lo montes, puedes sacar mucho más dinero que en un trabajo normal. Sólo hay que registrarse en el ayuntamiento y listo. Y además, cual alfombra de El gran Lebowski en su salón, da ambiente a la ciudad.

Creo que si en España se pudiera hacer – de momento este tipo de venta sólo está permitida en mercadillos, ferias, eventos, etc. -, otro gallo cantaría. Me parece una muy buena opción en tiempos de crisis o para gente sin estudios. Por lo menos, tendrían la opción de levantar un negocio propio y no depender del trabajo que ofrecen las empresas.

Y no creáis que la venta ambulante es algo que está más ligado a los países en vías de desarrollo, porque en Estados Unidos está permitido. Aquí un listado de los foodtrucks más molones de NY:

http://www.gastroeconomy.com/2012/03/los-food-trucks-de-nyc-un-top-ten-para-comer-en-la-calle/

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¡Y con esto hemos terminado! No está mal, ocho motivos para que os animéis a conocer el país.

En resumen, lo que he intentado expresaros a lo largo de estas tres entradas, no sé si con el mejor de los aciertos, es que Colombia es un país digno de ser visitado por muchos motivos, que por desgracia quedan deslucidos por la mala prensa que tiene la región: es un país objetivamente hermoso, capaz de complacer al visitante más exigente por su heterogeneidad, lleno de gente alegre, amable, educada y culturalmente diversa, que se muestra más que dispuesta a aceptar al extranjero y enseñar su país; un país donde se disfruta, se baila, se ríe, se bebe y se come; un país donde hasta los animales son felices hasta el último segundo de sus vidas. Un país donde por lo general, creo, la esencia del humanismo – las FARC no deja de ser un movimiento que se creó, originariamente, con un objetivo revolucionario, social, igualitario y de autodefensa campesina – está mucho más presente que en la vieja Europa.

Y ya para terminar, y dejando el debate político para otro momento, sólo anotar que todo el rollo que os he metido se basa, como no puede ser de otra manera, en mis impresiones, siempre personales, a lo largo de estos casi seis meses en el país.

Os dejo con este vídeo que grabé en mi primera semana colombiana, porque creo que representa bien lo que os he venido contando en estas tres últimas entradas – amabilidad, diversidad, baile, música… ¿drogas? – y también lo buenorras que están las titis por aquí.

Las colombianas, sus melenas y sus caderas merecen, sin duda, una entrada aparte.

Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (2)

24 Ene

Sigamos pues con los motivos que podrían provocar que alguien se quisiera quedar en el país:

2. Su diversidad geográfica y cultural

No me resulta fácil describir Colombia; en parte porque no la he visitado toda, y en parte por su gran riqueza y diversidad cultural y geográfica. Espero no meter mucho la pata, pero de momento, sin conocerla en su totalidad, así es como la veo yo: exactamente como este croquis de paint con el que me he tirado un rato y me lo he pasado bastante bien:

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Colombia tiene de todo: tiene playa, la bañan el mar Caribe y el océano Pacífico, una zona selvática que limita con Venezuela, Brasil y Perú, y una región andina o montañosa. Por tanto, tiene diferentes climas, además de un sinfín de pueblos coloniales, cascadas, ríos e incluso desierto.

A grandes rasgos, la zona caribeña y del pacífico tiene una fuerte raíz africana; la selvática, indígena; mientras que la andina, en el centro del país, es de herencia europea. Así, Colombia es un país multicultural, donde cada región es diferente y cuenta con sus propias características, que las distinguen de las demás.

En el centro del país, en los límites de la región andina, se encuentra Bogotá, que es una capital moderna, con muchas zonas verdes, museos, galerías, restaurantes, cafés… de todo. Los rolos, sus habitantes, son amables, aunque en el resto del país parece que se ganan la etiqueta de altivos. Una ciudad donde es ¿posible? abrirse camino y buscar trabajo (de esto hablaremos en próximas entradas).

Esta zona andina es una de las más extensas y desarrolladas del país, con ciudades como Medellín, cuna del famoso traficante Pablo Escobar, la zona cafetera y el valle del Cócora. Es una región verde, cercada por montañas y repleta de encantadores pueblos coloniales, enmarcados en la naturaleza, donde el visitante, al parecer, es acogido de mil amores.

El Caribe es un cachondeo, la Marina D’Or de cualquier colombiano que se precie. Se puede volver una y otra vez porque es un paraíso, la buena vida en estado puro. Su ciudad más importante es Barranquilla. Esta zona tiene, además, la Sierra Nevada de Santa Marta a sus espaldas, o el llamado “corazón del mundo” para los indígenas.

Taganga. ¡Ay, Taganga!

Taganga. ¡Ay, Taganga!

El Pacífico no lo he visitado, pero me han contado que, a pesar de que el oleaje es mucho más fuerte, es otro edén, que además tiene mucho menos turismo que su competidor caribeño.

De la zona limítrofe con Brasil, tampoco puedo hablar con propiedad, pero el Amazonas es el Amazonas, ¿no? Una de las descripciones que más me han gustado ha sido la de Sabina, mi compañera de piso: “Arti, tú entras ahí y parece que te han encogido: TODO es mucho más grande de lo habitual: los árboles, los mosquitos, las lagartijas, las arañas… TODO. Estás alucinando todo el rato. Y quedarte a dormir en una cabaña en plena selva, oyendo el ruido de todos los animales… algo que tienes que hacer”.

La zona sur y oriental del país es selvática y está en su mayoría despoblada.

Y seguro tiene muchas más cosas que os iré contando en breve. Por ejemplo, no tengo ni idea de como luce la zona de los Llanos Orientales, y los colombianos que conozco tampoco me la saben describir del todo bien: me han dicho que es LLANA, recuerda a un western, se come asado y se baila este baile TAN MOLÓN, donde en el segundo 45 el titi se marca un zapateo que ya quisiera para sí Joaquín Cortés:

Totalmente imprescindible, vamos.

3) Por la Sierra Nevada de Santa Marta y el Caribe

Si algo conozco bien de Colombia es la costa. Vosotros lo sabéis, yo lo sé. No nos hagamos los remolones. Y creo que constituye un motivo por sí solo. Sin ganas de ponerme intensa, porque no me apetece, os diré que es lo más bonito y extraño que he visitado en mi vida. Es extraño porque creo que, en efecto, esta zona tiene algún tipo de magnetismo que hace que quien la pise, quiera quedarse allí para siempre. Yo estuve casi tres meses, y son demasiados los casos de mochileros que conozco que, tras cruzarse toda Sudamérica, finalmente han establecido un negocio en alguno de sus pueblos.

Lo que la hace especial es la combinación Caribe + Sierra: la cadena montañosa costera más elevada del mundo, con 5700 metros de altitud en su pico más alto. Vamos, que no hay una montaña más alta y tan cerca del mar en ningún sitio mundial.

Como prueba de la importancia de la zona, aquí os cuento un caso muy curioso que conocí en Palomino: por allá en los setenta, un grupo de colombianos de diferentes partes del país, agobiados por la forma de vida del mundo moderno, se fueron juntando, sin saber muy bien cómo, en esta Sierra, y adoptaron las formas de vida indígenas: vivían alejados de la civilización, araban la tierra, cuidaban a los animales, trabajaban en su espiritualidad… Y allí se quedaron veinte años viviendo en comunidad, y siendo finalmente aceptados por los indígenas.

Lo que me resultó más curioso es que todos con los que hablé coincidieron en que fueron subiendo a la Sierra por un impulso, sin saber si habría más gente ahí arriba o no. El plan era irse solos. Y poco a poco se fueron juntando, construyendo sus casas y conviviendo, con gente a la que anteriormente no conocían de nada.

Todos creían en el “poder de llamado” de la zona.

Playa de Palomino

Playa de Palomino

La Sierra, al ladito

La Sierra, al ladito

Sea como fuere, el caso es que hasta yo misma he estado atrapada aquí, sintiéndome totalmente incapaz de dejarla: esta zona tiene rollo, amigos. No sé cuál, pero lo tiene.

4) Su retórica

Los colombianos, por lo general, hablan fenomenal: tienen un castellano muy rico y expresan a la perfección sus ideas en palabras. Además, se les une que, como vimos en el punto 1, son muy educados, por lo que, hasta los más jóvenes cuando hablan con sus amigos, usan el Usted, y no es nada raro escuchar su forma alargada “Vuestra Merced”.  Es muy raro que pasen al tuteo. Muy raro. Entre hermanos se hablan de Usted.

A la hora de escribir pueden cometer más faltas que nosotros, sobre todo con la “c” y la “s”, con las que creo que todos los latinos tienen un buen follón armado, porque no las distinguen fonéticamente y la única manera de diferenciarlas es leyéndolas mucho. Sin embargo, la tradición oral se conserva rica e intacta: expresan en palabras sus ideas, usando muchísimos adjetivos que yo no he escrito en mi vida, y convencen con ellas.

Claro que los jóvenes, sobre todo dependiendo de su estrato social, tienen su jerga. Pero es una jerga suave por lo general, sobre todo comparándola con España.

Como me han dicho en más de una ocasión de manera educada, pero diciéndomelo al fin y al cabo, la manera en la que hablamos los españoles les parece grosera (me encanta que usen este adjetivo, que es fino a la par que contundente). Poco a poco me he ido dando cuenta de que tienen razón, y de que en mi vocabulario destacan joyitas como: “por lo cojones”, “me la suda”, “estoy hasta la polla”, “que le den por culo”, y un amplio espectro de exabruptos que no dejan en muy buen lugar a nuestro país, en cuanto a riqueza oral se refiere. Y eso que yo soy más o menos educada, que viendo Gandía Shore, reality que adoro, y fijándome en este punto, he alucinado. Si le pongo cinco minutos al azar a cualquier colombiano, convulsiona espontáneamente.

Da gusta oírles hablar, oiga. Y dan ganas de que en España haya una asignatura en las escuelas en la que enseñen a los niños a expresarse correctamente.

Como me dijo Rául Querido un día, luego así pasa allí, que cualquier persona que se exprese medianamente bien es considerada un Dios. Véase el caso de Risto Mejide, por ejemplo.

Y por hoy ya hemos terminado, que me estoy alargando y el mapa del paint no se ha hecho solo.

Más motivos, muchos de ellos superficiales, en la próxima entrada.

Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (1)

21 Ene

Tras cinco meses aquí, creo que ha llegado el momento de hablar de Colombia. Esta mañana en la cama, pensando sobre qué escribiría en el blog, me he dado cuenta de que apenas os he contado nada del país. Sí, os he descrito diferentes anécdotas, os he hablado de Taganga y de un señor alemán, de que trabajé de chacha, pero poco más. No ha sido como con México, donde – creo – sí traté de expresar mejor lo que me parecía… o al menos como me hacía sentir como visitante – el guía que me tocó las tetas, mi historia con las travestis, Zihuatanejo… me parece que son entradas que dan a entender problemas que tiene el país – .

“¿Y eso por qué?”, me he preguntado mientras me duchaba – como veis, llevo una vida trepidante –, “¿por qué tanta diferencia entre lo que contaba de México y lo que cuento de Colombia?”.  Más allá de que una entrada analítica requiera más reflexión que otra simplemente descriptiva, creo que se debe a que la naturaleza de los países es muy diferente.

Os voy a poner un ejemplo algo choni, pero que creo que servirá para entender la situación: en este ejemplo México sería como el novio cabrón que te da mala vida, y Colombia el bonico con el que estás encantada y todo va bien. Mientras que el novio cabrón te hace darle mil vueltas a las cosas y aburrir a tus amigas con situaciones e historias para que te apoyen y te comprendan, con el novio bonico todo marcha, y cuando te preguntan que qué tal, tú sólo respondes: “Muy bien, muy bien, es tan encantador…”

Así es como siento los dos países: con México, a pesar de que lo adoro, hay que andarse con ojo; con Colombia, una simplemente se relaja y disfruta.

Hoy estoy hilando fino, fino, ¿eh?

Pero en realidad me parece muy injusto, así que vamos a darla al novio bonico lo suyo. Ya vale de que, por no dar problemas, esté siempre en la sombra: lancemos todas sus virtudes al aire. Y más cuando este bonico tiene mala fama entre tus amigos por su pasado cocainómano…

Hagámoslo, además, en diferentes entradas, que si no esto va a ser un coñazo.

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Colombia, el riesgo es que te quieras quedar: Éste es el claim de la campaña turística del país, y creo que está muy bien y es muy acertado.

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¿Y cuáles son los motivos que podrían hacer que te quisieras quedar? Vamos a verlos:

  1. Los colombianos.

Se dice que en los viajes la diferencia la marcan las experiencias y las personas que conoces, algo con lo que no puedo estar más de acuerdo. Creo que, más allá de visitar sitios y monumentos, que muchas veces se parecen entre sí y por tanto se terminan olvidando, de eso se trata viajar: conocer la cultura desde dentro, hablar con la gente y que te enseñen cómo funciona su país. Abrir la mente, aprender, entender que hay otras maneras de vivir, y decidir qué te gusta más. Por lo menos, para mí, así es mucho más gratificante… por eso viajo tan lento.

Colombia en ese aspecto tiene mucho ganado, y por eso es, junto a Brasil, uno de los países predilectos por los mochileros que se cruzan toda Sudamérica: los colombianos son encantadores, amables y educados. Al primero que conocí fue a Javier, mi anfitrión bogotano, el perfecto y educado colombiano del que ya os hablé en su día. Los demás, si quizá no todos han conseguido estar a la altura, que es mucho decir, sí han superado el examen con nota.

Me sigue pareciendo impresionante lo mucho que desean – y por tanto consiguen – que conozcas su país y que te guste. En esto creo que también influye que quieren, y con razón, quitarse su mala fama ante el mundo y que además hace poco que están abiertos al turismo; ya veremos si les hace tanta gracia en veinte años. El caso es que, de momento, quien lo visita se siente arropado, querido y bienvenido.

Aquí os van dos anécdotas sobre este punto:

a)      Estaba yo desayunando en un café de San Gil, cuando un señor de mediana edad, que me debió de oír pidiendo la comida, se me acercó y me preguntó si era de España. Le dije que sí y me comentó, todavía de pie, que justamente estaba leyendo un artículo sobre la crisis. Tras unos minutos de cháchara, me pareció tan majo que le invité a sentarse conmigo. Se llamaba Paco, era biólogo, y simplemente quería conocer un poco mi historia: saber por qué estaba en Colombia, si me estaba gustando, etc. Le conté de todo y me escuchó con una sonrisa. Él me habló de cosas que podía hacer en San Gil, me recomendó varios hostales baratos donde quedarme, pagó la cuenta y después se despidió con un (literal, porque lo apunté en el cuaderno): “Bienvenida a Colombia. Seguro este país te va a acoger como te mereces”. Y se marchó. Sin pedirme el teléfono ni nada. Sólo por el placer de hablar con una extranjera, conocerla y lograr que se sienta acogida en su país. ¿Se puede ser más amable que eso?

b)      Estaba en Villa de Leyva, visitando el Museo Casa de Antonio Nariño, un militar que luchó por la independecia de las colonias americanas, y al ser temporada baja era la única visitante. El museo era gratis y una señora encantadora me explicó cada pieza que contenía. A mitad de la visita apareció su hijo, un niño de unos seis años, que me miraba sin cesar y con el que me puse a hablar en cuanto su madre terminó la exposición, porque echo muchísimo de menos a mis sobrinos. A la salida, todo bonico, me intercepta y me pregunta que qué voy a hacer. Le digo que mi plan es visitar el pueblo y me pregunta que si me puede acompañar. Le digo que claro.

No me invento nada, este niño existió

No me invento nada, este niño existió

Este niño se pasó conmigo dos horas en Villa de Leyva, enseñándome cada esquina y siendo todo el rato encantador. Yo, con mi mentalidad de primer mundo, pensaba: “Ay, luego me pedirá pasta o algo”. Pues no sólo no hizo eso, sino que le pregunté si quería tomar algo y me dijo que no. El niño me acompañó sólo por enseñarme su pueblo y hablar conmigo. Cuando le dije que era de España, muy mono me preguntó que si eso estaba en Perú.

“Pero era un niño”, diréis, “los niños son así: bonicos y entusiastas”. Pues yo no me he cruzado con otro igual. Estaba bien educado, por padres muy seguramente también correctos, amables y abiertos.

¡¡Y por hoy ya está, amigos!!

¿Os habéis quedado con ganas de más? Más razones por las que quedarse – el país, su retórica, la cocaína y mucho más – , en próximas entradas.

Últimamente no me pasan muchas cosas, dejad que alargue lo poco que tengo que ofreceros.

México: ajuste de cuentas

14 Ago

Tras casi tres meses de viaje en México, y a dos días de volar a un nuevo país, toca hacer balance de todo lo vivido y aprendido. Es la entrada que más me está costando escribir, pero también en cierto modo a la que le tengo más ganas, por tratar de asentar en mi cabeza todo lo que llevo pensando hace semanas; me siento como en el colegio, cuando tenía que escribir un comentario de texto de una obra que no había entendido del todo bien y trataba de salvarlo como fuera.

En primer lugar, y aunque suene innecesario para muchos, diré que no voy a tratar de hacer una descripción de los mexicanos, ni de su cultura o de su país, sería absurdo: simplemente quiero poner en orden las experiencias que he tenido, lo que he leído y las impresiones, siempre personales, que todo ello me ha aportado. Como sabéis, me han pasado cosas muy buenas y otras regulares.

También espero no decir que México es un país de contrastes, aunque ciertamente no le falte razón a esta manida afirmación. Pero quién sabe, puede que incluso termine siendo la conclusión de la entrada.

Vamos allá, pues.

México es, sin duda, un país acojonantemente bonito. Soy incapaz de recordar alguna estampa que no me haya gustado. Todas las ciudades y pueblos que he visitado son preciosos, incluso los que he visto de pasada desde el autobús. Me cuenta Marco que aquí se dice que cuando Dios creó el mundo, fue poniendo cosas por todos lados… hasta que le quedó hacer México. “¡Chinga! ¿Y ahora qué le meto? Pues venga, tantito de todo”. Y así es, México tiene DE TODO: extensos desiertos, insondables selvas que cubren vestigios desconocidos de civilizaciones prehispánicas, coquetos pueblos perdidos en la sierra, playas de arena y agua cristalina de las que no os querríais ir nunca jamás, inmaculadas ciudades coloniales e impresionantes y enigmáticas ruinas que dejan mudito al que las observa. Al parecer en el norte del país hay hasta pistas de esquí, para quien guste romperse una pierna. El DF cuenta además con algunos de los mejores museos del mundo: Antropología, Bellas Artes y el Palacio Nacional.

Tiene todo lo necesario para pasar unas buenas vacaciones. En mi caso he disfrutado mucho con las ruinas: Teotihuacán, Uxmal, Kabah, Ek-Balam, Chichen Itzá, Tulum y Cobá. Palenque, que sigue siendo mi preferida, la conocí hace seis años. Si pudiera regresar a algún momento histórico, estoy segura de que sería éste; en concreto, me volvería loca saber cómo fue la gran Tenochtitlán, donde hoy está el DF: ciudad sobre un lago que dejó de piedra a Hernán Cortes.

Creo que los mexicanos, como ya he dicho en varias ocasiones, son muy hospitalarios y fiesteros, hasta el punto de que hasta la muerte les resulta un buen motivo de parranda. Te abren las puertas de su casa y les encanta contar interminables historias y hacer bromas – el DF es conocido por su albur, en el que juegan continuamente con las palabras y su doble sentido para provocar la risa. Es, pues, un país ideal para viajar sola, pues nunca te va a faltar alguien que se interese por ti y te dé conversación.

Y es además un destino perfecto para viajar sola porque es un país seguro. Sé que algunas de las cosas que he contado pueden dar lugar a que no os lo creáis, pero así es. La máxima es: “si tú no te metes en problemas, no te pasa nada”. Por descontado, esta frase chirrió incansable como un resorte raído en mi cabeza tras mi aventura con las travestis; pero como también dije, me pasé de curiosa y, por lo tanto, pagué las consecuencias. Hay cosas que es mejor no conocer. Es como si voy a Madrid y visito Las Barranquillas, pues mira, mejor no. Sin embargo, ya con la lección aprendida y a toro pasado, es una experiencia más, y hasta puede que me sienta un poquito halagada.

Dicho esto, también creo que si te quieres meter en problemas, México es el sitio perfecto. A lo largo de este viaje, y gracias a viajar sola, he conocido a muchísima gente de todo tipo: en su gran mayoría, gente muy amable y educada, personas orgullosas de su país que se mostraban abiertamente felices de que no tuviera miedo y viniera sola a conocerlo; pero también, y en un principio no contaba con ello, he conocido la otra cara de México: buenas personas que en su pasado estuvieron ligadas al crimen organizado y que tuvieron que salir escopetadas para no terminar con un tiro de gracia en la frente.

Historias oídas, que no vividas, y que no entrañaban pues peligro alguno para mí, pero que no dejan de hacerte ver que, tras esa máscara de parranda y risas, este país tiene otra cara más seria y peligrosa a la que hay que respetar. Y en la que no hay que meterse nunca jamás.

Tras conocer algunas de estas truculentas narraciones, que desde luego no saldrán de mi boca salvo quizá en mi círculo más íntimo, entré en una librería con la idea de comprarme un libro sobre el narcotráfico. Me había quedado demasiado consternada con todo lo que me habían contado, era como vivir una película; pero sobre todo me quedé preocupada con lo fácil que era meterse en ese mundo.

Su autora, Anabel Hernández, es una alabada y premiada periodista de investigación aquí en México. Lo recomiendo a cualquiera que esté un poco interesado en el tema, o a fans de series tipo The Shield y Breaking Bad. Leyéndolo, no se da crédito de hasta qué punto los narcos controlan a gran parte de los dirigentes municipales, estatales y federales del país. Y, por tanto, al país entero. Valga como ejemplo el caso de la “fuga” de El Chapo de la cárcel en la que cumplía condena antes de tornarse un mito nacional: queda demostrado en el libro, e incluso corroborado por el mismo capo, que fue ayudado en su huida por altos cargos de la Policía Federal. La misma policía por la que fue encerrado. ¿El motivo? Os lo leéis, que es muy largo de explicar.

Y es que no sé cómo será en otros sitios, pero por lo vivido y leído, queda bastante claro que aquí el crimen organizado es el dueño y señor del país. Sólo hace falta levantar la mano y tener el valor de robar, secuestrar o matar para que te metas de lleno en él a cambio de un sueldo más o menos razonable. Oferta hay para todos y demanda, por muchos motivos, no falta, señores.

Uno de los motivos, creo, es la educación. Todos los que me contaron historias de este tipo tenían en común que no habían estudiado. Desconozco cómo será el sistema educativo aquí en México, si es bueno o no. Pero el caso es que todos ellos habían dejado sus estudios a temprana edad. Y aquí, si no estudias, lo tienes mal para tener un salario decente, porque incluso los licenciados están mal pagados. Todos ellos tenían también en común que provenían de familias en las que se alaba la fuerza y el honor: en suma, al macho mexicano. Para ellos lo más normal era pues trapichear. Y aquí es sencillo. Y rentable.

Creo que la educación influye también de manera decisiva en el machismo que tanto me ha molestado. Todos ellos veían a la mujer como un objeto, al que primero conquistar, para acto seguido dominar y pisotear. De una manera leve, quizá, pero a la vez bastante contundente. De la educación y el machismo, también derivan las peleas – al macho mexicano le vuelve loco una buena pelea, cualquier motivo es bueno para, de nuevo, dominar a su contrincante – y las infidelidades –puede, e incluso diría que debe, tener cientos de mujeres; no así sus parejas, claro.

Como comenta Anabel Hernández en el libro, casi todos los capos del narcotráfico están cortados por este patrón: seres primitivos sin estudios que se dejan llevar por sus pasiones, por el honor y el dinero fácil, con el objetivo de terminar siendo el que tenga más mujeres, más huevos, el más inteligente, el más chingón.

El propio Chapo, uno de los hombres más ricos del mundo y al que todo el mundo describe como inteligente y retorcido, pero también encantador en su trato, nació en una familia campesina y pobre del Norte de México; su padre se dedicaba a la siembra de la amapola, de la que se extrae la heroína, y tanto él como sus hermanos dejaron la escuela para ayudarle en el campo y así sacar más dinero. La primera vez que fueron a venderla a la ciudad, decidió que se dedicaría a eso, pero a un nivel más ambicioso: la compraría y la distribuiría.

Se dice que los niños en el Norte, cuyas familias siguen viviendo de esta siembra, juegan a ver quién será el próximo Chapo. Es lo que les queda, con lo que les dejan soñar: honrar a sus familias siendo respetados, ricos y deseados, o ser pobres y débiles.

El narco no sobreviviría de la manera que lo hace sin políticos y policías comprados: ya sea por sacarse un sueldo extra o porque son extorsionados por los diferentes cárteles. Sin ganas de meterme en política, porque no he leído apenas nada y no estoy enterada, sólo apuntar que en el libro, escrito en 2010, se nombra a Peña Nieto tres veces: las tres, sorprendentemente, es gran amigo y aliado de lo peorcito del este mundillo.

La sensación final del viaje es, por tanto, un poco agridulce. Y es agridulce porque me da mucha pena que un país tan bonito y con tantos recursos naturales, que podrían explotarse de manera legal, y cuyos habitantes por lo general son tan generosos, divertidos y hospitalarios, esté lacrado por un negocio tan sucio, pero a la vez tan rentable, como el de la droga (y sus derivados, como la trata de blancas… ¡jarl!).

Es una realidad del país que de primeras no me esperaba encontrar. Yo venía a hacer turismo, comer tacos y tirarme en la playa. Pero, a la vez, no puedo estar más agradecida y contenta de que me hayan dado la oportunidad de conocerlo un poco más como es en realidad, aunque eso conlleve haberme llevado algún mal rato que otro. Me parecería un pequeño fracaso haber estado aquí tres meses e irme sin historias turbias que poder contar en una cena en España. Al final, tengo unas cuantas.

Han sido tres de los mejores meses de mi vida. Volvería, y seguro volveré, mil veces. Como me ha dicho Marco: “México es tu trampolín a Sudamérica, todo lo que has conocido te va a servir mucho”.

Y estoy segura que así será.

Gimme the power, Zihuatanejo

12 Jul

¿Qué pasa con este blog? ¿Esto es todo lo que tenías para nosotros, mamarracha de mierda?

¿Dónde se mete? ¿Dirigiendo una banda de narcotraficantes para abrirse camino en el lucrativo mercado valenciano? ¿Se habrá puesto cerda a tacos y se niega a subir cualquier prueba de ello? ¿Colgando boca abajo del puente de una autopista? Nada de eso, amigos, el verdadero motivo de tan dolorosa ausencia es que he pasado dos semanas en un pueblito llamado Zihuatanejo y, allí, sus amables, hospitalarios y alcohólicos habitantes me han acogido como a una más.

Estos encantadores amigos son Tona, Carlo, Ana, Fabro, Cheko, Omar, Rodo, Laura, Leo, Manuel, Chayo… Desde el mismo momento en que llegué me abrieron las puertas de su bar y de su casa. Ha sido lo más cerca de vivir Friends que he estado nunca, sólo que el Central Perk se llamaba Barracruda: si querías hacer algo, sólo había que dejarse caer allí y la gente iba apareciendo, soltando chascarrillos y proponiendo planes. Quería presentároslos a todos con breves entrevistas, porque cada uno de ellos lo merecía, pero se me jodió la cámara a los pocos días de estar allí y no pudo ser. Qué le vamos a hacer.

Zihuatanejo es un pueblo turístico, pero no tanto como los demás sitios donde he estado, por lo que he tenido oportunidad de conocer México más a fondo. Algunas de las cosas que he aprendido son éstas:

La corrupción y el crimen organizado están a la orden del día. A un nivel elemental, claro, pero que no es difícil llegar a conocer si vives en un mismo sitio durante un tiempo. En México nunca sabes con quien estás hablando: una encantadora anciana puede ser la abuela del Chapo Guzmán, así que es mejor andarse con ojo. A esto se le une que los mexicanos son generosos y hospitalarios por naturaleza, por lo que son muchas las veces que te quieren invitar a algo. En esos casos, creo que lo mejor es aceptar, para que no se molesten, ser amable sin ser coqueta, y comer o beber rápido dependiendo de la pinta que tenga el tipo.

Un día una amiga y yo nos fuimos a comer y un señor nos invitó a sentarnos con él, porque no había más mesas libres. Era un hombre ya mayor que trabajaba en el sector de la construcción, coordinando proyectos en Zihuatanejo. Resultó ser muy amable, nos cantó canciones de amor en el escenario y nos contó su vida, haciendo mucho hincapié en que conocía a todos los políticos electos de la región. Segundos después, llegaron dos policías, se sentaron en la mesa y comieron con nosotros. La invitación, bastante elevada, corrió de su cuenta.

Las relaciones de pareja, o al menos las que he conocido, parecen ser más una lucha de poder que una relación, como quizá la entendemos nosotros. Y, como en toda lucha, siempre hay perdedores; casi siempre, la mujer. Hay mucha desconfianza y celos entre las parejas, pero también entre personas del mismo sexo, incluso entre amigos. Los hombres no se fían de los hombres ni las mujeres de las mujeres. Ahora entiendo por qué me cuesta tanto hacer amistades femeninas y tan poco masculinas. Por supuesto, mis amigos me alertaron de que, de primeras, un hombre sólo te habla si se quiere acostar contigo. Pero bueno, eso es así en todos lados.

Existe el machismo. Muy cabrón además. Y las mexicanas, por lo general, y algo muy loco para nosotras doñas topless, se bañan vestidas en el mar. Muy vestidas, en camiseta y pantalones, hasta el punto de que me sentía mal enseñando mi lorza serrana. Además, casi nunca llevan vestidos. De esto tardé bastante en darme cuenta, pero ayudó que tres de mis amigos, en diferentes momentos, me preguntaran: “Tú y tus vestiditos… ¿nunca te pones jeans?”. Supongo que todo ese rollo tendrá que ver con no dejar acceso “libre” a nuestro chocho. O yo qué sé.

El ahorita da mucha risa. Puede ser media hora, cinco horas o no llegar jamás. Cuando estuve allí fueron las elecciones y había ley seca todo el fin de semana. Dos días enteros en que cerraban los bares, no se vendía alcohol y sólo se podía beber en casa. Como entenderéis, era un tema bastante preocupante. Viernes, 22 horas y no habíamos comprado nada. ”Ahorita, ahorita la armamos”. Son las 23.50 y seguimos sin tener nada. ”Ah, es cierto, vamos a la vinatería”. Y la vinatería hasta los topes. Y los mexicanos muertos de la risa. “¡Por los pelos, wey!”. Pero como es México, la vinatería se quedó abierta media hora más.

Y es que también he aprendido que hay que restarle importancia a las cosas para ser más feliz. Los mexicanos nunca abren cuando toca, nunca llegan a trabajar cuando toca, nunca cierran cuando toca. Y ellos lo saben y les funciona. Un día Leo, el cubano, tuvo que tirar una puerta abajo de una patada porque se quedó cerrada por dentro y no penséis que nadie se preocupó por la fianza. Cuando se me rompió la cámara (tiene un defecto de fábrica, ¿vale?), me jodió bastante, pero se me pasó rápido, porque todos me dijeron que lo olvidara. “No te claves, Artemisa. Ya pasó”. Y así es. ¿No tengo todos los vídeos y fotos que quería para montar? Pues no pasa nada. Hoy me he comprado una muy baratita mientras me arreglan la otra y asunto resuelto.

Lo que he aprendido en Zihuatanejo es muy Gimme the power, estoy feliz de haber conocido a todas las personas con las que he tenido el placer de convivir dos semanas, y por todo lo que me han enseñado; por supuesto muchas de esas cosas me las quedo para mí.

El vídeo empieza en una de las noches de Ley Seca, para que veáis lo absurdamente árida que fue. Todo el finde así.

El lunes quedamos y Omar preguntó: “¿Hoy tomamos o qué?”. A lo que Cheko respondió: “Nah, hoy ya no tiene chiste”.

Lucha libre mexicana

16 Jun

En  Guadalajara fui a ver la lucha libre mexicana.

El margarita es sólo para ambientar.

El margarita es sólo para ambientar.

Es una de las cosas más divertidas del mundo. Además, todo mejora con la compañía adecuada, y éste fue uno de esos planes raros en los que se junta gente que no se conoce mucho, al principio da un poco de pereza, pero después todo termina siendo perfecto.

Los asistentes fuimos: Justina, una bonica americana de veinte años con la que compartía habitación y que estaba un poco asustada con todo el asunto; Felipe y Toño, dos músicos mexicanos que no habían ido nunca a las luchas, amigos de unos amigos que hice en Guanajuato, además de enormes anfitriones guadalajareños, y yo misma, que llevaba días queriendo ir y de la emoción me temblaron las piernas al entrar en el Arena.

Están dos cerdas mexicanas, una norteamericana y una española...

Están dos cerdas mexicanas, una norteamericana y una española…

Con las entradas en la mano, y como quedaban veinte minutos para que empezaran las hostias, Felipe y Toño propusieron que fuéramos a un 7-eleven a por cerveza y así aprovechar el rato. “Estas cosas se ven mejor borracho”, decían. Y ésta es una de las razones para las que me gusta tanto México: no hay necesidad de ocultar a la valenciana que hay en mí, porque allá donde mires, siempre habrá fiesteras mucho peores. Se siente una como en el centro de Benimaclet.

Os cuento brevemente de qué va el asunto, o lo poco que saqué en claro ese día:

Generalmente las peleas son por parejas. Están los rudos (los malos) contra los técnicos (los buenos). El público suele ir con los técnicos, a no ser que haya un rudo que sea más carismático y sepa cómo ganárselos. En cada evento se dan cinco peleas a tres asaltos cada una. La peor humillación para un luchador es que le quiten la máscara, porque su verdadera identidad queda al descubierto; hay algunos que la pierden una vez y tienen que luchar siempre sin ella. Y ya no son luchadores enmascarados, superhéroes; son otra cosa. También hay duelos de caballeras, en los que quien pierde, se rapa.

Como todas las cosas buenas de la vida, como Mujeres, Hombres y Viceversa, lo enorme de este espectáculo es que hay gente que se lo toma muy en serio y gente que no. Unos, claramente diferenciados, que lo vibraban y se desgañitaban, enfurecidos, gritando: “¡Chinga a tu madre, puto!”, “¡Sácale los ojos, culero!”, hasta otros que simplemente iban a pasar el rato, beber y morirse de la risa. Todo bañado con buenorras embutidas en licra, cerveza y palomitas por todos lados.

Fue un gran plan de domingo, si viviera aquí estoy segura que iría muy a menudo. Os cuelgo un montaje de este orquestado festival del dolor; estaba prohibido entrar con cámaras y grabar, y nos llamaron la atención un par de veces, así que la calidad no es la mejor. Pero os hacéis una idea.

Por cierto, “simón” es “sí”, todo lo adornan estos mexicanos.

Ese guía que viene de Guanajuato y me toca las tetas

4 Jun

Ayer hice una excursión por los alrededores de Guanajuato.

Una excursión para ver los lugares donde empezó la revolución de los insurgentes mexicanos en 1810. Una excursión en la que me tocaron las tetas.

El autor de los hechos fue un repugnante guía mexicano con cara de haberse metido más de una fiesta y aproximadamente unos cien kilos de cocaína a lo largo de su vida. Entre los dientes tenía ese irresistible baño de mierda que se va solidificando en el arranque de las encías y que ya sólo puede salvar una concienzuda limpieza bucal. Si hay cojones de meter cualquier tipo de instrumental esterilizado en ese pozo mortal.

Os lo voy a presentar. El vídeo es una mierda, la señora de la visera rosa estaba empecinada en salir siempre en medio de todo, pero en el segundo 39 podréis deleitaros (¡oh, suertudos!) contemplando a este Adonis de la naturaleza, que calza y luce pantalones a la altura de los sobacos; ni Cachuli en sus mejores momentos.

En los últimos segundos del vídeo, también podréis escuchar su melódica voz.  Todo esto ocurrió momentos antes del punto 1, más abajo ¡Lo tenía todo bien atado! ¡Genius!

Cary Grant, Humphrey Bogart, George Clooney y este señor.

Pero sin rencor, joder, ya basta de desaires contra este pobre trabajador del turismo mexicano. Seré un poco justa y le reconoceré que fue muy sutil. El punto justo de sutil como para que me diera palo reprenderle, pero no tanto como para que me pasara desapercibido. Ese justo jodido punto de sutilidad en el que sabes que te la están metiendo, por detrás, y no puedes ni siquiera abrir la boca para decir: “What the fuck, amigo?”

Éstos fueron los hechos, juzgad vosotros mismos:

1)      Final  del vídeo >> me saca la foto >> me devuelve la cámara y en vez de dármela en mano, decide que es mucho más natural dármela a la altura de mi teta y rozarla levemente. En este primer momento, pensé: “¿Será posible, Dios mío?”.

2)      Usa la excusa de enseñarme una capilla que se ve desde un diminuto mirador en el que apenas cabemos los dos, me rodea por el hombro con sus muertos dedos y… los deja caer. Muy finito. Y elegante.

¡No os creáis que no hice nada! Ahí ya me aparté y le miré mal. Ay, si las miradas matasen…

Todo esto apenas tendría importancia si en México no se tuviera que dejar propina por todo. Y sí, sí… ahí fueron mis 20 pesos al final del viaje. Sé que tendría que haberle dicho: “La propina ya te la has cobrado un par de veces, ¿no crees?”. Pero no lo hice; porque acabo de llegar, esto es un pueblo, este señor probablemente tenga contactos con el cártel de Guanajuato y no quiero líos. Y a quién quiero engañar: tampoco es que me quedara traumatizada con el tema. Asco sí, trauma no.

En fin, supongo que poco a poco iré pillándole el rollo a estas situaciones e iré saliendo airosa y con gracejo de ellas.

De momento, aquí va mi pequeña venganza. ¡Corred la voz!

¡Seguro que esta entrada le jode la vida!

JAJAJAJAJAJA… ¿quién se ríe ahora, eh, dirty piñetitos?

MEXICO D.F.

30 May

Llegué a Mexico D.F. el 20 de mayo y me quedé una semana y un día. Creo que desde ya es una de mis ciudades favoritas del mundo, igualando incluso a Venecia, Toledo o Quart de Poblet.

Es verdad que al principio acojona un poco. Pero cualquier persona que haya pasado por lo menos cuatro días allí, coincidirá en que mola, o eso creo; en que es una ciudad que tiene actitud, característica que va del todo unida a molar.

No es Venecia, no te duelen los ojos de tanta belleza por todos lados. Y puede tener muchos defectos, por algo le llaman el Defectuoso, pero tiene toda la actitud del mundo, llegando a los niveles más acusados de “¿pero cómo mola esto, por favor?”.
¿POR QUÉ MOLA EL D.F.?

1)      Porque parece mentira lo enorme que es

Una de las cosas que te dejan más flipado al llegar es que es del todo inabarcable. Cuando lo sobrevolé era de noche, y no se alcanzaba a ver el final. Todo lleno de luces, de una punta a la otra. 20 minutos nos costó empezar a bajar… Puede que exagere, vale, pero es para que os hagáis una idea de lo que estamos hablando.

Es muy  grande, ¿vale?

Una vez en la ciudad, no puedes llegar de un sitio a otro sin tardar por lo menos media hora a pie. Cuando te quieres dar cuenta, llevas todo el día caminando, y apenas has visto 4 ó 5 puntos turísticos.

Y os preguntaréis: ¿que sea tan grande es entonces un punto a favor? Pues sí lo es. Porque cuando te encuentras con algo tan grande, te emocionas y te quedas paralizada pensando: ¿y qué hago yo ahora con esto?

2)      Por el Zócalo

El Zócalo, la plaza principal del DF, es acojonante. En plan bien.

El primer día que lo vi iba escuchando esta canción brasileña, y me dio tanta emoción que no pude parar de sonreír en todo el rato.

Hacía un buen día, la gente estaba contenta,  a pesar de ser lunes, los comerciantes vendían, la gente compraba… por todos lados que miraras, pasaban cosas.

Vista desde el Campanario de la Catedral

Vista desde el Campanario de la Catedral

La Catedral

La Catedral

La bandera y EL AMOR

La bandera y EL AMOR

¿Qué es lo que mola del Zócalo? Pues que también es muy grande. Y en el centro, ondeando, está una de nuevo, enorme, bandera de México, que es bastante bonita. A un lado está la Catedral, herencia española y que nos quedó bien maja.

El Zócalo está muy bien.

Es el sitio indicado para hacer Flashmobs.

3)      Por la Plaza de la República y el Monumento a la Revolución

Esta fue la primera gran plaza que vi y me encantó. Me acerqué porque en el mapa ponía que estaba cerca de donde me encontraba (20 minutos) y vi que había un monumento a la Revolución. Y me dije: “Ei, aquí se tienen que haber montado algo bastante, bastante guapo”.

Pues sí.

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Se han montado un casco de Mazinger que no te lo crees cuando lo ves. Tiene unas dimensiones colosales; recuerda a la arquitectura nazi, en la que todos los edificios eran a lo grande e infundían respeto. Pues así es este casco: te das cuenta de que los mexicanos no se andan con tonterías cuando se ponen serios. Cuerpos colgando de autopistas sin cabeza y esas cosas.

Por esta plaza pasé cerca de seis veces en mi semana en el DF, porque me volvía loca. Y cada vez que pasé, había alguna liada.

El primer día había como una conmemoración de la muerte de algún general y me encontré con lo que parecía ser el Club del Suicidio.

El club del suicidio a punto de saltar

El club del suicidio a punto de saltar

El segundo había un concierto así como revolucionario, del que no pude hacer fotos porque ya no tenía batería.

El tercero estaban los militares desfilando.

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Y el cuarto pasaba esto:

 

 

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En mitad de la plaza, con el casco de fondo, encendían agua que salía desde el suelo y la gente se volvía literalmente LOCA.

Una plaza animada. No es que sea yo muy de plazas, siempre he sido más de sofá. Pero en esta plaza me hubiese quedado horas y horas simplemente mirando.

4) Por el metro

El metro del DF fue de las cosas que más miedo me dieron así de primeras. Antes de montarme. Y bueno, después de montarme también un poco.

No me he sentido más escaneada que allí en mi vida. Y la mayoría de veces no era para bien. No eran miradas lascivas con las que me pudiera sentir HALAGADA; por lo general simplemente se leía: “¿y esta tía que hace aquí?”. Conforme fui subiendo más, y me fui relajando, ellos también me veían más relajada, creo, y todo se normalizó. Ya sabéis, tú te relajas, yo me relajo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que básicamente les daba igual. Así que te podías dedicar a mirar a todo el mundo mientras pasaban de ti.  Y así, poco a poco, le fui pillando el punto.

Y en verdad no es más que un puto metro. ¿Y entonces por qué me gustó? Por tres motivos: por lo que ves en él, por los vendedores ambulantes y porque está muy bien organizado.

Hubo decenas de fotos que quise hacer y que no hice. En concreto me jodió no hacerle una foto a una encantadora señora muy moderna, toda vestida de verde, maquilladísima y con un moño a lo Amy Winehouse que se estaba pintando cuidadosamente las uñas mientras lidiaba a duras penas con el traqueteo y el bullicio del vagón.

Además, en cada parada se suben vendedores con las cosas más locas que te puedas imaginar: fundas de colores para diferencias las llaves, filtros de los que pones en el fregadero para que no se cuele la comida, kleenex, juguetes para los niños, bolis… De TODO. Y te venden las cosas de una manera que a mí me hacía gracia: “Y aquí tienen este estupendo regalo… para el niño, para la niña… no se lo piensen más. 10 pesos vale, 10 pesos le cuesta. Está al precio de me lo llevo”. Con una cantinela (a veces mejor, y otras peor) de lo más molona. Es la mar de entretenido. Yo me compré dos paquetes de kleenex por 5 pesos. Me puse nerviosa al hacerlo, pero luego me salió muy bien.

Además, está muy bien organizado: en las horas punta hay separación entre hombres y mujeres. Y que viva la discriminación positiva.

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A mí un día se me pasó ponerme en el de mujeres, y quieras que no, si se te quieren frotar, se te frotan. En ese momento, cuando me vi rodeada por seis señores con bigote que me sacaban una cabeza cada uno, cerré los ojos y pensé en otra cosa; en plan: “Haced lo que queráis, pero hacedlo RÁPIDO”. No estaba en posición de ponerme a discutir.

5)      Por la comida, y los puestos callejeros de comida

Todo el DF huele a comida. A tortillas de maíz. Y huele muy bien.

Mucha gente come en la calle, donde puedes zamparte 5 tacos a 20 pesos, que viene siendo un euro y medio. A mí me costó lanzarme, sobre todo por la variedad que tenían, y que no entendía la mitad de lo que me ofrecían.

Más tarde, hablando con Luis, mi amigo de Madrid que vive allí y que me acogió de mil amores en su casa, me dijo que todo es lo mismo: tortillas de maíz con cosas. Ya he empezado a hacerlo y además de más barato, tiene otro rollo comer en la calle. Es más gorrino, pero más mexicano.

Todo esto vale igual para los mercados en los que se venden más cosas además de comida. En Tepito, un mercado callejero en el que Alaska & Mario perderían la cabeza y que es, otra vez más, enorme, puedes encontrar de todo y además te sirven cerveza fría. Así que no hay color.

6)      Esa rave llamada Xochimilco

Xochimilco es otra historia. Hace gracia ya desde el nombre. Es una de las zonas al sur del DF que conserva los canales por los que estaba bañado todo Tenochtitlan y que los españoles nos esmeramos en cubrir con toneladas de cemento cuando llegamos.

Es, por decirlo así, como una Venecia mexicana. Pero claro, de nuevo, con mucha más actitud.

El tema es alquilarte una trajinera (canoa), por unos 300 pesos (unos 18 euros) y te dan una vuelta por los canales de una hora y media.

Los 10 primeros minutos fueron trágicos: Yo sola, con una Corona, que amablemente te ofrecen, dices que sí y te cobran, y con mi trajinero, Don Manuel, un señor mayor y grandote que estaba sudando a tope por desplazar mi culo de negra por los canales. Por si esa estampa no os parece lo suficientemente triste, tranquilos, que empeora: y lo hace cuando se cruzan otras trajineras llenas de mariachis que no ayudan a normalizar la situación. “¿Pues y qué hace Usted tan solita? ¿No querría una canción a 100 pesos para animarla?”. ¡Sí, claro. Por qué no!. Y cuando terminéis me tiro al canal.

Don Manuel

Don Manuel

 

Trajineras

Trajineras

 

Así fue el inicio del recorrido, pero a partir del minuto once, y conforme la Corona y el sol hacían su efecto, todo se volvió maravilloso. No os voy a mentir, ayudó mucho encontrarme este bar valenciano que me hizo muchísima risa. El Bar Norteño. Todo lleno de música tranquila, de mariachis… y de pronto, EL APOCALIPSIS.

¡Makinetas mexicanos! ¡Los primeros de mi vida! Se me notó tantísimo que hasta Don Manuel me preguntó si me quería bajar allí. Después de dudar dos segundos y de recordar el sabio consejo de mi hermana Aglaia (“Cuidado con el drinkin”), espeté un titubeante: “No, no”.

Y es que fue entonces cuando todo cobró sentido y me di cuenta de que la gente va a las trajineras a ponerse CIEGA. Las familias, los grupos de amigos, se pillan música y alcohol y se hacen el recorrido largo, de cuatro horas y echan el día. A lo largo del canal, hay bares para ir al baño, parar a comer si quieres… vamos, un gran plan. Y todo rodeado de color, y música mariachi. Algún día volveré con amigos y esos makinetos ubicarán Valencia en el mapa.

Por si no hubiese sido suficientemente loca esa visión del México-fiestero, voy y me meto en este autobús de vuelta a casa.

7)      Porque todo el mundo te saluda y te quiere invitar a algo.

La gente del DF es muy amable y siempre te quiere invitar a algo. Uno de los amigos de Luis, Xaks (no sé si se escribe así), el primer día que nos encontramos me invitó a cenar, cocinado por él, una carne con chile y frijoles riquísimos.

En el metro conocí a una encantadora señora llamada Lucy, que me quería invitar a comer conejo a su casa. Estuve a nada de hacerle el chiste, pero mejor no.

El trajinero Don Manuel por poco me lía para hacerme una ruta de pulque (una bebida fermentada, similar a la cerveza, que no es cerveza, pero te pone igualmente ciego) por Xochimilco. Una vez más, la frase de mi hermana retronó en mi cabeza.

Por la calle me preguntaron tres o cuatro veces que de donde era, mientras yo agarraba bien fuerte el bolso, y cuando contestaba simplemente me decían: “¡Ah, España! ¡Pues bienvenida! ¡Que le guste, pásela muy bien!”.

¿Cómo es esto de GUAY?

8)      Porque la gente interactúa en los cines

Un día, ya cansada de tanto turismo y tanto caminar, me metí al cine a ver Casa de mi Padre. El plan no pudo ser más guay. No mola tanto como Zoolander, pero tiene a Will Ferrell, que sale mucho y hace gracia todo el rato hablando español.

CASADE MI PADRE

En el cine, todo el mundo interactúa: se ríen sin parar con las mayores paridas, contestan a las preguntas, comentan los mejores chistes… muy gracioso todo.

9)      Por Teotihuacan

Teotihuacán son unas ruinas que están a unos 50 kilómetos del DF y que están muy bien. Vale, no están en la ciudad, pero forman parte de ella. Todo el mundo va a verlas desde el DF.

Son de una civilización de lo que apenas se sabe nada, anteriores a los aztecas, y que se montaron una ciudad bastante maja, pero con poca sombra, así a lo tonto.

Lo más impresionante que he visto por el momento en este viaje es la Pirámide del Sol.

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Es enorme, altísima, y la muy cabrona me hizo darme cuenta de que tengo un estado físico lamentable. Los ancianos mexicanos se la subían sin pensar, de un tirón. Y no fue mi caso.

Y desde arriba del todo

Y desde arriba del todo

En la cima había decenas de mariposas sobrevolándola. Igual es que vuelan alto, yo qué sé, pero sí parecía que ahí pasaba algo especial. Energías y esos rollos.

10)      Por lo loco que es el tráfico y lo bien que lo llevan

El tráfico del DF va muy a tope. Los peatones y los coches tienen como un acuerdo tácito de no agresión, que por muy loco que sea, parece que les funciona.

Esto es, los peatones pasan cuando LES DA LA GANA, intentando no cambiarle mucho los planes a los coches, y éstos van al tanto de no atropellar a la gente. Digamos que el que marca el minuto es el peatón, pero también el que tiene más las de perder. He llegado a ver a gente santiguarse antes de poner un pie en la calzada.

Está eso, y las que lían los coches. Como apenas conduzco e iba a pie, seguro que me salté un montón de éstas, pero… aquí tenéis las rotondas de doble sentido sin semáforo. ¿Cómo?

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11)      Por la sensación de que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento

Ver a un niño durmiendo entre porno pirata

Ver a un niño durmiendo entre porno pirata

Ver donde mataron a Trotski

Ver donde mataron a Trotski

Comer en otro tipo de McDonalds

Comer en otro tipo de McDonalds

O en un Vips

O en un Vips

Encontrarse a Raúl Navarro

Encontrarse a Raúl Navarro

O a Pilar Bardem

O a Pilar Bardem

Descubrir que PIlar Rahola se lía la manta a la cabeza y se presenta a las elecciones mexicanas

Descubrir que PIlar Rahola se lía la manta a la cabeza y se presenta a las elecciones mexicanas

Encontrar fotos de portada para el facebook

Encontrar fotos de portada para el facebook

Asistir a una misa con gente comiendo y sentada en el suelo

Asistir a una misa con gente comiendo y sentada en el suelo

Y por supuesto ser el primero en ver Kill Bill 3

Y por supuesto ser el primero en ver Kill Bill 3

 

12)      Porque es una ciudad que funciona, aunque esté todo siempre al límite de no funcionar

Aquí le robo la tesis a un amigo de los de la casa que vino un día a desayunar. Y lo hago tranquilamente porque creo que ni siquiera me presenté y seguro que nunca entrará en el blog.

Pero es cierto. El D.F. alberga a una quinta parte de la población mexicana (20 millones de habitantes, más o menos la mitad de la población española), está sobre el agua, sufre terremotos cada dos por tres, los cableados de luz son de risa, el tráfico es un caos, la gente monta y desmonta sus puestos de comida en un santiamén… y sin embargo todos lo toman como si fuera normal, y lo disfrutan. Porque no se sabe muy bien por qué, la ciudad funciona.

Y si con esta chapa no os he convencido todavía para que os animéis a conocerla, pues mira… que os den.