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Señoras colombianas que bailan disco

10 Feb

Os presento a mis compañeros de piso. No puedo ser más fan.

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El silencio de los corderos

12 Dic

Cabizbaja y pensativa, meditando sobre mi absurda vida tras el incidente de chacha, decidí volver a hacer lo que mejor se me da: pasear.

Y nos fuimos a Cabo de la Vela.

Es este un lugar costero particularmente bello que se halla situado en la Guajira, una zona desértica en el extremo norte de Colombia, poblada en su mayoría por wayúus, unos indígenas más morenos, toscos y fuertes que los de Palomino.

¡Pues sí que dejamos indios vivos, oiga!

El lugar es muy bonito, y creo que resulta más bonito todavía por lo que mucho que cuesta llegar.

Me puse a bailar una jota de la emoción, de lo bonito que me pareció

Me puse a bailar una jota de lo bonito que me pareció

Desde que pisé tierras colombianas quise conocerlo, pero lo fui dando poco a poco por perdido, porque casi todo el mundo me decía que lo hiciera con tours organizados, que eran muy costosos. Según me contaban, el transporte por esas zonas no está especialmente destinado a los turistas y hay que lanzarse a lo que salga. Yo, que soy una aventurera de palo en realidad  y uno de mis pánicos es quedarme por ahí tirada sin alojamiento por la noche, que sería casi casi como estar de piernas abiertas en plan “¡vayan pasando, señores!”, no me atrevía. Sin embargo, como en este caso viajaba con Javier, nos lanzamos a ver qué pasaba.

Efectivamente, el transporte no estaba especialmente destinado a turistas.

Para llegar hasta allí, tuvimos que tomar tres “todoterrenos” diferentes. Y pongo las comillas, porque no sabría cómo definirlos con exactitud: vamos a ver, en el pasado lo fueron, sí, pero en la actualidad les habían hecho un MTV Tuning hasta lograr convertir su parte trasera en una incómoda, pero lucrativa, patera con ruedas que podía albergar a decenas de personas. Una cosa que al principio me hizo gracia, pero al final no tanta.

La vida en la tractopatera era como sigue:

1)      Antes de subirte en ella, debías regatear el precio hasta tu destino. Generalmente podías bajarles hasta la mitad, o una cuarta parte al menos. Y normalmente lo hacía Javier, porque es colombiano y yo lo hacía fatal. He aquí un ejemplo:

–          “El precio son 15.000 cada uno”, dueño de la tractopatera.

–          “Uhmmm… venga, va, 25.000 por los dos”, contesto, rotunda. “Ni un peso más”.

Asoma una sonrisa en la cara del señor.

–          “Pues muy bien. Sigan, sigan”.

–          “Mierda. Yo esto no lo hago más”.

2)      Plantabas tu culo en un asiento. Se viajaba sentado, ¿eh? Que no de pie. Eso estaba bien. A veces a algún niño le tocaba pringar, porque todos sabemos que tienen más energía y mejor humor que el resto de los mortales.

3)      La gente iba bajando y subiendo hasta llegar a su destino. Muchas veces ese destino era LA NADA.

4)      En la tractopatera Uribia – Cabo de la Vela te acomodabas como podías, entre bidones de gasolina, agua, cerveza y bolsas de hielo, que era lo que se transportaba a diario hacia esa zona desértica. Lo esencial del día a día, vamos.

5)      En la tractopatera de regreso a Uribia desde Cabo de la Vela, se transportaban animales.

Clarice Starling, ahora estoy más cerca de ti. Abrázame fuerte, amiga, y unamos nuestros traumas:

El mío empezó a las cuatro de la mañana en Cabo de la Vela: habíamos terminado nuestra visita en esta bonita playa y la de esas incómodas horas era la única tractopatera que nos podía comunicar con Uribia, por lo que no había más cojones que madrugar, a no ser que quisiéramos quedarnos a vivir allí.

La cosa ya empezó regular, porque nos dormimos e hicimos las cosas rápido y mal. Cuando ya tenía la mochila cerrada y asegurada en la parte superior de nuestro transporte, me di cuenta de que iba muy fresca. “¡Uy, qué fresca voy!”, pensé. Pues sí, iba muy fresca. Y estábamos en el desierto, a las cuatro de la mañana, en una tractopatera. “Mierda”, mascullé en cuanto aquello arrancó y el frío hizo que me cagara en la puta.

Con esa sensación de ser idiota y saber que te vas a resfriar, como cuando son las tres de la madrugada en Madrid y has perdido borracha el abrigo en el Nasti, iniciamos el viaje de regreso a Uribia, que sólo duraba tres horas de nada.

La mala hostia y la sensación de que aquello no iba a mejorar quedó más que clara cuando paramos a recoger a una señora guajira que subió con unos tiernos corderos lechales y otros rotundos chivos que empezaron a balar como locos. No serán tan tontos, no, que ellos ya sabían que no les iba a pasar nada bueno… Nosotros también, pero todo sea dicho, a mí en esos momentos me la sudaba bastante, porque me acababa de poner una toalla semihúmeda en la cabeza, la única prenda que teníamos a mano, para intentar crear una tímida barrera que me ayudara a bloquear aquel horrible frío. Durante aquellas tres horas yo lo pasé peor que ellos. Eso seguro.

Me dormí. O no sé, pero el balar de esos tiernos corderitos se me metió en la cabeza… y creo que soñé que sólo los llevaban a Uribia para fardar un poco, en plan “mira qué bonito mi cordero, mira qué barbita tiene mi chivo”. Y de regreso a la playa.

YA.

Lo que pasó nada más llegar a Uribia no lo puedo describir con palabras. O podría, pero me acabo de abrir una cerveza muy fresquita y me dispongo a fumarme un cigarro, así que si queréis podéis verlo en este vídeo que he montado con todo el dolor de mi corazón.

Vegetarianos, veganos, amigos de las ballenas en general, y Raúl Querido y Miguel Esteban en particular, sería mejor que pararais el vídeo en el minuto dos. He dicho.

Clarice! CALL ME IF YOU NEED SOMEONE TO TALK TO!

Seriedad, hombre ya

18 Oct

Tras mis tres entradas de Taganga y exprimir ese pueblo hasta niveles indecentes, he decidido, en un arrebato de inusitada responsabilidad, cambiar el enfoque de mi viaje: darle un nuevo y emprendedor impulso que, por otro lado y de manera ciertamente contradictoria, fue en su momento el sentido primigenio del mismo, y también el argumento con el que logré convencer a mis padres para que no me odiaran demasiado por iniciar esta aventura a la que me lancé el pasado 20 de mayo.

Sí, amigos, voy a volverme más productiva. Voy a focalizar toda la energía con la que he venido haciendo turismo, amigos y enemigos, en algo más tangible: buscar algo de lo mío, hacer contactos y así propiciar, con el optimismo y ganas con las que vengo viajando, resultados. Esto no quita seguir visitando, pero de manera secundaria y accesoria, sin descuidar en ningún momento lo anterior, sobre todo viendo cómo están las cosas en mi querido país de origen.

Taganga resultó ser, pues, el final de unas vacaciones; unas vacaciones que por un lado considero bastante merecidas, pero que, por otro, ya venían durando el asqueroso y dilatado tiempo de cuatro meses y medio. Y no es que me haya cansado de estar de paseo, porque creo que eso no me ocurriría jamás, pero la conciencia empieza a pesar y el dinero a bajar, y una se da cuenta de que ya es suficiente, y de que si usara de otro modo su fuente de energía, como salerosamente entonan los hermanos Muñoz, podría crear nuevos e ilusionantes caminos, y por supuesto más proactivos y lucrativos que permaneciendo en los sitios simplemente lo justo. En México me ocurrió exactamente eso: cuando empecé a conocer a gente del sector, cambié de país, huyendo de las redes de… venga va, ya basta de esta broma.

La idea del cambio fue tomando forma cuando decidí empezar a colaborar con ONG’s, para así viajar aportando el manido granito de arena y conocer la cultura colombiana de otra manera; acto no del todo desinteresado, porque la idea era que estas nuevas experiencias me aportaran el material necesario, más difícil de encontrar en hostales, con el que grabar algún breve documental, que es algo que quiero hacer desde hace tiempo. Con este propósito me vine a Minca, un precioso pueblito en la inescrutable Sierra Nevada de Santa Marta, a tan sólo 16 kilómetros en línea recta del Mar Caribe: un espectáculo para los sentidos que te invita a disfrutar, abrigo en mano, de la vista del océano desde la tupida y arbolada montaña. La misma vista que debieron observar, aterrados, los indígenas Tayrona que poblaban esta región cuando vieron que los barcos españoles atracaban en el Puerto de Santa Marta, la ciudad que queda a los pies de su falda.

Vista de Santa Marta desde la sierra

En Minca este cambio se hizo palpable al instante; concretamente la primera noche que pasé aquí, en una preciosa casa, plantada como un árbol más en las montañas, en la que dormía plácidamente en una cama en el porche, tras pillar el sueño al son de los ruidos que hacían los grillos y demás animales de la zona.

La playa y el reguetón se esfumaron de repente, sin dolor, alentados por estas ganas de cambio, que creo, de manera todavía inconsciente, deseaba.

A las seis de la mañana empezaba la jornada y el primer día Diana, la directora de la ONG, me invitó a hacer yoga con ella, no sin antes tomarnos un vasito de aloe vera con limón en ayunas. Cualquiera que me conozca un poco, podrá visualizar la cara de espanto que una proposición semejante debería haber pintado instantáneamente en mi jeta, pero el caso es que, de manera sorpresiva, mi cuerpo no convulsionó ante la idea, como seguramente habría ocurrido en mis primeros meses en México. “¿Yoga, aloe y limón? ¿Qué me quieres, MATAR?”

Al pasar sólo una semana en la ONG, mis tareas se basaban básicamente en apoyar de manera administrativa a Diana, que necesitaba esa ayuda como el aire que respiraba. Y para mí también estuvo bien, porque este nuevo y tranquilo modo de vida, a lo Heidy en las montañas, ayudó a limpiar mi zarandeada conciencia tras las más que alivianadas vacaciones y me dio tiempo para esbozar de una manera más clara cómo iba a llevar a cabo el cambio. The change.

Con energías renovadas, escribí a los pocos contactos colombianos que había hecho hasta la fecha, casi siempre de manera alcoholizada – estado que por otro lado no ayudaba en absoluto a relacionar nombres, caras, correos y teléfonos -, traté de crear nuevas conexiones hablándole a todo el mundo de mi profesión, comencé un relato de ficción que es bastante absurdo pero que a mí me da risa, e investigué nuevas formas de turismo más económicas, en las que trabajas, por ejemplo, sembrando un campo a cambio de alojamiento y comida, y que, nunca está de más, me aportaría los conocimientos para ponerle un huerto, que no un piso, a mi madre en el pueblo y plantarle sus anheladas hierbas aromáticas a mi adorable y adorada amiga Claudia (nena, ya me he enterado, el truco es que tengan sombra para que no se quemen, cual polaca en Benidorm).

En ésas andaba, sembrando semillitas para que dieran sus frutos cuando, sin comerlo ni beberlo, se me abrió una de las puertas más estimulantes de mi vida; en el sentido literal, pues esas puertas existen físicamente y dan entrada a una de las fincas cafeteras más prestigiosas y antiguas de toda Colombia: La Finca La Victoria.

Allí nos dirigimos con la intención de que Diana estableciera nuevas alianzas con la gente de la región, para llevar cabo el proyecto social en el que está trabajando. Y allí conocimos a su director, Micky Weber, un señor de origen alemán cuyos padres emigraron a Colombia a mediados del siglo pasado y que, tras quince años de duro trabajo, lograron juntar el dinero suficiente para adquirir su finca de cafetales. Un señor que me fascinó desde el primer momento en que le escuché narrando de manera singularmente divertida y directa a unos turistas americanos la historia de su vida, con hits tales como cuando tuvo que lidiar con uno de los jefes paramilitares más temibles de la región, Jorge 40, y su vasto grupo de cincuenta pistoleros, que habían tomado, por las buenas, la propiedad de sus padres, que por aquel entonces ya descansaban en paz bajo las tierras que sembraron durante más de cincuenta años.

“Cuando llegué a la Finca desde México, ya sabiendo que estaban todos allí instalados, decidí que tenía que entrarles sin miedo, con diplomacia y tratando de aliviar tensiones, así que les dije: Hola, buenas noches, perdonen que no haya tenido la ocasión de darles mi más cordial bienvenida, pero es que como saben no me encontraba en casa. Pero se la doy ahora, que ya he llegado. Espero que hayan pasado unos agradables días en mi ausencia”. Un sarcasmo, aplastantemente chistoso por la situación en la que se encontraban, con el que consiguió que se rieran y romper el hielo que ayudó a que la negociación fuera favorable y abandonaran el lugar. Una historia absolutamente fascinante, que además tiene el enorme valor añadido de contar con un gran narrador como protagonista. “Tengo que entrevistarle, tengo que entrevistarle, tengo que entrevistarle”, era lo único que pensaba.

Una vez terminó la visita turística y despidió a los americanos, nos dio audiencia y me volví fan incondicional cuando le dijo a mi jefa, a los escasos dos minutos de estar hablando: “Vamos a ver, Diana, ¿tú qué has venido a buscar a La Victoria? Perdona que sea tan directo pero soy un tipo práctico”. Algo que todo el mundo debería hacer cuando es obvio que el que te reclama te quiere pedir o proponer algo; para ahorrar tiempo y evitar ese incómodo momento en el que hay que dejarse de anodinas conversaciones para sacar el verdadero tema a relucir.

¿El resultado de la visita? Nos ha caído un mecenas de cielo. Tras trazar un perfil psicológico, profesional y personal de las dos, a Diana le ha propuesto que se instale en La Victoria para ahorrarse el alquiler, estar más desahogada y así centrarse en su ONG. A mí, que participe en un vídeo que se va a realizar sobre el proceso del café ahora que va a empezar la cosecha. Como la producción de café sólo dura cuatro meses y el resto del año las máquinas están paradas, tiene la idea de hacer el vídeo mostrándolas en movimiento para que los turistas que vengan entre febrero y octubre se hagan una idea más clara del asunto. Con el objetivo de escribir un primer borrador del guión, me propuso que me quedara un par de noches en su casa, en la que vive con su esposa Claudia y cinco perros, para que conociera la Finca y empezara a trabajar. Acepté entusiasmada, porque creo que hay ofertas que no se pueden rechazar, aun teniendo serias dudas de que sea la persona más indicada para hacerlo. Desde luego, le pondré todo el empeño.

Los días que pasé allí no han podido ser mejores: la Finca es un paraíso absolutamente espectacular y del todo inabarcable. De las 800 hectáreas que tiene, sólo 200 están destinadas al café, el resto es puro monte, ríos y cascadas, que invitan a poner en práctica cualquier idea que se te pase por la cabeza. En ella viven unas veinte familias durante todo el año, una pequeña comunidad a lo Macondo que me parece también muy interesante y que tiene que tener unas historias para no dormir, pues todos ellos son gente de la región, que hace pocos años sufrió de primerísima mano la cruenta guerra entre paramilitares y guerrilleros. En el período de recolección de la pepa del café, se contrata y alberga durante tres meses a 200 trabajadores extra, que llegan de diferentes partes de Colombia, con el despliegue de medios que ello conlleva (contratación, organización, campamento, comidas…). Cuenta además con todas las facilidades del mundo moderno: internet por fibra óptica, agua pura que proviene del manantial del río y luz las 24 horas del día. Probablemente os parezca poca cosa, pero ninguna de estas tres comodidades se dan en Minca, el pueblo principal de la zona, seis kilómetros más abajo, donde la luz y el suministro de agua, no potable, desaparece cada dos por tres e internet es, la mayor parte del día, un sueño.

Pero lo más valioso de este edén son sin duda Micky y Claudia, dos de las personas más valientes, encantadoras y generosas que he conocido, y que me han tratado como a una hija, enseñándome cada rincón de su terreno, regalándome grandes conversaciones y risas, un cuarto de princesa a modo suite de hotel, deliciosa comida y el vino tinto por el que llevaba suspirando dos meses y que aquí te tienes que resistir a tomar porque está carísimo. “¿Te puedo ofrecer una copita de vino tinto?”, me dijo Claudia la primera noche. “Puedes. Y que sepas que te adoro por ello”, le contesté. Al día siguiente les propuse limpiar su coche, porque estaba sucio de andar por el monte y así retribuirles en algo. Micky me miró y me dijo: “Ay, me das ternura”. Por no decir pena, creo, como también creo que se la da mi jefa: dos chicas jóvenes dejadas de la mano de Dios, luchando por crearse una vida diferente. Una con sus ideales sociales, otra huyendo de la crisis europea.

De momento estamos en la fase de guión, porque la cosecha no empieza hasta dentro de unas semanas, que es cuando se empezará a grabar junto con un equipo que viene de Santa Marta. Tengo mucha ilusión, aunque también un enorme respeto, por la abierta confianza que me ha brindado. Cuando me asaltan las dudas, pienso en una frase que él mismo me ha dicho en varias ocasiones: “La vida es una gran aventura que hay que disfrutar, no hay que tenerle miedo. Si lo ves de esta manera es más divertida, y los golpes que te da son mucho más llevaderos”.

Os dejo un vídeo para que conozcáis La Victoria y a su estupendo propietario. Está hecho rapidito y con lo que tenía, ¿eh? Ay, como me salga así el suyo, estoy segura de que Micky me manda a España de una patada. No se anda con tonterías.

Taganga: sal si puedes

16 Sep

Tener tiempo libre te lleva a  hacer cosas como ésta para tratar de sentirte un poco mejor:

Taganga

11 Sep

Llevo unos días en Taganga, un pueblito de pescadores de la costa caribeña, lleno de negros y que suena a reguetón: mi primer encuentro con aguas colombianas.

En México ya tuve la suerte de conocer las playas del Caribe: playas innegablemente paradisíacas, imposibles de superar en belleza, bañadas en aguas cristalinas y de arena tan fina que parece talco de bebé, y que provoca que, tras la tercera ducha, uno desista en su intento de eliminarla por completo de su cuerpo. Pero este pueblo tiene otra cosa: un ambiente local, rural, caribeño y costero que no se paga con dinero. Aquí se respira Malibú a todo rato: Malibú con zumo de piña y hielo, como cuando tenías quince años y empezabas a descubrir los placeres del trinque, es lo que quieres beber desde que te levantas.

En todas las guías se describe Taganga como un pueblo plagado de hippys, fiesta y drogas, pero con una playa mucho más bonita que la de Santa Marta, ciudad cercana a unos quince minutos en bus. La estampa no me resultó nada prometedora, salvo por la playa, por lo que decidí que mi parada sería breve. Sin embargo, cuando llegué, y creo que por ser temporada baja, no encontré nada de eso: apenas hay turismo o hippys, pero sí mucho autóctono. Drogas, no sé.

El pueblo es la máxima esencia del “me estás estresando”: los locales juegan al fútbol, hacen deporte y todo tipo de imposibles piruetas en la playa, se mueven motorizados por las calles sin pavimentar, bailan su música latina en los bares, en la arena o en el mar, mientras los comerciantes venden deliciosos zumos y frutas tropicales allá donde mires, pescado fresco o ceviche preparado al momento. Nunca falta agua helada, cerveza fría o tabaco a sólo 0,50 céntimos de euro, cuyo precio tira por la borda cualquier intento de dejar el hábito.

Cuando llegué y empecé a hablar con la gente del hostal, me sorprendió que todos llevaran por lo menos tres semanas aquí. “Pues menuda panda de vagos”, pensé. Incluso una de ellas, una encantadora suiza, había conocido a un taganguero, había surgido el amor y se disponía a mudarse a su casa con la idea de buscar trabajo. “Dentro de unos años volveréis, y me veréis con mis cinco hijos, sentada en el porche de casa tirada en una hamaca, como hace aquí todo el mundo”, comentaba muerta de la risa. “Mis padres no saben nada, como se enteren me cortan el cuello. Me los imagino, viniendo de visita y diciéndome: what the fuck are you doing here in Taganga???”

Y es que de primeras este pueblo despierta exactamente esa sensación: la de que no hay nada que hacer. No hay nada que hacer salvo tirarte en la playa, leer, escuchar música, comer bien y beber exquisitos zumos de frutas tropicales. Y al segundo día de estar aquí te das cuenta de que no existe un plan mejor, y de que, hasta organizar la mochila, te parece un suplicio, por lo que lo vas dejando para otro día, y otro, y otro, y otro… Creo que, en un mundo ideal, así es como deberían nuestras vidas. Si te gusta la playa y estar tranquilo, esto es un paraíso.

Mi vida en Taganga viene siendo algo parecido a esto: me despierto como a las 8, desayuno unas tostadas, me ducho, embuto en el bikini y me dirijo a la playa con un buen libro. A mediodía levanto mi culo de la arena para hacerme con uno de los cientos de zumos que preparan en el momento – maracuyá con piña, la mejor combinación por el momento- , vuelvo a la playa buscando algo de sombra para aguantar el inclemente sol de mediodía y sigo leyendo. Un par de horas más tarde, cuando el hambre aprieta, hago mi comida fuerte del día por dos o tres euros en la calle principal, o si me quiero dar un capricho, me estiro hasta cinco, por los que recibes un plato de pescado, arroz con coco, ensalada y plátano frito. Ya saciada, vuelvo a la playa otra vez, siesteo y leo un poco más. Como a las seis empieza a atardecer, con una de las puestas de sol más preciosas que he visto en mi vida, y durante esa media hora que demora en caer el sol, todo el mundo deja lo que está haciendo, que suele ser poca cosa, y, en un derroche de actividad y creatividad, saca su cámara, olvidada hasta el momento en la mochila, y se pone a hacer fotos. Cuando anochece, compro unas frutas para cenar, me voy al hostal, me ducho para quitarme la arena, comento mierdas en Facebook mientras me asimilo una cerveza, hablo un poco con la gente, me zampo las frutas, y termino mi extenuante día tumbándome en la cama, feliz, hasta que me vence ese dulce y matador sueño, que sólo conoce quien se ha pasado por lo menos cinco horas al sol. Hoy, y un día que salí para conocer la noche taganguera, han sido los únicos en los que me he permitido hacer una excepción a este alivianado modo de vida, con el único propósito de restregároslo por las narices. No me odiéis mucho, pensad que en otros momentos del viaje también me han robado, acosado e incluso intentado meter en las redes de la prostitución de más baja estofa.

Os dejo un vídeo, grabado en domingo, que es el día de mayor afluencia de gente en la playa. Entre semana es mucho más tranquilo, pero creo que muestra bastante bien el tipo de vida que se estila por aquí.

Dios mío, si al final resulta que existes y estás por ahí, dame fuerzas para irme en algún momento.  O en su defecto un mal libro con el que me aburra.

De lo contrario, ya sabéis donde encontrarme.

Cien años de no actualizar

7 Sep

¡Pero qué abandono el de este blog! ¡Qué bochorno más espantoso!

No penséis que no he sufrido por esta inexcusable ausencia. Ni siquiera debería intentar arreglarlo, porque nada de lo que diga ahora va a cambiar el hecho de no haber escrito una sola línea en dos semanas. No obstante, y si me lo permitís, aclararé que el motivo no ha sido vagancia, sino todo lo contrario: aquí en Colombia es imposible dejar de hacer cosas. He hecho cosas y me han pasado muchas otras que me han hecho comerme la cabeza cosa mala, amigos.

A esto se le une que lo susceptible de ser contado se va acumulando, los amagos de textos se quedan desfasados y una ya no sabe discernir entre qué puede resultaros atractivo y qué no. Por lo tanto, he decidido hacer un resumen de estos días a modo conciso, rapidito y probablemente insatisfactorio.

Allá vamos, pues.

1) Villa de Leyva

Descripción del lugar: Es Villa de Leyva un pueblito primoroso, con elegancia de gran ciudad, que se encuentra a cuatro horas al norte de Bogotá y que cuenta además con una de las mayores plazas de Colombia, donde los niños corren a volar sus cometas cuando terminan sus deberes con la escuela. Está rodeado por montañas parcialmente calvas, efecto del pastar de los animales que se pasean por la zona: burros, vacas, caballos y ovejas toman las calles a su antojo y más vale andarse con ojo, porque lo más probable es encontrárselos de frente en cada esquina.

Objetivo de la visita: Aquí llegué sin mayor pretensión que la de pasar unos días tranquilos en el campo, leer y hacer excursiones, en uno de los hostales más reconocidos del país, cuyo nombre es Renacer. Poco iba a saber yo entonces que sí me iba a hacer renacer un poco y que iba a pasar una de las mejores semanas de mi viaje.

Desarrollo de los hechos: Según la mitología muisca, el grupo indígena que habitó esta zona antes de la llegada de los conquistadores, el mundo se creó a tan sólo quince kilómetros de aquí, en el santuario de Iguaque. Los lugareños insisten en que es un pueblo especial y que tiene cierta energía. Recién llegada, como mamarracha que soy, o que era antes de pisar esta región, ya no sé, cerveza en mano y escuchándoles alardear de sus mitos y sus indígenas, pensaba: “Ya, ya, ok. ¿Y ahora dónde vamos? ¡Que esto cierra!”. Sin embargo, y no sé si debido a la belleza del pueblo o qué, sí noté que nada más llegar me entraron unas ganas locas de bailar y cantar, por lo que no me lo pensé ni un momento cuando la encantadora recepcionista Ela me propuso tomar una clase de salsa matutina, que ayudó a soltarme un poco y a meterme en el rollo colombiano.

A este renacimiento personal, cercano al hippismo, se le unió, como por arte de magia, un grupo de personas de lo más majo del mundo. La primera en llegar fue Álex, una americana de 21 años, con la que había bailado, de aquella manera, la clase de salsa. Ahí ya me cayó bien, pero cuando me robó el corazón fue cuando la vi sola, tomando una cerveza y fumándose un cigarro, en un bar de mala muerte del pueblo. Allí estaba ella, practicando con gran desparpajo su español cercada cada vez de manera más angosta por ancianos villaleyvanos.

Ésta fue la estampa que me enamoró, la de la actitud en persona, comprobad como todas las miradas se dirigen, imparables, hacia ella.

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Al día siguiente llegaron todos los demás: Chris, Vaughan, Raymond, Philipp, Lindsay y Aarin. Un grupo grande, que previamente no se conocía de nada, y que se unió gracias al incorrecto humor, en mi opinión el más admirable, de un señor inglés de 71 años llamado Chris. A los diez minutos de estar juntos, tomando una cerveza en la zona común, interrumpió una conversación, probablemente atizado por una repentina sensación de hambre, espetando: “So, what’s for dinner?”. Como no podía ser de otra manera, nos hizo mucha gracia a todos, dio la casualidad de que Alex y yo habíamos comprado para hacer cena e invitamos al resto. A partir de entonces, cada noche cocinó uno de ellos.

Fue en esta primera cena cuando me di cuenta de que algo tenía que cambiar. Todos ellos habían viajado por mil sitios, y además eran muy eruditos. Incluso Alex, siete años menor que yo, sabía mucho. “¿¿De dónde ha sacado el tiempo??”, me preguntaba empequeñecida, en mi sitio. “¡Qué cerda!”, pensaba. Luego me arrepentía, porque es muy bonica y del todo encantadora.

Los temas eran variados y universales: feminismo, capitalismo, comunismo y países varios. Asuntos en los que es más o menos sencillo meter baza, pero que asombraban sobre todo por la elegancia y el saber estar con los que eran tratados: cada uno de ellos defendía sus argumentos con templanza y dando réplica al resto, en un educado vaivén de opiniones, sonrisas e incluso risotadas. Para que no pensaran que era idiota, callada como estaba, en una pausa de la conversación en la que empezó a sonar Living la vida loca, tuve que recurrir al mamarracherismo y hacer un chiste con Ricky Martin, en el que le comparaba con George Michael, sentenciando que no entendía cómo podían haber ocultado su homosexualidad durante tanto tiempo. El chascarrillo, acompañado del baile de Wake me up, funcionó bastante bien para la audiencia, pero no para mí, pues sólo yo sabía que había recurrido a un estado de Facebook de hace AÑOS. Me sentí tan Joey en el episodio en el que decide comprarse un tomo de enciclopedia, que me di a mí misma entre gracia y pena.

Desenlace/Conclusión: Es importante saber cosas, amigos. Hay que leer más. Me juego el cuello a que muchos de vosotros entráis a este blog esperando encontrar cierta elementalidad humana: borracheras, drogas, corrupción, asesinatos o trata de blancas. Es lo que os he ofrecido hasta el momento, es el Sálvame de los medios digitales. Pero tras mi estancia en el Renacer, he decidido hacer lo propio. Preparaos para ello: en esta web sólo habrá, de aquí en adelante, traducciones de textos griegos, comentarios de poesías y análisis de las obras maestras de la literatura universal.

PD: Aquí os dejo un vídeo de Villa de Leyva, de su maravillosa naturaleza y de estos personajes tan majos. Lo iba a montar con Wagner, para ir mostrando al mundo mi nuevo matiz culto, pero temí que la camaradería que se respiró en esos días pudiera quedar empañada por sus tenaces acordes.

2) San Gil y alrededores

Descripción del lugar: Es San Gil una ciudad más al norte todavía, comercial y más bien tirando a feúcha, que no obstante cuenta con cosas interesantes, como el magnífico parque El Gallineral, el más bonito de Colombia, o la plaza central, donde a todas horas se congrega gente que simplemente mira la vida pasar. Es parada obligatoria para hacer deportes de aventura y excursiones por la naturaleza.

Objetivo de la visita: El objetivo, en este caso, era algo difuso, pues aquí llegué un poco triste, primeramente por la leve depresión que me produjo caer en la cuenta de mi suprema ignorancia, pero también por haber dejado Villa de Leyva y a toda esta panda atrás. Además, hacer deporte de aventura no era una opción, por falta de ganas y de dinero, así que le vi poco sentido a mi estancia por allá. Dolorida y baja de ánimos por el síndrome premenstrual – sí, lo sé, de nada – decidí ser la antisocial del hostal en el que me alojé. “No me van a sacar ni una palabra, no sonrías, no digas NADA”. Intenté escribir algo, pero los ánimos no eran los más adecuados para conseguir un resultado mínimamente decente, así que sólo contribuyó a potenciar más mi enfado con el mundo y a que mi mala actitud fuera en aumento.

Desarrollo de los hechos: Con cierto orgullo y entendiendo las bondades de ser excéntrica, me convertí en la nerd del hostal: la que siempre estaba en el ordenador, comía sola, no hacía ningún deporte y no hablaba con nadie. Pues resultó ser un plan nefasto, amigos; será que nuestro instinto masoquista nos invita a estrellarnos una y otra vez contra lo que no podemos tener, pero el caso es que conseguí exactamente el efecto contrario al deseado: todo el mundo se me acercaba: “¿Qué haces? ¿Has hecho rafting? Nosotros vamos a hacer parapente. ¡Apúntate! Ahora vamos a tomar una cerveza, ¿te vienes? Vamos a comer, ¡vamos!”. Fue absolutamente agotador.

Sin embargo, decidí no ceder un milímetro en mi objetivo, eludir a los acosadores americanos y canadienses con contundentes negativas, y hacer alguna excursión por los alrededores sola y tranquila. La breve estancia en San Gil mereció la pena por las cascadas que vi en sus alrededores, las más espectaculares de mi vida.

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Desenlace/Conclusión: Cuando se viaja solo, hay que ser egoísta y hacer lo que te rota en cada momento. De lo contrario, puedes caer en una espiral infernal en la que intentas satisfacer a mochileros americanos que no conoces de nada y que esperan, sin tú ser nada de eso, algo bueno de ti.

3) Aracataca

Descripción del lugar: Aracataca es un pequeño pueblo muy cercano al Caribe, que parece sacado de un anuncio de Malibú, en el que nació Gabriel García Márquez, y que al parecer le inspiró para construir el imaginario de Macondo de Cien años de soledad. En él, los niños juegan despreocupados al fútbol por las calles polvorientas, los jóvenes pasean, chuletas, a sus chatis en moto y los viejos descansan en los porches de sus casas, mientras saludan e invitan a sentarse con ellos a quien se les cruza por delante.

Objetivo de la visita: A este pueblo llegué con El amor en los tiempos del cólera bajo el brazo, el primer libro que estoy leyendo del Nobel colombiano y que me está dejando loca, con la idea de visitar su casa natal, leer y estar tranquila durante un día, de camino a la costa caribeña.

Desarrollo de los hechos: Nada más llegar, fui recibida por Tim en su hostal, un estrafalario y encantador tipo, fan de García Márquez, que ha establecido su residencia en Aracataca y tiene como objetivo impulsar el turismo aquí. No le falta razón, pues el Nobel tiene muchos fans, aquí está su casa natal, el pueblo es muy tranquilo, la gente absolutamente adorable y el enclave es perfecto para pasar unos días relajados antes o después de la costa.

Tim está empeñado en que los cataqueros entiendan la importancia de su pueblo, de que lean y de que se enamoren, como él, de Gabo. A veces, sale disfrazado con un traje de pingüino para estimular la imaginación de sus habitantes y hacerles partícipes de ese realismo mágico. Éste es el punto de excéntrico del que estamos hablando.

Imagen racional de ka gente del hostal, con Tim a la izquierda

Imagen racional de ka gente del hostal, con Tim a la izquierda

Imagen desde el punto de vista loco de Tim

Imagen desde el punto de vista loco de Tim

Sólo pasé un día allí, pero hice más amigos colombianos que en todo el viaje. Los habitantes de Aracataca son muy amigables y calurosos: sin excepción, cuando pasas por su lado, asienten elegantemente con la cabeza y te regalan un sincero: “Buenos días”. Sin lugar a dudas saben que eres extranjera, pues aquí en la costa casi todo el mundo es negro, y al parecer les gusta que se visite su pueblo.

Aquí van dos ejemplos del buen hacer de sus habitantes: en el primero, conocí al bibliotecario del pueblo, presentada por el camarero de un bar donde paré a tomar café. El señor me invitó a su templo de sabiduría, para mostrarme las obras de García Márquez. Una vez allí, se interesó mucho por mi vida, por mi viaje, me presentó a todo el mundo que trabajaba con él y empezó a sacar libros para que los consultara. Tras un rato de educada conversación, me dijo: “Ahora vamos a leer, m’hijita”. Allí estaba yo, con un señor desconocido, en una biblioteca de Aracataca leyendo en silencio junto a él.

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En el segundo, hice muchos colegas bajitos: de pronto, un niño me toca la espalda, me giro y me pregunta : “Doña, ¿Usted es de aquí?”. “No”, le contesto. La respuesta provoca que se le dibuje una enorme sonrisa en la cara, se dirige a sus amigos, que esperan más tímidos atrás, y les grita: “¡No es de aquí!”. Sin darme tiempo a reaccionar, de pronto me vi como Angelina Jolie, completamente rodeada por niños, unos diez, que saltaban y me hacían preguntas sin darme tiempo a responder:

“¿Le gusta Aracataca? ¿Y Colombia?”

“¿Y de dónde es?”

“¿Conoce a Puyol? ¿Y a Iniesta?”

“¿Doña, de qué equipo es Usted?”

“¿Y cuál es la comida típica allá?”

“¿La temperatura máxima? Aquí es muy caluroso… ¿Y la mínima? (…) ¡Vaya!”

“¿Cuántas horas de avión son desde allá?”

“¿Y tiene esposo? (…) Pero le gustaría tenerlo, ¿verdad?”

“¿Cómo es que se pronuncian las eses en España?” ¿?

“¿Y en España hay traficantes? ¿La policía los atrapa?”

Fue tal la buena impresión que creo les causé, que he decidido que si a los cuarenta estoy soltera, me vengo para aquí, a ver si me dejan encinta o algo.

Por aquí puede que ande el padre de mis hijos.

Por aquí puede que ande el padre de mis hijos.

Desenlace/Conclusión: A pesar de haber pasado sólo un día, Aracata también me ha hecho darle muchas vueltas a las cosas, a las múltiples maneras en las que podemos desarrollarnos. El trabajo de Tim me parece admirable y me gustaría hacer un pequeño documental sobre el tema, porque tanto el pueblo como él me parecen muy interesantes. Regresar aquí, por el momento, es una opción más que probable, cuando le dé una vuelta a qué es lo que quiero contar y la manera en que pudiera funcionar.

Y esto es todo por hoy, amigos, menuda chapita guapa. No sé vosotros, pero yo tengo la cabeza como un bombo: ni conciso ni rapidito. Insatisfactorio espero que tampoco mucho.

Bogotá

24 Ago

Escribo esta entrada mientras observo ensimismada una inmaculada montaña de Nieve, con la grata compañía de la siempre sensual Dama Blanca y el locuaz Don Perico.

Sí, amigos, voy hasta las cejas de cocaína.

Ustedes decidirán si el efecto es bondadoso con mi prosa o si por el contrario la destruye en su totalidad, si esta entrada es mejor o no que las anteriores; viene siendo un experimento fisiológico, sociológico y bidireccional, os invito a dejar vuestro feedback al respecto en “comentarios”. Vayámonos todos juntos a la cama en una orgía cibernética para conocerla más a fondo: destapemos, de una vez, los secretos y leyendas de esta droga.  ¿Es cierto que aporta una lucidez mental que ayuda a escribir? ¿Que sin ella el cine americano de los 70 hubiese sido otro cantar? ¿O es todo un gran camelo con el que sacarnos los cuartos?

Ay, si es que a veces no me aguanto ni yo…. ¡Que no! ¡Que no me meto coca! ¡Era broma! No me he podido resistir, por eso de estar aquí, en Colombia.  ¿Lo pilláis?

Cuando le conté a Javier, mi anfitrión de Couchsurfing, que quería empezar la entrada de esta manera y le pregunté si le parecía gracioso, contestó con un contundente: “NO”. “¿En serio?”, le insistí. “NO”, repitió. No sé por qué no terminan de encajar por aquí los chistes de cocaína.

Pues eso, amigos, he pasado una semana en Bogotá, de couchsurfing por primera vez en mi vida. Y la experiencia no ha podido salir mejor: Javier ha resultado ser un anfitrión dedicado, educado y muy agradable. En todo momento me ha cuidado y ha conseguido que me sintiera como en mi casa. Para que os hagáis una idea de lo amable que ha sido, el primer día me ayudó a conseguir la cámara que buscaba baratita, y además me cuidó como a una niña pequeña cuando, con el cambio de los 35 grados mexicanos a los 15 bogotanos, me resfrié un poco: no me faltó un ningún momento panela con limón, agua de canela caliente o zumos de naranja. Por si todo esto no fuera suficiente, es además un enamorado de Colombia que sabe absolutamente TODO sobre el país: ha sido como tener un guía profesional 24 horas al día. Y yo he descubierto una faceta mía que desconocía: la de preguntona. No sé si más bien a lo Ana Pastor, Mercedes Milá o Lisa Simpson, pero ahí estaba yo, acribillándole a preguntas sin parar y exprimiendo sus conocimientos al máximo.

Además de esta gran compañía, Bogotá es una ciudad que impresiona desde el primer momento. Lo primero, por la altura: se encuentra a 2600 metros sobre el nivel del mar y tiene dos gigantescos cerros que la cercan por el Este. Estas montañas casi siempre están cubiertas por nubes y, dependiendo del día que haga, sientes como si, con un pequeño empujón, pudieras llegar a tocarlas.

Vista desde Monserrate con niño desconocido

Vista desde Monserrate con niño desconocido

Gonzalo Jiménez de Quesada, el conquistador que la fundó en 1538, decidió el emplazamiento justamente por estos dos motivos: los cerros y la altura. Los primeros dificultaban una invasión, mientras que la altura les cuidaba de muchas enfermedades tropicales provocadas por mosquitos, como el dengue. Es cierto que aquí no hay ninguno de esos bichejos, algo que mis magulladas piernas, plagadas de picotazos, están agradeciendo enormemente: el cambio es espectacular, como si Eric de True Blood se hubiese sacado un poco de su sangre y me la hubiese restregado sensualmente por cada centímetro de mis extremidades inferiores.

La Candelaria, el centro de Bogotá, es un barrio precioso y seguro. Está compuesto por estrechas callecitas cuesta arriba y cuesta  abajo, y por casas bajas de alegres colores. En el centro mismo del barrio, se encuentra la impresionante plaza de Simón Bolívar, en la que continuamente pasan cosas. Sólo hace falta sentarse un rato en las escaleras de la Catedral para ver niños jugando con palomas, al yo-yo  o haciendo pompas de jabón, preciosas llamas explotadas para que la gente se monte en ellas (no hay nada más triste), parejas que restriegan sin pudor su amor a los demás transeúntes o turistas flipando con las vistas.

El barrio cuenta además con un sinfín de restaurantes, cafés, teatros y museos. Entre estos últimos, destacar el imprescindible Museo del Oro: un museo arqueológico de los pueblos indígenas prehispánicos del país, pero todo compuesto por piezas de oro. ¡Lo que les gustaba el dorado a estos titis! Casi tanto como a Inma de Gran Hermano.

 

Adornos indígenas

Adornos indígenas

 

Adornos de Inma

Adornos de Inma

 

Los pueblos indígenas en Colombia son más desconocidos porque no crearon grandes ciudades como en México o Perú; se trataba más bien de conjuntos de poblaciones disgregadas por la región. Al parecer, eran más altos que en otras zonas de Latinoamérica, por lo que el encuentro con los españoles fue menos chocante y más placentero; hubo mucho más conexión, más química y física. Y se mezclaron más. Las relaciones sexuales que mantuvieron se las agradezco yo ahora, viajando sola. Y es que, al parecer, paso bastante por colombiana.

Uno de mis entretenimientos favoritos cuando visito la ciudad, es justamente aprovechar esta semejanza para jugar a hacerme la autóctona. Pongo un acento, creo que más cercano al cubano, meto un papi o un mami, y listo. Por ejemplo:

–          “Señorita, ¿sabe si este autobús va a Portal Norte?” – me pregunta una señora en la parada.

–          “Ay, no, mami, resién llegué. Qué pena con Usted. Disculpe”

Además, parece ser que el mami y el papi son un poquito barriobajeros, por lo que los adoro más si cabe.

En Bogotá casi todos los museos son gratis, y me atrevería a presumir que esto es extensible a todo Colombia, porque en el pueblo donde estoy, también. Un día fui a hacer una visita por el centro con una guía y nos dijo claramente: “Para los colombianos, los turistas sois reyes y reinas a los que cuidar”. Algo que también me había comentado Javier; con la mala prensa que ha tenido siempre el país, y ahora que se está empezando a abrir al exterior, es cierto que se respira cierto cariño y ganas de agradar a quien viene a visitarlo. Por este motivo, entiendo que los chistes sobre farlopa no sean de su agrado. Lo sé y lo siento un poco, de aquella manera, porque es sólo un chiste, pero no me he podido resistir.

Además del centro, que es precioso, Bogotá también tiene una zona muy cuca llamada La Macarena (¡aaaaaahaaaaa!) llena de restaurantes de nacionalidades de todo tipo, y otra más al norte, la Zona Rosa, con las tiendas más exclusivas, centros comerciales y bares con terraza donde tomar una cerveza. Lo de las cervezas es bastante divertido: las más comunes de Colombia se llaman Costeña, Águila y Poker. Un día salimos y empezamos a probarlas todas, y sabían exactamente igual. “Sí” – dijo Javier – “es que son todas lo mismo, vienen de la misma fábrica, sólo le cambian la etiqueta”. Y por increíble que parezca, así es.

Tanto monta, monta tanto

Tanto monta, monta tanto

Pero tranquilos, amantes de la cerveza, no es tan grave la cosa, porque además de estas tres, tienen otras artesanales muchísimo más ricas. Aunque también más caras.

La comida es deliciosa, algo que me preocupaba mucho viniendo de México. “Echaré de menos la comida, echaré de menos la comida…”. Pues no tanto, llorona, porque aquí te puedes cascar un ajiaco, que es una sopa de patata y pollo absolutamente deliciosa, con la que te quedas saciada y del todo satisfecha.  O un sancocho, una especie de consomé que me ha quitado el resfriado del tirón. Todo acompañado de arroz y aguacate. Y empanadillas y arepas, entre horas, riquísimas, para seguir caminando.

Bogotá además me encanta porque me recuerda a la mejor telenovela de todos los tiempos. Creo que no hace falta decirlo, pero para los no iniciados en materia novelesca, claramente estamos hablando de Betty la fea. Embriagada del ambiente bogotano, estos días he pensado mucho en Armando, en Betty, en su historia de amor, en Patricia la peliteñida, y en los ratos en los que la veíamos con mi madre y mi hermana Aglaia en las sobremesas de Valencia. Al parecer, no soy la única, porque Aglaia me escribió un email en el que ponía lo siguiente: “¿Qué tal por Bogotá? No vayas muy sola por ahí, ¡acuérdate del padre de Betty la fea que siempre la quería ir a buscar!”.

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Bogotá es una de las ciudades más grandes de América Latina, y como en toda gran ciudad hay que tener cuidado, porque hay pobreza. Si se usa por tanto el sentido común, la ciudad no tiene ningún peligro, es asombrosa en muchos aspectos y tiene toda la actitud del mundo. Pasear por las estrechas calles de La Candelaria, con los cerros parcialmente cubiertos por las nubes, parar a tomar un café o entrar a los cientos de museos gratuitos de la ciudad, observar a los jóvenes que salen de la universidad y se toman una cerveza en un bar, ver cómo hablan, cómo se ríen y cómo bailan (aquí bailan que da gusto), es muy muy guay.

Que no me entere yo que nadie dice lo contrario: Bogotá mola.

México: ajuste de cuentas

14 Ago

Tras casi tres meses de viaje en México, y a dos días de volar a un nuevo país, toca hacer balance de todo lo vivido y aprendido. Es la entrada que más me está costando escribir, pero también en cierto modo a la que le tengo más ganas, por tratar de asentar en mi cabeza todo lo que llevo pensando hace semanas; me siento como en el colegio, cuando tenía que escribir un comentario de texto de una obra que no había entendido del todo bien y trataba de salvarlo como fuera.

En primer lugar, y aunque suene innecesario para muchos, diré que no voy a tratar de hacer una descripción de los mexicanos, ni de su cultura o de su país, sería absurdo: simplemente quiero poner en orden las experiencias que he tenido, lo que he leído y las impresiones, siempre personales, que todo ello me ha aportado. Como sabéis, me han pasado cosas muy buenas y otras regulares.

También espero no decir que México es un país de contrastes, aunque ciertamente no le falte razón a esta manida afirmación. Pero quién sabe, puede que incluso termine siendo la conclusión de la entrada.

Vamos allá, pues.

México es, sin duda, un país acojonantemente bonito. Soy incapaz de recordar alguna estampa que no me haya gustado. Todas las ciudades y pueblos que he visitado son preciosos, incluso los que he visto de pasada desde el autobús. Me cuenta Marco que aquí se dice que cuando Dios creó el mundo, fue poniendo cosas por todos lados… hasta que le quedó hacer México. “¡Chinga! ¿Y ahora qué le meto? Pues venga, tantito de todo”. Y así es, México tiene DE TODO: extensos desiertos, insondables selvas que cubren vestigios desconocidos de civilizaciones prehispánicas, coquetos pueblos perdidos en la sierra, playas de arena y agua cristalina de las que no os querríais ir nunca jamás, inmaculadas ciudades coloniales e impresionantes y enigmáticas ruinas que dejan mudito al que las observa. Al parecer en el norte del país hay hasta pistas de esquí, para quien guste romperse una pierna. El DF cuenta además con algunos de los mejores museos del mundo: Antropología, Bellas Artes y el Palacio Nacional.

Tiene todo lo necesario para pasar unas buenas vacaciones. En mi caso he disfrutado mucho con las ruinas: Teotihuacán, Uxmal, Kabah, Ek-Balam, Chichen Itzá, Tulum y Cobá. Palenque, que sigue siendo mi preferida, la conocí hace seis años. Si pudiera regresar a algún momento histórico, estoy segura de que sería éste; en concreto, me volvería loca saber cómo fue la gran Tenochtitlán, donde hoy está el DF: ciudad sobre un lago que dejó de piedra a Hernán Cortes.

Creo que los mexicanos, como ya he dicho en varias ocasiones, son muy hospitalarios y fiesteros, hasta el punto de que hasta la muerte les resulta un buen motivo de parranda. Te abren las puertas de su casa y les encanta contar interminables historias y hacer bromas – el DF es conocido por su albur, en el que juegan continuamente con las palabras y su doble sentido para provocar la risa. Es, pues, un país ideal para viajar sola, pues nunca te va a faltar alguien que se interese por ti y te dé conversación.

Y es además un destino perfecto para viajar sola porque es un país seguro. Sé que algunas de las cosas que he contado pueden dar lugar a que no os lo creáis, pero así es. La máxima es: “si tú no te metes en problemas, no te pasa nada”. Por descontado, esta frase chirrió incansable como un resorte raído en mi cabeza tras mi aventura con las travestis; pero como también dije, me pasé de curiosa y, por lo tanto, pagué las consecuencias. Hay cosas que es mejor no conocer. Es como si voy a Madrid y visito Las Barranquillas, pues mira, mejor no. Sin embargo, ya con la lección aprendida y a toro pasado, es una experiencia más, y hasta puede que me sienta un poquito halagada.

Dicho esto, también creo que si te quieres meter en problemas, México es el sitio perfecto. A lo largo de este viaje, y gracias a viajar sola, he conocido a muchísima gente de todo tipo: en su gran mayoría, gente muy amable y educada, personas orgullosas de su país que se mostraban abiertamente felices de que no tuviera miedo y viniera sola a conocerlo; pero también, y en un principio no contaba con ello, he conocido la otra cara de México: buenas personas que en su pasado estuvieron ligadas al crimen organizado y que tuvieron que salir escopetadas para no terminar con un tiro de gracia en la frente.

Historias oídas, que no vividas, y que no entrañaban pues peligro alguno para mí, pero que no dejan de hacerte ver que, tras esa máscara de parranda y risas, este país tiene otra cara más seria y peligrosa a la que hay que respetar. Y en la que no hay que meterse nunca jamás.

Tras conocer algunas de estas truculentas narraciones, que desde luego no saldrán de mi boca salvo quizá en mi círculo más íntimo, entré en una librería con la idea de comprarme un libro sobre el narcotráfico. Me había quedado demasiado consternada con todo lo que me habían contado, era como vivir una película; pero sobre todo me quedé preocupada con lo fácil que era meterse en ese mundo.

Su autora, Anabel Hernández, es una alabada y premiada periodista de investigación aquí en México. Lo recomiendo a cualquiera que esté un poco interesado en el tema, o a fans de series tipo The Shield y Breaking Bad. Leyéndolo, no se da crédito de hasta qué punto los narcos controlan a gran parte de los dirigentes municipales, estatales y federales del país. Y, por tanto, al país entero. Valga como ejemplo el caso de la “fuga” de El Chapo de la cárcel en la que cumplía condena antes de tornarse un mito nacional: queda demostrado en el libro, e incluso corroborado por el mismo capo, que fue ayudado en su huida por altos cargos de la Policía Federal. La misma policía por la que fue encerrado. ¿El motivo? Os lo leéis, que es muy largo de explicar.

Y es que no sé cómo será en otros sitios, pero por lo vivido y leído, queda bastante claro que aquí el crimen organizado es el dueño y señor del país. Sólo hace falta levantar la mano y tener el valor de robar, secuestrar o matar para que te metas de lleno en él a cambio de un sueldo más o menos razonable. Oferta hay para todos y demanda, por muchos motivos, no falta, señores.

Uno de los motivos, creo, es la educación. Todos los que me contaron historias de este tipo tenían en común que no habían estudiado. Desconozco cómo será el sistema educativo aquí en México, si es bueno o no. Pero el caso es que todos ellos habían dejado sus estudios a temprana edad. Y aquí, si no estudias, lo tienes mal para tener un salario decente, porque incluso los licenciados están mal pagados. Todos ellos tenían también en común que provenían de familias en las que se alaba la fuerza y el honor: en suma, al macho mexicano. Para ellos lo más normal era pues trapichear. Y aquí es sencillo. Y rentable.

Creo que la educación influye también de manera decisiva en el machismo que tanto me ha molestado. Todos ellos veían a la mujer como un objeto, al que primero conquistar, para acto seguido dominar y pisotear. De una manera leve, quizá, pero a la vez bastante contundente. De la educación y el machismo, también derivan las peleas – al macho mexicano le vuelve loco una buena pelea, cualquier motivo es bueno para, de nuevo, dominar a su contrincante – y las infidelidades –puede, e incluso diría que debe, tener cientos de mujeres; no así sus parejas, claro.

Como comenta Anabel Hernández en el libro, casi todos los capos del narcotráfico están cortados por este patrón: seres primitivos sin estudios que se dejan llevar por sus pasiones, por el honor y el dinero fácil, con el objetivo de terminar siendo el que tenga más mujeres, más huevos, el más inteligente, el más chingón.

El propio Chapo, uno de los hombres más ricos del mundo y al que todo el mundo describe como inteligente y retorcido, pero también encantador en su trato, nació en una familia campesina y pobre del Norte de México; su padre se dedicaba a la siembra de la amapola, de la que se extrae la heroína, y tanto él como sus hermanos dejaron la escuela para ayudarle en el campo y así sacar más dinero. La primera vez que fueron a venderla a la ciudad, decidió que se dedicaría a eso, pero a un nivel más ambicioso: la compraría y la distribuiría.

Se dice que los niños en el Norte, cuyas familias siguen viviendo de esta siembra, juegan a ver quién será el próximo Chapo. Es lo que les queda, con lo que les dejan soñar: honrar a sus familias siendo respetados, ricos y deseados, o ser pobres y débiles.

El narco no sobreviviría de la manera que lo hace sin políticos y policías comprados: ya sea por sacarse un sueldo extra o porque son extorsionados por los diferentes cárteles. Sin ganas de meterme en política, porque no he leído apenas nada y no estoy enterada, sólo apuntar que en el libro, escrito en 2010, se nombra a Peña Nieto tres veces: las tres, sorprendentemente, es gran amigo y aliado de lo peorcito del este mundillo.

La sensación final del viaje es, por tanto, un poco agridulce. Y es agridulce porque me da mucha pena que un país tan bonito y con tantos recursos naturales, que podrían explotarse de manera legal, y cuyos habitantes por lo general son tan generosos, divertidos y hospitalarios, esté lacrado por un negocio tan sucio, pero a la vez tan rentable, como el de la droga (y sus derivados, como la trata de blancas… ¡jarl!).

Es una realidad del país que de primeras no me esperaba encontrar. Yo venía a hacer turismo, comer tacos y tirarme en la playa. Pero, a la vez, no puedo estar más agradecida y contenta de que me hayan dado la oportunidad de conocerlo un poco más como es en realidad, aunque eso conlleve haberme llevado algún mal rato que otro. Me parecería un pequeño fracaso haber estado aquí tres meses e irme sin historias turbias que poder contar en una cena en España. Al final, tengo unas cuantas.

Han sido tres de los mejores meses de mi vida. Volvería, y seguro volveré, mil veces. Como me ha dicho Marco: “México es tu trampolín a Sudamérica, todo lo que has conocido te va a servir mucho”.

Y estoy segura que así será.

Gimme the power, Zihuatanejo

12 Jul

¿Qué pasa con este blog? ¿Esto es todo lo que tenías para nosotros, mamarracha de mierda?

¿Dónde se mete? ¿Dirigiendo una banda de narcotraficantes para abrirse camino en el lucrativo mercado valenciano? ¿Se habrá puesto cerda a tacos y se niega a subir cualquier prueba de ello? ¿Colgando boca abajo del puente de una autopista? Nada de eso, amigos, el verdadero motivo de tan dolorosa ausencia es que he pasado dos semanas en un pueblito llamado Zihuatanejo y, allí, sus amables, hospitalarios y alcohólicos habitantes me han acogido como a una más.

Estos encantadores amigos son Tona, Carlo, Ana, Fabro, Cheko, Omar, Rodo, Laura, Leo, Manuel, Chayo… Desde el mismo momento en que llegué me abrieron las puertas de su bar y de su casa. Ha sido lo más cerca de vivir Friends que he estado nunca, sólo que el Central Perk se llamaba Barracruda: si querías hacer algo, sólo había que dejarse caer allí y la gente iba apareciendo, soltando chascarrillos y proponiendo planes. Quería presentároslos a todos con breves entrevistas, porque cada uno de ellos lo merecía, pero se me jodió la cámara a los pocos días de estar allí y no pudo ser. Qué le vamos a hacer.

Zihuatanejo es un pueblo turístico, pero no tanto como los demás sitios donde he estado, por lo que he tenido oportunidad de conocer México más a fondo. Algunas de las cosas que he aprendido son éstas:

La corrupción y el crimen organizado están a la orden del día. A un nivel elemental, claro, pero que no es difícil llegar a conocer si vives en un mismo sitio durante un tiempo. En México nunca sabes con quien estás hablando: una encantadora anciana puede ser la abuela del Chapo Guzmán, así que es mejor andarse con ojo. A esto se le une que los mexicanos son generosos y hospitalarios por naturaleza, por lo que son muchas las veces que te quieren invitar a algo. En esos casos, creo que lo mejor es aceptar, para que no se molesten, ser amable sin ser coqueta, y comer o beber rápido dependiendo de la pinta que tenga el tipo.

Un día una amiga y yo nos fuimos a comer y un señor nos invitó a sentarnos con él, porque no había más mesas libres. Era un hombre ya mayor que trabajaba en el sector de la construcción, coordinando proyectos en Zihuatanejo. Resultó ser muy amable, nos cantó canciones de amor en el escenario y nos contó su vida, haciendo mucho hincapié en que conocía a todos los políticos electos de la región. Segundos después, llegaron dos policías, se sentaron en la mesa y comieron con nosotros. La invitación, bastante elevada, corrió de su cuenta.

Las relaciones de pareja, o al menos las que he conocido, parecen ser más una lucha de poder que una relación, como quizá la entendemos nosotros. Y, como en toda lucha, siempre hay perdedores; casi siempre, la mujer. Hay mucha desconfianza y celos entre las parejas, pero también entre personas del mismo sexo, incluso entre amigos. Los hombres no se fían de los hombres ni las mujeres de las mujeres. Ahora entiendo por qué me cuesta tanto hacer amistades femeninas y tan poco masculinas. Por supuesto, mis amigos me alertaron de que, de primeras, un hombre sólo te habla si se quiere acostar contigo. Pero bueno, eso es así en todos lados.

Existe el machismo. Muy cabrón además. Y las mexicanas, por lo general, y algo muy loco para nosotras doñas topless, se bañan vestidas en el mar. Muy vestidas, en camiseta y pantalones, hasta el punto de que me sentía mal enseñando mi lorza serrana. Además, casi nunca llevan vestidos. De esto tardé bastante en darme cuenta, pero ayudó que tres de mis amigos, en diferentes momentos, me preguntaran: “Tú y tus vestiditos… ¿nunca te pones jeans?”. Supongo que todo ese rollo tendrá que ver con no dejar acceso “libre” a nuestro chocho. O yo qué sé.

El ahorita da mucha risa. Puede ser media hora, cinco horas o no llegar jamás. Cuando estuve allí fueron las elecciones y había ley seca todo el fin de semana. Dos días enteros en que cerraban los bares, no se vendía alcohol y sólo se podía beber en casa. Como entenderéis, era un tema bastante preocupante. Viernes, 22 horas y no habíamos comprado nada. ”Ahorita, ahorita la armamos”. Son las 23.50 y seguimos sin tener nada. ”Ah, es cierto, vamos a la vinatería”. Y la vinatería hasta los topes. Y los mexicanos muertos de la risa. “¡Por los pelos, wey!”. Pero como es México, la vinatería se quedó abierta media hora más.

Y es que también he aprendido que hay que restarle importancia a las cosas para ser más feliz. Los mexicanos nunca abren cuando toca, nunca llegan a trabajar cuando toca, nunca cierran cuando toca. Y ellos lo saben y les funciona. Un día Leo, el cubano, tuvo que tirar una puerta abajo de una patada porque se quedó cerrada por dentro y no penséis que nadie se preocupó por la fianza. Cuando se me rompió la cámara (tiene un defecto de fábrica, ¿vale?), me jodió bastante, pero se me pasó rápido, porque todos me dijeron que lo olvidara. “No te claves, Artemisa. Ya pasó”. Y así es. ¿No tengo todos los vídeos y fotos que quería para montar? Pues no pasa nada. Hoy me he comprado una muy baratita mientras me arreglan la otra y asunto resuelto.

Lo que he aprendido en Zihuatanejo es muy Gimme the power, estoy feliz de haber conocido a todas las personas con las que he tenido el placer de convivir dos semanas, y por todo lo que me han enseñado; por supuesto muchas de esas cosas me las quedo para mí.

El vídeo empieza en una de las noches de Ley Seca, para que veáis lo absurdamente árida que fue. Todo el finde así.

El lunes quedamos y Omar preguntó: “¿Hoy tomamos o qué?”. A lo que Cheko respondió: “Nah, hoy ya no tiene chiste”.

El cumple de la nena

24 Jun

El viernes pasado fue el cumpleaños de Marimar.

Me desperté muy triste, con algo de resaca y sin ganas de hacer nada. Pero al final no me atreví a dejar que pasara el día de este modo, así que me embutí como pude en el bikini y me fui a la paradisíaca playa de Lost con la idea de echar el día e ir a comer.

Esta vez el camino fue un juego de niños. Pero al parecer en esa playa siempre pasan cosas, porque al poco rato de estar tirada al sol, llega un enorme barco cargado hasta los topes de maricones con la música a todo trapo. Me hizo mucha gracia que tuviéramos fiesta gay, claramente le hubiese molado… de algún modo.

Miraras donde miraras, había una estampa diferente: maricas tirándose desnudos del barco, maricas haciendo moldes de sus pollas en la arena, maricas retozando en el agua, maricas riéndose a carcajada limpia mientras jugaban a echarse agua, maricas bailando el Hung Up. Incluso me atrevería a decir que había un claro caso de pederastia en la sala. Eso o padre e hijo gays. Your choice.

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Además del drama de un chico que trataba desesperadamente de volver a entrar en el armario, porque me miraba muchísimo más a mí que a ellos. Sus ojos hablaban solos, desesperados, a la deriva: “Sácame de aquí, por favor. Ni Madonna me gusta ya”.

Cuando se marchan con su rave, decido que ya le he dado suficiente tregua a mi estómago y que me voy a comer. Lo que todavía no sé es que será el mejor pescado que he probado en mi vida y que además será gratis. ¡Gratis! Sí, así se las gasta mi salvador Alfonso, como le llamo ya. Cuando le pedí la cuenta me dijo: “Estás invitada. Nada más déjales la propina a ellas”. Qué elegancia, por el amor de dios.

Mejor pescado de mi vida = Ocean Grill en la playa Colomitos. Qué menos que un poco de publicidad.

Me voy a la playa un rato más pero no se aguanta el calor y decido que ya es hora de ponerse a celebrar y, por tanto, a beber. Regreso al Ocean Grill (mejor pescado ever) y las camareras, Chelsea y Crystal, una ucraniana y una rusa que no sabría decir cuál era más guay y estaba más buena, me dicen que me ponga en la barra con ellas si me apetece. Ese mismo día habían decidido dejar de beber una temporada, pero se lo piensan mejor y se abren unas birras. Son la mar de listas y graciosas, y se cuentan unas historias muy divertidas. Una por ejemplo en la que un amigo mexicano se cayó al suelo y se dejó todos los piños. Los de arriba y los de abajo. TODOS. A lo que reaccionó diciendo: “Wey, no mames, no mames…”. Y acto seguido se limpió la sangre, recogió los dientecitos del suelo, los guardó en un bolsillo y dijo: “Crytal, pue vamo a toma una chela, ¿no?”. Mexican style, les da todo igual, incluso sus propios piños.

Al rato se tienen que marchar, y de camino al hostal me encuentro con dos gays encantadores con los que hacemos muy buenas migas y me invitan a su casa a tomar la última. Martin, el mexicano, me recuerda al de Modern Family, da risa ya sin hablar, y a Mar le hubiese vuelto completamente loca. Y yo me lo hubiese comido. Enterito. Fue también muy divertido… No os voy a aburrir más con cosas que hablamos ahí, no porque no me acuerde ni nada, pero es que esta entrada ya se está alargando.

El caso es que empezó fatal pero terminó siendo uno de los mejores días de mi vida. Y no puedo creer que fuese mera casualidad que estuviésemos celebrando su cumpleaños.

Si algo me queda claro después de ese día es que este viaje ya tiene sentido sólo por esto, por haberle dado una gran fiesta de cumpleaños, en un entorno inmejorable con rave gay incluída, y gente lista, bonica y graciosa todo el rato.

No tengo ninguna duda de que se lo pasó de maravilla. Y yo con ella.

Feliz cumple, nena.