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Lecciones en la librería

7 Abr

Tengo un remedio infalible para cuando aprieta la ansiedad.

Y tras mi vuelta del viaje, si bien no ha llegado a ahogar, en ocasiones ha apretado con el empeño y la constancia de un opositor a judicatura, amigos.

Porque llevar una vida hippy, con trabajitos que van saliendo por aquí y por allá, con disponibilidad de tiempo libre para “hacer tus cosas” (ese estado, en teoría idílico que siempre se añora cuando tienes un trabajo estable), no es fácil.

Y lo es menos conforme te vas haciendo mayor, en un mes celebrarás tus treinta, y sigues sin tener del todo claro qué quieres hacer con tu vida. Y de repente llega ese momento trascendental e improvisado, un miércoles cualquiera por la mañana mientras esperas que suba el café, en el que te planteas “¿y qué son mis cosas?”.

Lo piensas un poco y decides que médico no, aunque salvar vidas hubiese estado bien. Pero tachas médico de la lista.

Una menos.

Esto de ser de humanidades no es un buen negocio, porque el hombre y sus mierdas conforman un campo amplísimo. Y además, cada día te haces un poco más viejo para aprenderlas. Hay cosas que deberías descartar, porque sencillamente no tienes tiempo para llegar a ser bueno en ellas.

La lista de oficios que estoy valorando es extensa, he aquí algunos ejemplos:

–          Agente del FBI:

Puede que haber estado enamorada de Dale Cooper tuviera algo que ver

Tartas de cerezas y café all day long

Llegar a la escena de un crimen, mostrar mi identificación, que te dejen cruzar la cinta amarilla y empezar a lanzar alocadas teorías sobre lo sucedido, siempre ha estado muy arriba en mi top de oficios con clase. A veces, cuando estoy muy aburrida, cojo una pistola imaginaria y ensayo el grito de “¡Alto, FBI!”. Y me sale muy convincente.

Creo que es un trabajo que se me daría sorprendentemente bien. Después, desde la calma de la tercera edad, escribiría mis memorias.

–          Detective privado. Es una variación más factible de la anterior, y aun pienso que en algún momento de mi vida pondré un anuncio a lo Bored to Death, y que sea lo que dios quiera. Estoy guardando periódicos viejos, perfeccionando mi técnica de hacer dos agujeros del tamaño justo como para ver y no ser descubierto. No es tan fácil como parece.

–          Maestra quesera en el Norte de España. Mi hermana recuerda divertida que un día la llamé, con esa seguridad que te aporta haber visto la luz de repente, y le comenté que me iba a hacer quesera. “Tía, si hay algo en este mundo que me flipe, eso es el puto queso”, le dije. Y como no podía ser de otra manera, todavía se descojona.

Pues oye, fermentar leche y engordar catando mi propio producto es otra de mis aspiraciones que todavía no descarto.

–          Lectora en una editorial. Éste me parece un trabajo ganador. Que te paguen por leer todo el día y recomendar obras a tu jefe, que es quien se juega la pasta, ¿dónde hay que firmar?

–          Tener un canal de televisión en el que producir las mejores pelis, series, programas y realities del mundo. Conozco muchísima gente a la que daría sin pensármelo un cheque al portador; además, repondría Su media naranja, Uno para Todas y rescataría a Ángel Garó de los infiernos.

Estaría todo hecho con muy buen gusto. El único problema es que para llevarlo a cabo se me tendría que dar muy bien lo del queso, que me tocara la lotería o…

–          Dar un braguetazo de campeonato. Tic tac, amigos. Cada segundo CUENTA.

–          Abrir una librería moderna. De ésas en las que puedes comer, beber, hacer yoga o cruising en sus lavabos. En este punto he estado bastante clavada durante un tiempo, incluso he llegado a hacer números y todo.

Y es que en estos meses me he dado cuenta de que cuando me lío con todos los planes locos y no veo las cosas con claridad, antes de ponerme a comer queso o resolver misteriosos asesinatos, entro en una librería.

Es algo que hago de manera automática, como quien va al baño en mitad de la noche, porque de alguna manera mi cuerpo lo necesita de la misma forma.

La Bestia sabía cómo conquistar a una mujer

La Bestia sabía lo que se hacía

Cuando entro a una librería, la ansiedad se esfuma de manera proporcional a como aumenta cuando mi tía ve Entre Todos y oigo desde mi cuarto la pregunta “qué tengo”, a lo que yo contesto: ANSIEDAD, TOÑI, ANSIEDAD.

Y me gustan porque estás rodeada de libros, pero también porque se puede jugar a los detectives, observando a las personas que están absortas en la búsqueda de su libro de cabecera sin que se den cuenta.

Lo hago así de bien

Lo hago así de bien

O quizá no.

O quizá no

En las librerías de barrio, además, puedes flirtear con los libreros, que siempre son sorprendentemente monos e interesantes. Entrad en librerías pequeñas, veréis que no miento.

Y lo mejor de todo es que no tienen escapatoria, como los camareros, otro gremio facilmente hostigable.

Es el lugar perfecto para cultivar tanto la mente como el delicado arte del acoso.

Es el lugar perfecto para cultivar tanto la mente como el delicado arte del acoso.

Así que en uno de estos días en los que no sabía si hacerme un queso, producir un largo o enamorar a un viejo, me fui a la Fnac, donde puedes toquetear todo lo que te dé la gana con la tranquilidad que te aporta el pasotismo de sus empleados y las dimensiones del lugar.

Allí estoy, poniéndome al día de las últimas novedades, cuando me fijo que a lo lejos, en la sección de cómics, hay una pareja de adolescentes haciendo las cosas que hacen los adolescentes en la vida real y con mayor intensidad en la saga Crepúsculo.

Él, con una cazadora vaquera azul y pantalones de tela negros, busca libros, además de su estilo personal. Se nota que es el más suelto de los dos, hablando muy alto y removiendo las estanterías, sin mirarla apenas.

Ella, más tímida, con muchísimo pelo y el sobrepeso propio de una joven tímida que se refugia en la comida porque sufre en silencio los peores años de su vida, le mira a él.

Parecen estar ligando, pero ni Philip Marlowe ni el padre Brown se basan en meras suposiciones, amigos, así que decido acercarme un poco más para comprobar que no se trata de una primera impresión errada.

Dejo el libro que fuera que tuviera en mis manos y me acerco a su zona, adoptando la actitud de una fanática de las historias gráficas: elijo uno de Liniers y ojeo una página mientras sonrío como si algo me hubiese hecho mucha gracia, tocándome la mejilla con el dedo índice.

Estoy muy metida en mi papel, sí, pero eso no impide que todos mis sentidos se centren en ellos y en su maravillosa conversación:

–          Pues estoy escribiendo una historia que es una mezcla entre Juego de Tronos y el estilo de Robert Crumb – dice él, sin atisbo de sonrojo alguno –. Lo que pasa es que no sé dibujar, tendré que buscarme un ilustrador o algo.

El chico habla y rebusca. Habla y rebusca.

–          Qué guay. Pues yo conozco a una chica que ilustra – dice ella, sin parar de mirarle, con el embeleso que sólo producen esos primeros momentos a solas con alguien que te gusta.

–          ¿Ah, sí? ¿Y dibuja bien? – pregunta él, centrando por fin la atención en su acompañante.

–          Sí – contesta -. Dibuja ángeles sobre todo.

Ojo a la ilustradora loca.

–          Ya, bueno – dice él, con una risita condescendiente -, pero es que en mi historia no hay ÁNGELES.

–          Si dibujas ángeles,  puedes dibujar cualquier cosa –comenta la chica con toda la seguridad que es capaz de acumular en esos escasos segundos, ganándose mi corazoncito y convenciendo a su amigo.

–          Pues pásame su contacto, le contaré mi idea a ver si podemos colaborar.

Doy gracias al cielo por no ser aquella ilustradora y, cual perro sabueso que olfatea buscando la tragedia oculta entre los escombros, detecto que aquello no va por buen camino.

Ese chico no es digno de mi nueva BFF. Algo me huele mal, amigos.

–          La llamaré. Sí, sí… Mira, un libro sobre ajedrez – comenta -. Joder, me flipa el ajedrez. Puedo pasarme horas jugando al puto ajedrez.

–          Yo no sé jugar – confiesa la chica -. Me gustan más las damas.

El sabueso que habíamos dejado rastreando, empieza a ladrar. Decenas de policías y bomberos corren desesperados hacia donde se encuentra el chucho. Se masca la tragedia.

–          ¿Las damas? – pregunta nuestro friki poniendo la cara de un niño al que le plantan un plato rebosante de acelgas para comer.

La chica calla.

El perro ha encontrado un brazo.

–          ¿Las DAMAS? – repite más alto, por si la chica tiene algún problema de audición.

Los bomberos, nerviosos, mueven escombros lo más rápido que pueden.

–          ¿Tan LERDA ERES?

No hay sólo una, sino cuatro extremidades en estado de putrefacción. Bomberos y policías evitan el tufo cubriéndose la nariz con la manga.

La chica sigue callada. Rezo para que no asome ninguna lágrima.

–          Sí, soy bastante lerda – dice al final en voz baja, encogiéndose como una bolita.

No eran seis brazos. Al final del día, los bomberos contabilizan desconcertados 268: todas las extremidades superiores e inferiores de un clan gitano. Guardan un minuto de silencio.

Karpov la mira asustado, como cayendo en la cuenta de que puede que su frase no haya sido del todo acertada, pero no intenta arreglarlo.

Yo devuelvo el cómic a su estante y me voy retirando de puntillas, dejándoles con sus cosas de teenagers.

Mientras me alejo, me dan cierta pena, porque recuerdo que a esa edad  no es nada fácil interactuar: tus sentidos no están bien calibrados, y se van disparando a su antojo, dejando víctimas inesperadas a tu paso. Incluso a veces hay bajas entre las personas que más quieres.

Lo bueno es que según vas creciendo, ya no tienes la necesidad de demostrarle nada a nadie, porque vas teniendo más claro quién y cómo eres. Y llega un momento en el que te das cuenta de que no todo lo que gira a tu alrededor empieza y termina contigo, y dejas, por fin, de sentirte el centro del jodido universo: entiendes que tu libro que será una mezcla entre George R.R. Martin y Crumb no le importa ni a tu madre.

Y que serás más feliz si tampoco te importa tantísimo a ti.

Pero sin embargo importa, y mucho, la persona que va contigo a ver cómics, esa persona que saca un rato, camina a tu lado, te acompaña y escucha las mierdas que vas soltando por la boca.

Y cuando estoy pagando, me doy cuenta de que ya no tengo ninguna ansiedad, que el futuro no me acojona tanto y que en realidad puedo dedicarme a lo que sea que quiera dedicarme, si le pongo empeño.

Porque, como bien decía Baz Luhrmann en aquel temazo de Sunscreen, no hay que sentirse culpable por no tener claro qué quieres en la vida, ni alabarse demasiado en el camino. Hay otras cosas que parecen menos importantes pero lo son mucho más, como no jugar con los sentimientos de los demás, comprender a tus padres y, por supuesto, ponerse siempre crema solar.

Y cuando salgo por la puerta, pienso en ellos y en los malos ratos que todavía les quedan por llevarse hasta que lleguen a entender algo tan simple como esto. Y les doy las gracias a distancia por lo que me enseñaron, sin pretenderlo, una mañana de ansiedades: y es que hacerse mayor no está tan mal.

Eso, y que visto lo bien que lo hice, puede que ponga ese anuncio de detective. Y a ver qué pasa.