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El día que sobreviví a una limpieza dental en Colombia

18 Abr

Hola amigos, hoy vamos a dejar el optimismo a un lado.

Hoy vengo a conectar con mis lectores más decaídos, que sé que disfrutarán como niños con esta historia.

Y también vengo a daros un consejo: nunca, nunca jamás, ni aunque os paguen dinero, que por otro lado es bastante improbable, os hagáis una limpieza bucal en Sudamérica. NUNCA. Y generalizo porque, teniendo en cuenta que Colombia es uno de los países más avanzados del continente, me permito hacer extensible, sin dubitaciones, esta dolorosa moraleja al resto de sus vecinos.

Todo empezó una tarde de marzo, en Duitama, una pequeña ciudad del interior del país en la que pasaba poca cosa hasta que vio nacer a Javier. Estábamos con su madre, que muy sabiamente le alentó a hacerse todos los chequeos médicos del mundo antes de partir a Ecuador. Entre ellos, estaba ir al dentista y hacerse una limpieza dental.

“Es una dentista muy buena y que no cobra caro”, dijo su madre.

“¡Venga, nena!”, pensé. “Vamos a ser un poco responsables con la salud dental, que sólo tenemos un juego de piños en la vida, ¿eh?”.

“Pídame a mí también sita”, le comenté, sin cavilación alguna, y orgullosa de mi juiciosa decisión.

En mi cabeza la cosa iba a ser un poco así. Así de todo, de limpio y de buenorra

En mi cabeza la cosa iba a ser un poco así. Así de todo, de limpio y de buenorra

La sita fue para al día siguiente a las diez de la mañana.

Me desperté relajada y sintiéndome bien por ir a cumplir con mi deber como persona decente que soy, y hasta con cierto entusiasmo por limpiar al fin la mierda que se había solidificado entre mis dientes tras largos meses de tacos, arepas y empanadas.

Llegamos a la consulta, que venía a ser un cuartucho con dos muros que la separaban de otros colegas médicos. La dentista era la típica señora regordeta y parlanchina que quiere caerte bien hablando de mil tonterías, sin darse cuenta de que es una táctica inútil: jamás seremos amigas, simplemente porque has elegido ser dentista. Jamás serás un imán social, porque entre todas las profesiones del mundo, has elegido una que se basa en hacer daño, mucho daño, a la gente. Podrás tener mi sarro dental, mis muelas, pero nunca mi amistad; aunque inventes el mejor chiste del mundo, imites a Chiquito mientras me enjuago la boca o juegues a hacer eso de que bajas una escalera imaginaria tras un murete. Y que objetivamente me hace gracia. Si lo haces tú, juro escupirte con toda la fuerza que pueda, proyectando mi saliva ensangrentada, tras tus dolorosos tejemanejes, directamente a tus ojos.

TOTAL. Que de primeras no me cayó bien.

“¿Por quién empesamos?”, preguntó.

“Pues creo que por mí, que tendrás más trabajo”, le dije así como bonica. Porque la odiaba, pero con una sonrisa, rezando por me tratara todo lo bien que pueda tratarte un dentista.

“¿Si? ¿Y eso por qué? ¿Fumas? ¿Bebes café, o vino tinto?”, me preguntó.

“Mogollón de todo eso”, le contesté.

“Uhmm…”, sonrió, enseñándome una dentadura perfecta, creo que a modo de mofa. “Siéntate”

Me siento y me enfrento a esos eternos y duros segundos previos a abrir tu boca y mostrar todas tus miserias. Algo similar a lo que debe de ser ponerse en bragas frente a Natalie Portman. Esos segundos en los que te sientes desnuda y desvalida, y clamas al cielo para que te haya tocado una idílica dentista maja. Que no existe, claro.

“¡Madre mía! ¿Cuánto hace que no te haces una limpieza?”, me comenta, sin demostrar la más mínima sensibilidad hacia mis tragaderas.

“Pues señora, un año, cuando salí de España”.

“¿Seguro?”, continúa esa horrible mujer, sonriendo de nuevo y deslumbrándome con sus níveos dientes de revista.

“SI, claro que seguro”, le contesto, tajante.

“Hmmmm… Por lo menos no tienes caries. Aunque el empaste de esta muela de aquí está hecho en bloque, no es que se esmeraran mucho”.

“Pues me lo cobraron bien, ¿sabe? Bueno, ¿qué? ¿Empezamos?”.

Madre mía que si empezamos.

Estoy en la silla, de bastante mala leche ya, esperando oír ese horrible sonido del instrumento que usan los dentistas para quitar los cálculos, que es eléctrico, pero indoloro; su único dolor reside en el miedo infundado de que te vaya a cortar en cualquier momento.

Silencio. No oiga nada. Sólo el pitido de los coches en la calle.

Sin previo aviso, coge un palito metálico curvado y fino, que en España sólo usan para enseñarte algo en el espejo, y lo zambulle con determinación entre el hueco de dos de mis dientes inferiores, ahondando en las encías, y tira a presión, y con tesón, hacia arriba. Yo flipo. Al principio creo que simplemente está analizando el terreno, viendo a qué se enfrenta, pero a los cinco minutos me doy cuenta de que no. De que esa limpieza bucal va a ser ASÍ durante la siguiente hora, juro que la más larga de mi vida. A sangre, dolor y lágrimas. A veces, y aun me hace daño al recordarlo, lo hinca tan fuerte y profundo que tiene que levantarse para hacer más fuerza y sacarlo.

Pienso en dirty piñetitos, y le entiendo. De pronto comprendo el motivo por el que nunca visitó un dentista en México. Estoy con él y sus piños. A veces es mejor dejarlos como están. Y a quién no le guste, que no mire.

Pero sigamos. No contenta con estar haciéndome más daño que nadie en mi vida, decide que es el momento perfecto para sacarme conversación, cuando la cosa está un poco así:

Y así fue la cosa. Dentista en Latinoamérica NO.

Tal cual. Dentista en Latinoamérica NO.

“¿Y a qué te dedicas?”

No respondo. En parte porque no quiero y en parte porque no le termino de prestar atención; en ese momento mi mente está ocupada imaginando terribles venganzas, entre las que destacan morderle un moflete, como De Niro a la loquita en el Cabo del Miedo, y reírme de ella con un pedazo de su carne en mi boca, mientras saboreo la dulce unión de nuestras sangres.

Ah, y bueno, tampoco contesto porque, amigos dentistas, NO SE PUEDE HABLAR CON LA BOCA ABIERTA.

“A ver si te me vas a desangrar…  Hay que usar más el hilo dental, ¿eh?

ZORRA.

Desde aquí mi profundo odio a los dentistas. Primero por lo obvio: dolor y dinero. Pero sobre todo por intentar ser simpáticos y segundos después hacerte sentir el ser más sucio del planeta, metiéndose con tu boca de la manera más cruel e inhumana que existe, para más tarde darte conversación cuando es obvio que no puedes hablar y hacerte sentir, además, subnormal.

QUE ALGUIEN LOS PARE, POR FAVOR.

BASTA YA, HOMBRE.

BASTA YA.

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