Un negocio de un millón de dólares

17 Dic

En mi terca voluntad de convertir este viaje en el más absurdo de todos, llegó un momento en el que me pareció una idea fantástica convertirme en empresaria. De mochilera a negocianta, de la noche a la mañana.

¿La empresa? ¡Jugosas tortillas de patatas!

¡Y QUE VIVA EHPAÑA!

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Imaginándome vuestra cara de espanto, voy a tratar de explicar qué nos llevó a emprender tan disparatada iniciativa: en Colombia la temporada alta es Diciembre y Enero, y es en estos meses cuando todos los colombianos van a la playa, en concreto a Santa Marta, a repantingarse al sol. Por lo tanto, teníamos un público potencial, ocioso y lleno de lujuria, al que satisfacer. Y era, además, un público al que le gusta mucho la patata, alimento milenario que ingieren y preparan de cientos maneras, y que resulta ser por tanto muy económico. Si a esto le sumamos que me quedan deliciosas y que la gente pediría más y más como agua de mayo… ¡TACHÁN!  ¿Quién es el genio ahora?

¡Ole, ole!

¡Menudo negosio! ¡Ole, ole y ole!

Con la firme convicción de que era una idea de un millón de dólares, nos dirigimos a Santa Marta a poner en marcha el tren del dinero, fantaseando en qué nos íbamos a gastar todo que ganaríamos. Por fin iba a ser rica. Y sí, no os negaré que estaba emocionada.

Como en cualquier buena historia, esta emoción quedó truncada al minuto uno de llegar allí. Nada más iniciar nuestro estudio de mercado, que consistía en ponernos gafas de sol y gabardina, mientras observábamos el flujo de comercio para adelantarnos a posibles competidores en nuestra principal zona de impacto – la playa más lujosa y concurrida de la ciudad -, vimos que para vender cualquier cosa hacía falta un carnet. ¡Un carnet! ¿Estamos locos? ¿Desde cuándo está organizada Colombia?

Pues sí, amigos, hacía falta un carnet. Y la policía llevaba un par de semanas pidiéndolo a diestro y siniestro, de cara a la temporada, según nos contaron algunos hermanos vendedores. Si con la explicación no fue suficiente, esa misma tarde vimos una redada en el centro de la ciudad, en la que, efectivamente, la policía pedía el carnet. Y si no lo tenías, te confiscaban la comida y puede que te llevaran a comisaría.

Mi futura yo

Mi futura yo

“Bueno, bueno, bueno, que no decaiga”, pensamos. Aun podemos hacernos ricos, solo que no será tan fácil. Nadie dijo que el camino al éxito fuese sencillo, ¿verdad?

Con estas, nos despertamos a la mañana siguiente y empezamos a cocinar. Tras una hora de trabajo teníamos dos suculentas tortillas  – poca ambición, sí, pero valga decir que sólo estábamos haciendo una prueba – dispuestas a ser devoradas, junto con una bolsa de pan tostado que animaba a la compra del producto. De esta guisa salimos a venderlas por la calle, bien tapadas, y enseñándolas destrangis a posibles compradores, como quien trapichea con cocaína.

Como observamos a los diez minutos de venta ambulante, nuestro target claro eran las señoras. Y si estaban gordas, cantábamos bingo. Probablemente fuera que eran madres y les dábamos lástima, o que ya conocían los placeres de la vida y la edad les permitía lanzarse a ellos sin cavilación alguna, pero el caso es que sólo nos compraban ellas. Y llegó un momento en que únicamente buscábamos sus orondos cuerpos entre la multitud: “Señora gordita a tus once.  Dale de comer”.

Se vendieron todas en una hora.

Con la seguridad de ir por el buen camino, y algo achispados por el aguardiente que habíamos comprado para celebrar nuestro éxito, fuimos a hacernos con más género para hacer cinco al día siguiente. “Venga, va, nos despertamos de madrugada para que estén listas para el desayuno”.

Como no podía ser de otra manera, el segundo día de venta fue un desastre: decidimos ir al mercado municipal, germen de la compraventa de la ciudad, y que resultó estar lleno de negros; nadie comprendía que dos blanquitos estuvieran vendiendo algo, era un oxímoron en sí mismo, y simplemente nos miraban raro.

Tras dos horas de paseo, sólo vendimos tres pedazos.

A tres gordas.

Algo desanimados y con el hambre apretando, nos sentamos en un banco a comer nuestro producto. La rotunda imagen del fracaso:

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“Mira, yo paso de vender más. Vámonos al hostal, aprovechemos la televisión por cable y nos las zampamos todas”.

Y así terminó un sueño: tumbados en una cama de un hostal de Santa Marta, comiendo tortilla y viendo, cuando no había otra opción, Dos hombres y medio.

“¿Un pedasito?”, me decía  Javier.

“Venga…”, contestaba. “Pues está bien rica, yo no entiendo nada.

Por lo menos, mis sobrinos Martín y Selva podrán decir algún día que su tía fue vendedora ambulante en Colombia.

Algo que, por si no ha quedado claro, bonitos míos, no deberíais repetir.

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2 comentarios to “Un negocio de un millón de dólares”

  1. Ugly 07/01/2013 a 12:32 pm #

    Gran, gran post.

Trackbacks/Pingbacks

  1. Colombia: el riesgo es que te quieras quedar (3) « Diarios de una mamarracha - 06/02/2013

    […] Colombia, allá donde mires, hay un vendedor ambulante. Ya os conté aquí que hasta yo me lancé a probar, porque según cómo te lo montes, puedes sacar mucho más dinero […]

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