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Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (3)

6 Feb

[Antes de empezar, quería deciros que si me he demorado tanto en escribir esta última entrada, cuya tardanza sé que os ha llevado a un nivel ansioso de quitaros el sueño, es porque actualmente el proceso de paz con las FARC se está viendo entorpecido por una serie de secuestros y pequeños atentados que ha habido en el país. Quería ver si se solucionaba – optimista de mí – y podía ofreceros algún tipo de balance político. Me parecía apropiado para terminar la entrada con los problemas que, también, presenta Colombia. Como no ha  sido el caso, he decidido publicarla y dejar ese tema para más adelante.]

Ahora sí, sigamos con las cosas que podrían hacer que alguien quisiera quedarse en Colombia:

5) Las drogas

Y con este punto sé que, tras ocho meses de anodinas entradas en este vuestro blog, por fin capto la atención y estimulo las pupilas de algunos de mis lectores más trasnochados: sí, amigos, en Colombia hay drogas. Y además es de lo poco que es realmente barato. He aquí una guía de precios para que no os timen cuando vengáis de visita y queráis comprobar si la realidad colombiana está a la altura de su mito:

El precio medio del gramo de coca está a 7 euros. Y al parecer si tienes los contactos adecuados, te lo dejan en 5 – ¡ponme 6! -. Es fuerte, da taquicardia, incontrolable agitación de mandíbula y muchas ganas de aburrir a vuestros amigos con mil mierdas, así que si os animáis a probarla, hacedlo con tiento.

El precio de la marihuana oscila según su calidad: la más normal es muy barata, puedes conseguir hasta diez gramos – una buena bolsa – por un euro. Si ya lo que quieres es algo más fino y selecto, el precio es de a euro el gramo aproximadamente.

En cuanto a alucinógenos, lo que se lleva por aquí son los ácidos, el LSD, a 5 euros el cartón. Que al parecer, y sobre todo si es la primera vez, con medio ya vas. Si lo que queréis es esto, amigos psicodélicos, tenéis que preguntar por trips.

Los hongos los puedes encontrar alrededor de cualquier boñiga de las muchas vacas que pastan sueltas por los pueblos. Es ahí donde crecen: sólo hay que pasear un poco por el monte, arrancarlos y lavarlos. ¡Cuelgue gratis!

Éstas son las drogas más normales por aquí, con denominación de origen 100% colombiana, como las arepas; si queréis MDMA, éxtasis, etc. tendréis que aumentar el presupuesto y rascaros el bolsillo, que eso viene de ultramar y ronda los 50 euros.

Total, que haber drogas, haylas, pero no os creáis que te acosan ofreciéndote. No obstante, si las quieres, tienes lo que quieras. Y, al parecer, con una facilidad que hasta da un poco de vértigo.

6) El baile

En Colombia casi todo el mundo baila. Como os conté aquí, por lo general se seducen bailando. Ya puedes ser un genio del humor, que si no bailas bien, lo tienes regular. Uno de mis entretenimientos favoritos cuando salgo, además de imitar a Shakira, es observar las formas en las que se menean, algunas de las cuales rozan lo pornográfico. El pimpam de Terelu y Pipi – sí, lo sé, de nada por esta imagen hasta ahora debidamente olvidada en vuestros cerebros – es un juego de niños comparado con el perreo colombiano.

Este perreo es más propio de la costa; en otras partes del país se lleva más la salsa, la cumbia, el vallenato, el porro… un sinfín de diferentes tipos de música latina.

¿El pop-rock? ¿Qué es ESO?

7) Los animales viven felices y sueltos… hasta que se los comen.

Vacas, gallinas, corderos, chivos… todos juntos y felices, comiendo a deshoras y paseando tranquilos, hasta que les toca pringar. Porque pringar, pringan, que ya lo vimos en el vídeo del silencio de los corderos. Pero al menos no están enjaulados, siendo cebados por máquinas hasta ese momento.

Se les siente felices, con una mirada limpia y el pelo sano.

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8) Está permitida la venta ambulante

En Colombia, allá donde mires, hay un vendedor ambulante. Ya os conté aquí que hasta yo me lancé a probar, porque según cómo te lo montes, puedes sacar mucho más dinero que en un trabajo normal. Sólo hay que registrarse en el ayuntamiento y listo. Y además, cual alfombra de El gran Lebowski en su salón, da ambiente a la ciudad.

Creo que si en España se pudiera hacer – de momento este tipo de venta sólo está permitida en mercadillos, ferias, eventos, etc. -, otro gallo cantaría. Me parece una muy buena opción en tiempos de crisis o para gente sin estudios. Por lo menos, tendrían la opción de levantar un negocio propio y no depender del trabajo que ofrecen las empresas.

Y no creáis que la venta ambulante es algo que está más ligado a los países en vías de desarrollo, porque en Estados Unidos está permitido. Aquí un listado de los foodtrucks más molones de NY:

http://www.gastroeconomy.com/2012/03/los-food-trucks-de-nyc-un-top-ten-para-comer-en-la-calle/

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¡Y con esto hemos terminado! No está mal, ocho motivos para que os animéis a conocer el país.

En resumen, lo que he intentado expresaros a lo largo de estas tres entradas, no sé si con el mejor de los aciertos, es que Colombia es un país digno de ser visitado por muchos motivos, que por desgracia quedan deslucidos por la mala prensa que tiene la región: es un país objetivamente hermoso, capaz de complacer al visitante más exigente por su heterogeneidad, lleno de gente alegre, amable, educada y culturalmente diversa, que se muestra más que dispuesta a aceptar al extranjero y enseñar su país; un país donde se disfruta, se baila, se ríe, se bebe y se come; un país donde hasta los animales son felices hasta el último segundo de sus vidas. Un país donde por lo general, creo, la esencia del humanismo – las FARC no deja de ser un movimiento que se creó, originariamente, con un objetivo revolucionario, social, igualitario y de autodefensa campesina – está mucho más presente que en la vieja Europa.

Y ya para terminar, y dejando el debate político para otro momento, sólo anotar que todo el rollo que os he metido se basa, como no puede ser de otra manera, en mis impresiones, siempre personales, a lo largo de estos casi seis meses en el país.

Os dejo con este vídeo que grabé en mi primera semana colombiana, porque creo que representa bien lo que os he venido contando en estas tres últimas entradas – amabilidad, diversidad, baile, música… ¿drogas? – y también lo buenorras que están las titis por aquí.

Las colombianas, sus melenas y sus caderas merecen, sin duda, una entrada aparte.

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Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (2)

24 Ene

Sigamos pues con los motivos que podrían provocar que alguien se quisiera quedar en el país:

2. Su diversidad geográfica y cultural

No me resulta fácil describir Colombia; en parte porque no la he visitado toda, y en parte por su gran riqueza y diversidad cultural y geográfica. Espero no meter mucho la pata, pero de momento, sin conocerla en su totalidad, así es como la veo yo: exactamente como este croquis de paint con el que me he tirado un rato y me lo he pasado bastante bien:

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Colombia tiene de todo: tiene playa, la bañan el mar Caribe y el océano Pacífico, una zona selvática que limita con Venezuela, Brasil y Perú, y una región andina o montañosa. Por tanto, tiene diferentes climas, además de un sinfín de pueblos coloniales, cascadas, ríos e incluso desierto.

A grandes rasgos, la zona caribeña y del pacífico tiene una fuerte raíz africana; la selvática, indígena; mientras que la andina, en el centro del país, es de herencia europea. Así, Colombia es un país multicultural, donde cada región es diferente y cuenta con sus propias características, que las distinguen de las demás.

En el centro del país, en los límites de la región andina, se encuentra Bogotá, que es una capital moderna, con muchas zonas verdes, museos, galerías, restaurantes, cafés… de todo. Los rolos, sus habitantes, son amables, aunque en el resto del país parece que se ganan la etiqueta de altivos. Una ciudad donde es ¿posible? abrirse camino y buscar trabajo (de esto hablaremos en próximas entradas).

Esta zona andina es una de las más extensas y desarrolladas del país, con ciudades como Medellín, cuna del famoso traficante Pablo Escobar, la zona cafetera y el valle del Cócora. Es una región verde, cercada por montañas y repleta de encantadores pueblos coloniales, enmarcados en la naturaleza, donde el visitante, al parecer, es acogido de mil amores.

El Caribe es un cachondeo, la Marina D’Or de cualquier colombiano que se precie. Se puede volver una y otra vez porque es un paraíso, la buena vida en estado puro. Su ciudad más importante es Barranquilla. Esta zona tiene, además, la Sierra Nevada de Santa Marta a sus espaldas, o el llamado “corazón del mundo” para los indígenas.

Taganga. ¡Ay, Taganga!

Taganga. ¡Ay, Taganga!

El Pacífico no lo he visitado, pero me han contado que, a pesar de que el oleaje es mucho más fuerte, es otro edén, que además tiene mucho menos turismo que su competidor caribeño.

De la zona limítrofe con Brasil, tampoco puedo hablar con propiedad, pero el Amazonas es el Amazonas, ¿no? Una de las descripciones que más me han gustado ha sido la de Sabina, mi compañera de piso: “Arti, tú entras ahí y parece que te han encogido: TODO es mucho más grande de lo habitual: los árboles, los mosquitos, las lagartijas, las arañas… TODO. Estás alucinando todo el rato. Y quedarte a dormir en una cabaña en plena selva, oyendo el ruido de todos los animales… algo que tienes que hacer”.

La zona sur y oriental del país es selvática y está en su mayoría despoblada.

Y seguro tiene muchas más cosas que os iré contando en breve. Por ejemplo, no tengo ni idea de como luce la zona de los Llanos Orientales, y los colombianos que conozco tampoco me la saben describir del todo bien: me han dicho que es LLANA, recuerda a un western, se come asado y se baila este baile TAN MOLÓN, donde en el segundo 45 el titi se marca un zapateo que ya quisiera para sí Joaquín Cortés:

Totalmente imprescindible, vamos.

3) Por la Sierra Nevada de Santa Marta y el Caribe

Si algo conozco bien de Colombia es la costa. Vosotros lo sabéis, yo lo sé. No nos hagamos los remolones. Y creo que constituye un motivo por sí solo. Sin ganas de ponerme intensa, porque no me apetece, os diré que es lo más bonito y extraño que he visitado en mi vida. Es extraño porque creo que, en efecto, esta zona tiene algún tipo de magnetismo que hace que quien la pise, quiera quedarse allí para siempre. Yo estuve casi tres meses, y son demasiados los casos de mochileros que conozco que, tras cruzarse toda Sudamérica, finalmente han establecido un negocio en alguno de sus pueblos.

Lo que la hace especial es la combinación Caribe + Sierra: la cadena montañosa costera más elevada del mundo, con 5700 metros de altitud en su pico más alto. Vamos, que no hay una montaña más alta y tan cerca del mar en ningún sitio mundial.

Como prueba de la importancia de la zona, aquí os cuento un caso muy curioso que conocí en Palomino: por allá en los setenta, un grupo de colombianos de diferentes partes del país, agobiados por la forma de vida del mundo moderno, se fueron juntando, sin saber muy bien cómo, en esta Sierra, y adoptaron las formas de vida indígenas: vivían alejados de la civilización, araban la tierra, cuidaban a los animales, trabajaban en su espiritualidad… Y allí se quedaron veinte años viviendo en comunidad, y siendo finalmente aceptados por los indígenas.

Lo que me resultó más curioso es que todos con los que hablé coincidieron en que fueron subiendo a la Sierra por un impulso, sin saber si habría más gente ahí arriba o no. El plan era irse solos. Y poco a poco se fueron juntando, construyendo sus casas y conviviendo, con gente a la que anteriormente no conocían de nada.

Todos creían en el “poder de llamado” de la zona.

Playa de Palomino

Playa de Palomino

La Sierra, al ladito

La Sierra, al ladito

Sea como fuere, el caso es que hasta yo misma he estado atrapada aquí, sintiéndome totalmente incapaz de dejarla: esta zona tiene rollo, amigos. No sé cuál, pero lo tiene.

4) Su retórica

Los colombianos, por lo general, hablan fenomenal: tienen un castellano muy rico y expresan a la perfección sus ideas en palabras. Además, se les une que, como vimos en el punto 1, son muy educados, por lo que, hasta los más jóvenes cuando hablan con sus amigos, usan el Usted, y no es nada raro escuchar su forma alargada “Vuestra Merced”.  Es muy raro que pasen al tuteo. Muy raro. Entre hermanos se hablan de Usted.

A la hora de escribir pueden cometer más faltas que nosotros, sobre todo con la “c” y la “s”, con las que creo que todos los latinos tienen un buen follón armado, porque no las distinguen fonéticamente y la única manera de diferenciarlas es leyéndolas mucho. Sin embargo, la tradición oral se conserva rica e intacta: expresan en palabras sus ideas, usando muchísimos adjetivos que yo no he escrito en mi vida, y convencen con ellas.

Claro que los jóvenes, sobre todo dependiendo de su estrato social, tienen su jerga. Pero es una jerga suave por lo general, sobre todo comparándola con España.

Como me han dicho en más de una ocasión de manera educada, pero diciéndomelo al fin y al cabo, la manera en la que hablamos los españoles les parece grosera (me encanta que usen este adjetivo, que es fino a la par que contundente). Poco a poco me he ido dando cuenta de que tienen razón, y de que en mi vocabulario destacan joyitas como: “por lo cojones”, “me la suda”, “estoy hasta la polla”, “que le den por culo”, y un amplio espectro de exabruptos que no dejan en muy buen lugar a nuestro país, en cuanto a riqueza oral se refiere. Y eso que yo soy más o menos educada, que viendo Gandía Shore, reality que adoro, y fijándome en este punto, he alucinado. Si le pongo cinco minutos al azar a cualquier colombiano, convulsiona espontáneamente.

Da gusta oírles hablar, oiga. Y dan ganas de que en España haya una asignatura en las escuelas en la que enseñen a los niños a expresarse correctamente.

Como me dijo Rául Querido un día, luego así pasa allí, que cualquier persona que se exprese medianamente bien es considerada un Dios. Véase el caso de Risto Mejide, por ejemplo.

Y por hoy ya hemos terminado, que me estoy alargando y el mapa del paint no se ha hecho solo.

Más motivos, muchos de ellos superficiales, en la próxima entrada.

Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (1)

21 Ene

Tras cinco meses aquí, creo que ha llegado el momento de hablar de Colombia. Esta mañana en la cama, pensando sobre qué escribiría en el blog, me he dado cuenta de que apenas os he contado nada del país. Sí, os he descrito diferentes anécdotas, os he hablado de Taganga y de un señor alemán, de que trabajé de chacha, pero poco más. No ha sido como con México, donde – creo – sí traté de expresar mejor lo que me parecía… o al menos como me hacía sentir como visitante – el guía que me tocó las tetas, mi historia con las travestis, Zihuatanejo… me parece que son entradas que dan a entender problemas que tiene el país – .

“¿Y eso por qué?”, me he preguntado mientras me duchaba – como veis, llevo una vida trepidante –, “¿por qué tanta diferencia entre lo que contaba de México y lo que cuento de Colombia?”.  Más allá de que una entrada analítica requiera más reflexión que otra simplemente descriptiva, creo que se debe a que la naturaleza de los países es muy diferente.

Os voy a poner un ejemplo algo choni, pero que creo que servirá para entender la situación: en este ejemplo México sería como el novio cabrón que te da mala vida, y Colombia el bonico con el que estás encantada y todo va bien. Mientras que el novio cabrón te hace darle mil vueltas a las cosas y aburrir a tus amigas con situaciones e historias para que te apoyen y te comprendan, con el novio bonico todo marcha, y cuando te preguntan que qué tal, tú sólo respondes: “Muy bien, muy bien, es tan encantador…”

Así es como siento los dos países: con México, a pesar de que lo adoro, hay que andarse con ojo; con Colombia, una simplemente se relaja y disfruta.

Hoy estoy hilando fino, fino, ¿eh?

Pero en realidad me parece muy injusto, así que vamos a darla al novio bonico lo suyo. Ya vale de que, por no dar problemas, esté siempre en la sombra: lancemos todas sus virtudes al aire. Y más cuando este bonico tiene mala fama entre tus amigos por su pasado cocainómano…

Hagámoslo, además, en diferentes entradas, que si no esto va a ser un coñazo.

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Colombia, el riesgo es que te quieras quedar: Éste es el claim de la campaña turística del país, y creo que está muy bien y es muy acertado.

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¿Y cuáles son los motivos que podrían hacer que te quisieras quedar? Vamos a verlos:

  1. Los colombianos.

Se dice que en los viajes la diferencia la marcan las experiencias y las personas que conoces, algo con lo que no puedo estar más de acuerdo. Creo que, más allá de visitar sitios y monumentos, que muchas veces se parecen entre sí y por tanto se terminan olvidando, de eso se trata viajar: conocer la cultura desde dentro, hablar con la gente y que te enseñen cómo funciona su país. Abrir la mente, aprender, entender que hay otras maneras de vivir, y decidir qué te gusta más. Por lo menos, para mí, así es mucho más gratificante… por eso viajo tan lento.

Colombia en ese aspecto tiene mucho ganado, y por eso es, junto a Brasil, uno de los países predilectos por los mochileros que se cruzan toda Sudamérica: los colombianos son encantadores, amables y educados. Al primero que conocí fue a Javier, mi anfitrión bogotano, el perfecto y educado colombiano del que ya os hablé en su día. Los demás, si quizá no todos han conseguido estar a la altura, que es mucho decir, sí han superado el examen con nota.

Me sigue pareciendo impresionante lo mucho que desean – y por tanto consiguen – que conozcas su país y que te guste. En esto creo que también influye que quieren, y con razón, quitarse su mala fama ante el mundo y que además hace poco que están abiertos al turismo; ya veremos si les hace tanta gracia en veinte años. El caso es que, de momento, quien lo visita se siente arropado, querido y bienvenido.

Aquí os van dos anécdotas sobre este punto:

a)      Estaba yo desayunando en un café de San Gil, cuando un señor de mediana edad, que me debió de oír pidiendo la comida, se me acercó y me preguntó si era de España. Le dije que sí y me comentó, todavía de pie, que justamente estaba leyendo un artículo sobre la crisis. Tras unos minutos de cháchara, me pareció tan majo que le invité a sentarse conmigo. Se llamaba Paco, era biólogo, y simplemente quería conocer un poco mi historia: saber por qué estaba en Colombia, si me estaba gustando, etc. Le conté de todo y me escuchó con una sonrisa. Él me habló de cosas que podía hacer en San Gil, me recomendó varios hostales baratos donde quedarme, pagó la cuenta y después se despidió con un (literal, porque lo apunté en el cuaderno): “Bienvenida a Colombia. Seguro este país te va a acoger como te mereces”. Y se marchó. Sin pedirme el teléfono ni nada. Sólo por el placer de hablar con una extranjera, conocerla y lograr que se sienta acogida en su país. ¿Se puede ser más amable que eso?

b)      Estaba en Villa de Leyva, visitando el Museo Casa de Antonio Nariño, un militar que luchó por la independecia de las colonias americanas, y al ser temporada baja era la única visitante. El museo era gratis y una señora encantadora me explicó cada pieza que contenía. A mitad de la visita apareció su hijo, un niño de unos seis años, que me miraba sin cesar y con el que me puse a hablar en cuanto su madre terminó la exposición, porque echo muchísimo de menos a mis sobrinos. A la salida, todo bonico, me intercepta y me pregunta que qué voy a hacer. Le digo que mi plan es visitar el pueblo y me pregunta que si me puede acompañar. Le digo que claro.

No me invento nada, este niño existió

No me invento nada, este niño existió

Este niño se pasó conmigo dos horas en Villa de Leyva, enseñándome cada esquina y siendo todo el rato encantador. Yo, con mi mentalidad de primer mundo, pensaba: “Ay, luego me pedirá pasta o algo”. Pues no sólo no hizo eso, sino que le pregunté si quería tomar algo y me dijo que no. El niño me acompañó sólo por enseñarme su pueblo y hablar conmigo. Cuando le dije que era de España, muy mono me preguntó que si eso estaba en Perú.

“Pero era un niño”, diréis, “los niños son así: bonicos y entusiastas”. Pues yo no me he cruzado con otro igual. Estaba bien educado, por padres muy seguramente también correctos, amables y abiertos.

¡¡Y por hoy ya está, amigos!!

¿Os habéis quedado con ganas de más? Más razones por las que quedarse – el país, su retórica, la cocaína y mucho más – , en próximas entradas.

Últimamente no me pasan muchas cosas, dejad que alargue lo poco que tengo que ofreceros.

México: ajuste de cuentas

14 Ago

Tras casi tres meses de viaje en México, y a dos días de volar a un nuevo país, toca hacer balance de todo lo vivido y aprendido. Es la entrada que más me está costando escribir, pero también en cierto modo a la que le tengo más ganas, por tratar de asentar en mi cabeza todo lo que llevo pensando hace semanas; me siento como en el colegio, cuando tenía que escribir un comentario de texto de una obra que no había entendido del todo bien y trataba de salvarlo como fuera.

En primer lugar, y aunque suene innecesario para muchos, diré que no voy a tratar de hacer una descripción de los mexicanos, ni de su cultura o de su país, sería absurdo: simplemente quiero poner en orden las experiencias que he tenido, lo que he leído y las impresiones, siempre personales, que todo ello me ha aportado. Como sabéis, me han pasado cosas muy buenas y otras regulares.

También espero no decir que México es un país de contrastes, aunque ciertamente no le falte razón a esta manida afirmación. Pero quién sabe, puede que incluso termine siendo la conclusión de la entrada.

Vamos allá, pues.

México es, sin duda, un país acojonantemente bonito. Soy incapaz de recordar alguna estampa que no me haya gustado. Todas las ciudades y pueblos que he visitado son preciosos, incluso los que he visto de pasada desde el autobús. Me cuenta Marco que aquí se dice que cuando Dios creó el mundo, fue poniendo cosas por todos lados… hasta que le quedó hacer México. “¡Chinga! ¿Y ahora qué le meto? Pues venga, tantito de todo”. Y así es, México tiene DE TODO: extensos desiertos, insondables selvas que cubren vestigios desconocidos de civilizaciones prehispánicas, coquetos pueblos perdidos en la sierra, playas de arena y agua cristalina de las que no os querríais ir nunca jamás, inmaculadas ciudades coloniales e impresionantes y enigmáticas ruinas que dejan mudito al que las observa. Al parecer en el norte del país hay hasta pistas de esquí, para quien guste romperse una pierna. El DF cuenta además con algunos de los mejores museos del mundo: Antropología, Bellas Artes y el Palacio Nacional.

Tiene todo lo necesario para pasar unas buenas vacaciones. En mi caso he disfrutado mucho con las ruinas: Teotihuacán, Uxmal, Kabah, Ek-Balam, Chichen Itzá, Tulum y Cobá. Palenque, que sigue siendo mi preferida, la conocí hace seis años. Si pudiera regresar a algún momento histórico, estoy segura de que sería éste; en concreto, me volvería loca saber cómo fue la gran Tenochtitlán, donde hoy está el DF: ciudad sobre un lago que dejó de piedra a Hernán Cortes.

Creo que los mexicanos, como ya he dicho en varias ocasiones, son muy hospitalarios y fiesteros, hasta el punto de que hasta la muerte les resulta un buen motivo de parranda. Te abren las puertas de su casa y les encanta contar interminables historias y hacer bromas – el DF es conocido por su albur, en el que juegan continuamente con las palabras y su doble sentido para provocar la risa. Es, pues, un país ideal para viajar sola, pues nunca te va a faltar alguien que se interese por ti y te dé conversación.

Y es además un destino perfecto para viajar sola porque es un país seguro. Sé que algunas de las cosas que he contado pueden dar lugar a que no os lo creáis, pero así es. La máxima es: “si tú no te metes en problemas, no te pasa nada”. Por descontado, esta frase chirrió incansable como un resorte raído en mi cabeza tras mi aventura con las travestis; pero como también dije, me pasé de curiosa y, por lo tanto, pagué las consecuencias. Hay cosas que es mejor no conocer. Es como si voy a Madrid y visito Las Barranquillas, pues mira, mejor no. Sin embargo, ya con la lección aprendida y a toro pasado, es una experiencia más, y hasta puede que me sienta un poquito halagada.

Dicho esto, también creo que si te quieres meter en problemas, México es el sitio perfecto. A lo largo de este viaje, y gracias a viajar sola, he conocido a muchísima gente de todo tipo: en su gran mayoría, gente muy amable y educada, personas orgullosas de su país que se mostraban abiertamente felices de que no tuviera miedo y viniera sola a conocerlo; pero también, y en un principio no contaba con ello, he conocido la otra cara de México: buenas personas que en su pasado estuvieron ligadas al crimen organizado y que tuvieron que salir escopetadas para no terminar con un tiro de gracia en la frente.

Historias oídas, que no vividas, y que no entrañaban pues peligro alguno para mí, pero que no dejan de hacerte ver que, tras esa máscara de parranda y risas, este país tiene otra cara más seria y peligrosa a la que hay que respetar. Y en la que no hay que meterse nunca jamás.

Tras conocer algunas de estas truculentas narraciones, que desde luego no saldrán de mi boca salvo quizá en mi círculo más íntimo, entré en una librería con la idea de comprarme un libro sobre el narcotráfico. Me había quedado demasiado consternada con todo lo que me habían contado, era como vivir una película; pero sobre todo me quedé preocupada con lo fácil que era meterse en ese mundo.

Su autora, Anabel Hernández, es una alabada y premiada periodista de investigación aquí en México. Lo recomiendo a cualquiera que esté un poco interesado en el tema, o a fans de series tipo The Shield y Breaking Bad. Leyéndolo, no se da crédito de hasta qué punto los narcos controlan a gran parte de los dirigentes municipales, estatales y federales del país. Y, por tanto, al país entero. Valga como ejemplo el caso de la “fuga” de El Chapo de la cárcel en la que cumplía condena antes de tornarse un mito nacional: queda demostrado en el libro, e incluso corroborado por el mismo capo, que fue ayudado en su huida por altos cargos de la Policía Federal. La misma policía por la que fue encerrado. ¿El motivo? Os lo leéis, que es muy largo de explicar.

Y es que no sé cómo será en otros sitios, pero por lo vivido y leído, queda bastante claro que aquí el crimen organizado es el dueño y señor del país. Sólo hace falta levantar la mano y tener el valor de robar, secuestrar o matar para que te metas de lleno en él a cambio de un sueldo más o menos razonable. Oferta hay para todos y demanda, por muchos motivos, no falta, señores.

Uno de los motivos, creo, es la educación. Todos los que me contaron historias de este tipo tenían en común que no habían estudiado. Desconozco cómo será el sistema educativo aquí en México, si es bueno o no. Pero el caso es que todos ellos habían dejado sus estudios a temprana edad. Y aquí, si no estudias, lo tienes mal para tener un salario decente, porque incluso los licenciados están mal pagados. Todos ellos tenían también en común que provenían de familias en las que se alaba la fuerza y el honor: en suma, al macho mexicano. Para ellos lo más normal era pues trapichear. Y aquí es sencillo. Y rentable.

Creo que la educación influye también de manera decisiva en el machismo que tanto me ha molestado. Todos ellos veían a la mujer como un objeto, al que primero conquistar, para acto seguido dominar y pisotear. De una manera leve, quizá, pero a la vez bastante contundente. De la educación y el machismo, también derivan las peleas – al macho mexicano le vuelve loco una buena pelea, cualquier motivo es bueno para, de nuevo, dominar a su contrincante – y las infidelidades –puede, e incluso diría que debe, tener cientos de mujeres; no así sus parejas, claro.

Como comenta Anabel Hernández en el libro, casi todos los capos del narcotráfico están cortados por este patrón: seres primitivos sin estudios que se dejan llevar por sus pasiones, por el honor y el dinero fácil, con el objetivo de terminar siendo el que tenga más mujeres, más huevos, el más inteligente, el más chingón.

El propio Chapo, uno de los hombres más ricos del mundo y al que todo el mundo describe como inteligente y retorcido, pero también encantador en su trato, nació en una familia campesina y pobre del Norte de México; su padre se dedicaba a la siembra de la amapola, de la que se extrae la heroína, y tanto él como sus hermanos dejaron la escuela para ayudarle en el campo y así sacar más dinero. La primera vez que fueron a venderla a la ciudad, decidió que se dedicaría a eso, pero a un nivel más ambicioso: la compraría y la distribuiría.

Se dice que los niños en el Norte, cuyas familias siguen viviendo de esta siembra, juegan a ver quién será el próximo Chapo. Es lo que les queda, con lo que les dejan soñar: honrar a sus familias siendo respetados, ricos y deseados, o ser pobres y débiles.

El narco no sobreviviría de la manera que lo hace sin políticos y policías comprados: ya sea por sacarse un sueldo extra o porque son extorsionados por los diferentes cárteles. Sin ganas de meterme en política, porque no he leído apenas nada y no estoy enterada, sólo apuntar que en el libro, escrito en 2010, se nombra a Peña Nieto tres veces: las tres, sorprendentemente, es gran amigo y aliado de lo peorcito del este mundillo.

La sensación final del viaje es, por tanto, un poco agridulce. Y es agridulce porque me da mucha pena que un país tan bonito y con tantos recursos naturales, que podrían explotarse de manera legal, y cuyos habitantes por lo general son tan generosos, divertidos y hospitalarios, esté lacrado por un negocio tan sucio, pero a la vez tan rentable, como el de la droga (y sus derivados, como la trata de blancas… ¡jarl!).

Es una realidad del país que de primeras no me esperaba encontrar. Yo venía a hacer turismo, comer tacos y tirarme en la playa. Pero, a la vez, no puedo estar más agradecida y contenta de que me hayan dado la oportunidad de conocerlo un poco más como es en realidad, aunque eso conlleve haberme llevado algún mal rato que otro. Me parecería un pequeño fracaso haber estado aquí tres meses e irme sin historias turbias que poder contar en una cena en España. Al final, tengo unas cuantas.

Han sido tres de los mejores meses de mi vida. Volvería, y seguro volveré, mil veces. Como me ha dicho Marco: “México es tu trampolín a Sudamérica, todo lo que has conocido te va a servir mucho”.

Y estoy segura que así será.