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Grandes anfitriones en Playa del Carmen

12 Ago

Esta mañana México ha ganado la medalla de oro de fútbol en los Juegos Olímpicos y para celebrarlo hemos ido a desayunar tacos de pescado, que de primeras suena a oxímoron, pero de segundas están deliciosos. Tengo la sensación de que he tenido algo que ver con este triunfo… no puede ser casualidad que España gane el Mundial cuando estoy allí y México las Olimpiadas cuando estoy aquí, ¿NO?.

Siguiendo con los Juegos, he decidido, y esto a pesar de que los saltos de trampolín también me hacen mucho tilín, que mi modalidad preferida es la de suelo en gimnasia artística femenina: esas mujeronas sobrehumanas, probablemente sicarias en su tiempo libre, maquilladas y peinadísimas con gomina patrás, que logran conservar su inquietante sonrisa hasta el final, cuando, por un breve segundo, cogen aire para tomar carrerilla y hacer un triple mortal con el que cerrarán su titánico ejercicio.

Me volvería loca poder hacer triples mortales.

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Para ya basta de deporte y vida sana. Esta mamarracha os ofrece hoy una entrada light, animosa y de buen rollo, para eclipsar la sordidez de la anterior. Es más, os invito a que estrenéis una cerveza y os la asimiléis escuchando grupos tipo Amparanoia, a ver si así aun consigo daros más rabia.

Y es que, como predije, mi mala racha ha terminado. Estoy en paz con México, con los hombres, e incluso diría que con los hombres que van vestidos de mujeres, y viceversa.

Llevo un par de semanas en casa de mi amigo Marco, un chico al que conocí en mi anterior viaje, y que me está tratando como a una auténtica reina.  Cuando le conté todas mis aventuras, aun nerviosa y estresada, el pobre estaba consternado. “No mames, pinche Arti: ¿qué hacías en VALLADOLID con TRAVESTIS? ¡No mames! Aquí en Playa estarás bien, ya verás”. Y así ha sido. Tanto él como su novia Isa y sus compañeras de casa Ita y Are, son de lo mejor que he conocido en mucho tiempo.

Marco vive en una casa en medio de la selva que parece la de Pippy Calzaslargas. Con la única salvedad de que, para entrar, hay que pasar un puente, bajo el cual hay todo tipo de vegetación y muchos, muchos animales.

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Marco es un terremoto, un poco como Mowgly de El libro de la selva. Si pudiera desplazarse de árbol en árbol, estoy segura que lo haría. Está muy delgado, pero fibrado, porque es incapaz de quedarse quieto un instante. Y, algo que envidio profundamente, puede ingerir toneladas de comida: “¿Ya comiste, Marco?” – “Sí, pero leve… Dos platos de arroz, dos muslos de pollo, frijoles y sopa. Vamos a hacer unas quesadillas, ¿no?”. Claro que sí, dale duro tú que puedes.

Marco es muy listo y de las personas más generosas que he conocido. Tiene el don de que todos sus invitados (y desde que estoy aquí ya han pasado otros cuatro, aparte de mí) se sientan como en casa: se interesa por su vida, les da buena conversación y se preocupa de que no les falte de nada. Además, Marco lee un montón y sabe muchísimo de México. Yo, que estoy en etapa reflexiva después de todo lo que me ha pasado, queriendo hacer una entrada a modo de resumen, me quedo fascinada escuchándole hablar de mayas, aztecas, toltecas, de libros que me ayudarían a entender la historia de México y las raíces psicológicas del mexicano. “Estoy terminando este libro que te va a hacer entender muchas de las cosas que te han pasado, las buenas y las no tan buenas.  Me quedan 30 páginas, en cuanto lo termine te lo regalo”.

Marco trabaja como guía turístico en los alrededores de Playa del Carmen con hispanos, ingleses e italianos. Se los lleva a hacer tirolina, snorkel en cenotes y a ver ruinas mayas. Estoy segura que lo hará fenomenal, porque tiene el don del anfitrión, que es uno de los mejores dones del mundo y que, por desgracia, escasea bastante. En este viaje, sólo Luis, mi amigo español con el que estuve en el DF, me ha hecho sentir así de bien. He decidido que cuando vuelva a España, me voy a esmerar mucho en esto: venid a mi futura casa, os haré sentir como los reyes del puto mambo, amigos.

Por si fuera poco, Marco tiene una novia de lo mejor que he conocido en México. Se llama Isa, y desde el primer momento contribuyó a que me sintiera como en casa. Mi experiencia con las mexicanas, podría decir que en general ha sido regular, porque muchas se han puesto a la defensiva, sin darme ni siquiera oportunidad de abrir la boca. Cuando vi que Marco vivía con su novia, lo primero que pensé fue: “AY”. Pero me duró exactamente dos minutos, porque Isa es también encantadora. Nada más conocerme, se puso a preguntarme cosas, se murió de la risa con mis truculentas historias y me invitó a quedarme el tiempo que quisiera con ellos. Nos caímos bien, un día nos emborrachamos y nos caímos muchísimo mejor. Es muy graciosa y muy payasa y tiene una de esas risas que se contagian, por absurdo que sea el chiste.

Isa trabaja en un parque que está cerquita de la casa, enseñando a los niños cómo cuidar el medioambiente, hablándoles de los animales de la zona y haciendo excursiones por los alrededores. Todos los niños la adoran y no me extraña nada, porque Isa es muy guay, no puedo estar más feliz de que esté con Marco.

La pareja del año

La pareja del año

 

Además de ellos, aquí también viven Ita y Are. Ellas son tortugueras en unas playas de foto de catálogo de viajes que hay cerca de aquí. Cuidan que los huevos que ponen las enormes tortugas marinas se conserven en perfecto estado hasta que eclosionen, y las marcan para conocer su edad y tenerlas controladas. Trabajan de noche, porque es cuando las tortugas salen del mar para poner los huevos en la playa, y a pesar del descuadre horario que eso conlleva, las dos están felices con su trabajo y lo demuestran, porque desprenden armonía y paz todo el rato. La boniquísima Ita me ha invitado a ir una noche con ella a ver todo este show: si tienes la suerte de ver cómo eclosionan, al parecer salen como unas 100 tortuguitas del nido que está soterrado en la arena, rápido hacia el mar. Y ahí cada una toma su propio rumbo. No me lo pienso perder.

Aquí también vive Manchas, un fornido y cariñoso perro que me ha hecho reconciliarme con su especie. Todos mis amigos saben que soy de gatos; pues queridos gatos, como la chaquetera que soy, los perros os están ganando terreno peligrosamente. Creo que definitivamente le adoré cuando una noche se metió mi cama, intenté bajarlo pero no pude moverle ni tres centímetros, me miró con cara de bonico, como pensando: “Pobre blanducha, ni lo intentes, peso más que tú” y se puso a dormir. “Pues nada”. Durante la noche, me puso la patita encima y me abrazó.

Manchas, mi culo y yo

Manchas, mi culo y yo

Para que os hagáis una idea de lo bonitos y graciosos que son todos en esta casa, aquí os va esta historia: hace unos días llegó una pareja, amigos de la hermana de Isa. Y como es habitual, les trataron de maravilla. El chico era artista, pintor, y a Isa se le ocurrió decir, antes de saber a lo que se dedicaba, que quería hacer algo con la pared del salón. “Ah, si quieres yo te pinto alguna cosa”, dijo él. “¿Neta? ¡Pues sí, quiero un pájaro!” respondió Isa.

Aquí tienes tu pájaro, Isa, querida.

Javier, el vecino, extasiado por la fuerza del pájaro

Javier, el vecino, extasiado por la fuerza del pájaro

Cuando lo vimos terminado, con el pobre hombre aun pincel en su pintarrajeada mano, no supimos qué cara poner. Se hizo un incómodo silencio y alguien espetó un simpático, pero en el fondo ciertamente irónico: “Gracias, wey”.

Cuando ya se fue, estábamos cenando y no pude evitar sacar el jugoso tema: “¿Bueno, qué, os gusta el pájaro?”. Silencio. Isa se ríe: “Digamos que no es lo que tenía en mente”, educada contestación que Marco remató con un: “Bienvenidos a la casa del cuervo, wey”.

A nadie le gustaba el pájaro, pero en el fondo estaban todos muy agradecidos al tipo. “¡Todo el día pintando estuvo el wey!”. Y lejos de agobiarse, como haría mucha gente, le sacaron el chiste, y se ha vuelto el photocall oficial en las reuniones.

Groupies

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Isa, Ita, servidora, Clara y Javier, los vecinos

Isa, Ita, servidora, Clara y Javier, los vecinos

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Además de lo bien que estoy aquí con ellos, estoy viendo las cosas más bonitas de todo el viaje: ruinas en la selva como Cobá u otras en la playa, como Tulum… y mucho Caribe, playas de ensueño, donde me tiro todo el día a leer y a tomar el sol, sin ninguna preocupación más. Como no tengo cámara, no os las puedo enseñar, pero ahí está Internet, al alcance de vuestra mano.

La idea inicial al venir aquí era buscar trabajo y recuperar algo de dinero. Un día incluso hice una prueba para ser bartender en un restaurante bastante pijo. Fue muy divertido: mi compañero de barra era encantador, aunque no muy trabajador. Me dejaba sola cada dos por tres: “Me voy a echar tantito en el sofá. Si viene el jefe, avísame por favor”. Y yo defendía mi barra como podía. Hacia el final de la noche entendí que el tío se inventaba la mitad de los cocktails; cuando le pregunté por las medidas del Long Island, contestó: “Lleva tantito de todo lo blanco”. Claro que sí. Me daban un poco de pena los clientes, porque claramente era un sitio caro y no creo que quedaran muy satisfechos, pero al fin y al cabo se emborrachaban igual, porque opté por ser muy generosa con todo lo blanco. Tras 10 horas de prueba sin cobrar, en base a las propinas que había ganado, calculé que mi sueldo serían unos seis euros al día, por lo que claramente decidí que iba a trabajar Rita. El sueldo, junto con lo que me había pasado las semanas anteriores, me llevaron a tomar la decisión de seguir el plan inicial del viaje e ir a Colombia, país que todo el mundo que ha visitado pone por las nubes.

Ya tengo casa allí, con un contacto de Couchsurfing que, por la información de su página y lo que hemos hablado, al parecer también tiene el don del perfecto anfitrión: por el momento, ya me ha dicho que me vendrá a buscar al aeropuerto y me ayudará a conseguir barata la cámara que me ha recomendado que me compre mi hermano Álex.

Vuelo el próximo jueves, os mantendré informados.

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